La poesía desarraigada, rabiosa y existencialista de Dámaso Alonso.

Durante el franquismo, todas las artes producidas en España se vieron obligadas a pasar por un filtro moral católico y fascista para su publicación y distribución. En ocasiones, este filtro no constituía ningún problema, especialmente si la obra (la novela, la película, la poesía) ensalzaba el proceder de la dictadura. Sin embargo, para muchos, este sesgo obligatorio adquiría un cariz tan odioso como problemático, pues lo que el artista quería contar desmentía lo que defendía la rígida versión de la realidad que tenía el autoritarismo militar que dirigía el país.

Así, como algunos callaban ante esta situación que, si bien no les convenía, al menos no les perjudicaba, surge la llamada poesía desarraigada como protesta que tiene por bandera el cuestionamiento de lo establecido y la crítica, especialmente, de la poesía acrítica. Esta corriente surge allá por la década de los cuarenta (cuando el régimen vivía en su punto álgido de autarquía y represión), como oposición a su antítesis, la poesía arraigada, que, en palabras de Dámaso Alonso, estaba formada por “aquellos autores que se expresan con una luminosa y reglada creencia en la organización de la realidad”. Por lo tanto, contrarios a estos los poetas oficiales, “para otros el mundo nos es un caos y una angustia, y la poesía una frenética búsqueda de ordenación y de ancla. Sí, otros estamos muy lejos de toda armonía y de toda serenidad”.

Por otra parte, puede verse en la propia “definición” de este grupo, escrita por el puño y letra de uno de sus máximos exponentes, la influencia del existencialismo, corriente de pensamiento filosófico que siempre encuentra un buen caldo de cultivo en tiempos de posguerra, tras el suceso traumático que ha deshumanizado a los que lo vivieron y, que en este caso, tiene que luchar además contra quienes le instan a callar. Así, el poeta se dirige al resto de hombres, sus hermanos, y a ese Dios que permanece infranqueable a sus súplicas, a ese Dios que a veces se le teme, otra veces se le repudia y otras veces se le agradece el simple hecho, pero no por ello menos maravillo, de existir.

Dámaso Alonso

El grupo desarraigado se configuró en torno a la revista Espadaña. Fundada en 1944, publicó, además de a Dámaso Alonso, poesías de Gabriel Celaya, Miguel Hernández, Victoriano Cremer, Eugenio García de Nora… Tiene, de nuevo, su antítesis en la clasicista Garcilaso, Juventud Creadora, medio de publicación, entre otros, de José García Nieto, Leopoldo Panero (padre) y Luis Rosales. Cabe destacar que el primer grupo se servía mayormente del verso libre para elaborar sus composiciones poéticas, mientras que los segundos acudían con más frecuencia a los cánones establecidos para crear. Según sus filas, en unos prima el contenido; en otros la forma, la estética.

Y es que, en palabras de Victoriano Crémer, si bien luego se iría desradicalizando con el paso del tiempo, “esgrimirse sobre un canto rodado al sol del estío por el placentero afán de lanzar gorgoritos rítmicamente, mientras el hombre a secas trabaja, sufre y muere, es un delito”. La situación en España, la pobreza y la violencia a las que obliga el régimen, son circunstancias ante las que el poeta no puede callar. Suele considerarse a Gabriel Celaya como el máximo exponente de de esta poesía comprometida social y políticamente.

Pero no es sólo por su aspecto reivindicativo por lo que la poesía desarraigada se aleja de sus contemporáneos “poetas oficiales”, así como de las principales vanguardias. Para Dámaso Alonso, la estética es secundaria, siendo el hombre, entendido no solo como un ente social o político, lo fundamental. Y es que “nada aborrezco ahora más que el estéril esteticismo en el que se ha debatido desde hace más de medio siglo el arte contemporáneo. Hoy es sólo el corazón del hombre lo que me interesa: expresar con mi dolor o con mi esperanza el anhelo o la angustia del eterno corazón del hombre. Llegar a él, según las sazones, por caminos de belleza o a zarpazos”.

Así, entendemos por poesía desarraigada a aquel conjunto de poetas que, rechazando de plano la comodidad de una poesía conformista, buscan enfrontar la realidad en todos sus planos, pues el alma del poeta se encuentra rodeado de una miseria y represión que lamenta en sus poemas, así como le consume la duda existencial, ese soliloquio contra Dios pidiéndole respuestas, que acabará por reflejar por necesidad íntima en el papel. Hablaremos de la relación que con Dios y la sociedad de posguerra tuvo uno de los exponentes fundamentales de esta poesía tan particular: Dámaso Alonso.

El filólogo y poeta Dámaso Alonso (1898-1990) estudió en la Residencia de Estudiantes de Madrid, donde estableció contactos, entre otros, con los poetas Rafael Alberti, Federico García Lorca y Manuel de Altoaguirre. Inició su andadura poética con un estilo que suele encuadrarse en la llamada poesía pura (similar a la defendida por Juan Ramón Jimenez o Luis Cernuda durante buena parte de sus vidas), pero su trayectoria viró drásticamente en 1944 con la aparición de dos de sus poemarios más importantes, ambos muy marcados por el pensamiento del existencialismo: Oscura Noticia e Hijos de la Ira.

Fuente: Casa del Libro

La segunda constituye, sin duda, la obra más conocida y valorada del poeta, que llegó a ser director de la Real Academia Española. Según sus propias palabras, es un “libro de protesta escrito cuando en España nadie protestaba”. Este clamor se eleva no sólo contra el régimen, sino que es una especie de protesta cósmica contra la injusticia, y que tiene en Dios a su interlocutor. Así mismo, afirmó haberlo escrito lleno de asco y desilusión por el hombre. Sin embargo, lo primero que hay que destacar es que “mi idea de Dios responde a la necesidad de encontrar una primera causa que explique el mundo. El Dios que aparece en mi poesía no pertenece a ninguna religión. Es el nombre que doy a esa primera causa”.

El libro se vertebra mediante lo que el autor ha denominado indagación, es decir, la búsqueda de la verdad de las cosas, pues la realidad es una especie de muro contra el que choca nuestro entendimiento. Por lo tanto, “el poema no ha hecho sino condensar esa vaga ráfaga de terror que pasa por el hombre cada vez que por un instante abandona su conducta práctica y se detiene a considerar sus incógnitas radicales y las del mundo”. Y es que, “¿Por qué nos huyes Dios, por qué nos huyes?”.

Este existencialismo, sin embargo, no excluye el humor y el recurso a lo absurdo y a lo macabro. Por ello, en ocasiones recuerda a obras de teatro europeas contemporáneas, especialmente a Esperando a Godot, de Samuel Becket. Asimismo, Alonso recoge múltiples maneras de entender y sentir a Dios, que van desde el amor al odio, de la fascinación al temor. Insistimos en que este Dios es, más que una deidad, el necesario principio del Universo y, a su vez, la explicación de su existencia.

Así, aparece como cualidad fundamental de Dios el tiempo, pues “Dios es sólo eterna presencia del recuerdo”, es decir,“la bestia que ulula a un tiempo mismo desde toda la redondez del horizonte”. Este peso del pasado en el presente es característico de toda obra artística de la posguerra, como puede apreciarse, por ejemplo, en el también madrileño Juan Benet. Y es que el recuerdo nunca nos abandona, sino que nos lacera continuamente. El poeta, por lo tanto, replica, desde la ruina actual, en su soledad doliente, para salvar su alma y la del resto de la humanidad de las garras de la injusticia.

Otro tema fundamental del relato es la muerte, “único pórtico de tu inmortalidad”. El autor adopta una postura cuasi-esotérica al decir que es la muerte, con su existencia, la que posibilita la vida, pues solo puede vivir lo que acabará muriendo. Además, los muertos son los “únicos seres/ en quienes cada instante/ no es una roja dentellada de tiburón,/ un traidor zarpazo de tigre!”.

Mientras tanto, el poeta se ve sometido a un proceso del que es imposible escapar. Y es que “yo me muero, me muero a cada instante,/ perdido de mí mismo,/ ausente de mí mismo,/ lejano de mí mismo,/ cada vez más perdido, más lejano, más ausente”. Somos, por lo tanto, poco más que vaho de muerte. Y es que “como la pesadilla en la madrugada/ la bestia nos va a devorar”. Lo único que nos queda es la rabia de vivir, la búsqueda de su sentido. Sin embargo, no cabe empresa más díficil que esta. “Tú, pozo sideral; yo, pozo humano”.

Las alusiones a la situación de la posguerra y al propio conflicto armado son patentes. Sirva como ejemplo, un tanto macabro, el siguiente fragmento: “Esparcidos lingotes de descarnada plata,/ los huesos de tus víctimas son la sola cosecha de este campo tristísimo” en el que se ha convertido España y buena parte del mundo con el estadillo de las guerras mundiales. Toda esta situación conlleva que el poeta no solo se sienta solo, triste y desesperanzado, sino también furioso. “Así, hijo de la ira, era mi canto”.

Sin embargo, tras acusar a Dios, entre otras cosas, de hacernos sufrir en vano, el poeta acaba reconciliándose con él. Y es que, pese a que piensa que la vida es monstruosa, la sigue amando. Es el amor, por lo tanto, quién dirige el mundo, quién salva al poeta de las garras de la injusticia. Así, este canto, que nació como fruto del odio, acaba siendo ofrecido una alabanza a Dios, a la existencia, por muy cruel y mezquina que sea. Dios pasa de ser comparado con un tirano o un mecanismo injusto a ser una especie de guardián benefactor de la humanidad, pese a todo el sufrimiento existente. Pasa a ser una especie de “enorme mastín paterno” que vela por la noche “sin nana, sin arrullo,/ el sueño/ del niño más pequeño de la casa”.

Es, por lo tanto, la poesía de Dámaso una poesía desarraigada, rabiosa y existencialista que busca el por qué existe el hombre en un mundo lleno de injusticia, belleza y dolor. Por su parte, la poesía de el leonés Victoriano Crémer (1908-2009) muestra bastantes similitudes con las del madrileño, estando presidida por la experiencia religiosa, tanto la llena de gracia y amor como la repleta de incertidumbre futura y agonía. Entre su obra, cabe destacar Entre la espada y la pared y Nuevos cantos de vida y esperanza.

Victoriano Cŕemer. Fuente: El Mundo

Este autor también impreca a Dios sus acciones para acabar aceptando y agradeciendo su obra. Por lo tanto, se pasa del inicial “Para que soy, Señor, si de la nada vine;/ si me hiciste a Tu imagen y me ensañé en Tu obra,/ si me agoto en un odio inmenso como el mar/ y mis manos son duras como la tierra negra” al agradecimiento. Y es que “Me diste soledad, hambre y tristeza,/ los dones de Tu gracia,/ y me obligaste a reconocer cómo nos nacen/ las raíces del alma”. Por ello, por haberle creado, por haberle dotado tanto de odio como de amor, le da las gracias.

Es curioso, precisamente, que ambos autores, Alonso y Crémer, den a Dios la misma imagen: la del mastín guardián. Veamos como lo hace Victoriano Crémer: “Si yo quiero eludirte, perderte en la vereda,/ -¡Dios mastín!- es que me tengo miedo;/ y tu garra, mi Dios, si me sujeta,/ acabará quebrando mis huesos resonantes/ contra tu pecho omnipotente y firme,/ hasta dejarme blanco de amor y de agonía”. Asimismo, la violencia, la injusticia, juega en ambas obras un papel fundamental.

Pueden verse conceptos o motivos similares, entre otros, en la obra de Eugenio de Nora y Gabriel Celaya. Estos, junto a Dámaso, comparten el dar también a Dios atributos violentos, lo que se exagera al extremo en el caso de Celaya, que llega a decir que el Dios cristiano es “vengativo y justiciero”, pues “Exaltada presencia, /la ira que me saca de mí mismo,/ Dios en la zarza ardiendo, /y, en mis ruinas, de pronto, purísimo, surgiendo/ brillante, hiriente y fiero”.

Gabriel Celaya

Por último, en los cuatro autores citados se intensifica la preocupación por la situación española. Crémer, por su parte, más que instar a la vuelta a las armas, lo que pretende es juntar las “dos españas” existentes. Y es que España no es de unos o de otros, sino de ambos, es decir, “España de anarquistas y de obispos;/-Armonía completa-/ gran España, insaciable de sí misma;/ más corazón que cabeza”. Autores como Eugenio de Nora, por otra parte, parecen querer encabezar una rebelión armada contra el régimen.

En definitiva, en la poesía desarraigada el poeta expone tanto sus preocupaciones de índole existencial como las de carácter social o político. Así, su poesía no gira sobre la forma y la estética del poema, sino sobre su contenido. Y es que, destinado a Dios, a la causa prima, en sus páginas los que hablan pretender hacerlo en nombre de la humanidad, la especie que todo lo puede. Como dice Alonso el hombre es”un haz, un centro”. A veces, estos poetas le dan las gracias por el amor que sienten en su interior; a veces le interrogan sobre el porqué de tanto sufrimiento. Sea como sea, en todos ellos se habla desde la duda, desde el sufrimiento, no desde la estabilidad y el conformismo.

BIBLIOGRAFÍA

Alonso, Dámaso. “Poemas escogidos.” (1969).

Cano, José Luis. Antología de la nueva poesía española. Vol. 12. Gredos, 1958.

Aguirre, J. M. “Antología de la poesía española contemporánea, la ed. 2 tomos.” Zaragoza: Editorial Ebro, SL (1972).

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s