La sombra del viento (2001), por Carlos Ruiz Zafon.

La sombra del viento, novela “gótica” del siglo XXI, es la historia de un libro dentro de otro. Ambos comparten título y contenido, mas dicen no pertenecer al mismo autor. Y es que, a pesar de que en su parte externa el volumen aparece firmado por Carlos Ruiz Zafón, en su interior su autoría se debe al misterioso Julián Carax, un barcelonés emigrado a París. En la realidad, el libro se ha vendido como la espuma; en la ficción, el libro es salvado a duras penas de las llamas a las que un sujeto, con el rostro quemado, quiere dar para regalar su contenido al olvido. Por ello, como dijo Sergio Vila-Sanjuán en una entrevista realizada con el escritor en 2012 en la Biblioteca Nacional de España, esta obra puede catalogarse como “meta-literatura para el gran público”.

Su narrador-protagonista principal es el joven Daniel Sempere que, al atar los cabos sueltos de esta novela de Carax, acabará por verse enredado en el propio suceso oscuro que alberga sus páginas, consiguiendo Carlos Ruiz Zafon aunar el pasado y el presente en un suceso central que se repite indistintamente en ambas vidas: la turbulencia de un amor tan primerizo como prohibido. El resultado, una correcta mezcla entre intriga y pasión adolescente que ha conseguido colocarse como uno de los libros más vendidos de lo que va de siglo, y al que habría que sumar las tres entregas posteriores de la llamada saga de El Cementerio de los Libros Olvidados, que cerró su universo en 2016 con la aparición de El laberinto de los espíritus.

El barcelonés Carlos Ruiz Zafón, nacido en 1964, publicó su primera novela poco antes de cumplir los treinta años. Titulada El príncipe de la niebla, fue dirigida al público juvenil, consiguiendo cierto reconocimiento al ser galardonada con el Premio Edebé, lo que permitió a su autor dejar su trabajo en el mundo de la publicidad, por el cual no sentía una especial predilección, en pos de dedicarse por completo a la escritura, que tanto le atraía desde pequeño. Sin embargo, el escritor considera que su afición no radica en la literatura en sí, sino en el propio elemento narrativo, es decir, en el arte de contar historias, concepto más amplio que no siempre se sirve del medio escrito para expresarse, sino que también pertenece al cine e, incluso, a artes como la música y la pintura.

Tras dejar la literatura juvenil y hacer sus pinitos en la industria cinematográfica como guionista en Hollywood, Ruiz Zafón comenzó a trabajar en la que sería su primera incursión en la literatura para adultos, La sombra del viento, obra que considera, así mismo, la primera en la que ha podido plasmar todo lo que deseaba, sin interjección externa alguna. Publicada en 2001 por la editorial Planeta, en cuyo premio quedó finalista, tras un inicio discreto se convirtió en un best-seller que ha conseguido superar las diez millones ventas en todo el mundo.

La narración coge prestada la ciudad natal del autor para su ambientación, si bien sitúa la mayor parte de sus hechos en torno al año 1946. “Como todas las ciudades viejas, Barcelona es una suma de ruinas”. Salpicada todavía por rebrotes de violencia, en plena posguerra, es el lugar idóneo para que Ruiz Zafón ambiente su novela gótica, estilo que considera magistralmente expuesto en Cumbres Borrascosas, de Emily Brontë, y en el que no están excluidos, como en el realismo mágico, los elementos sobrenaturales, especialmente emparentados con lo satánico.

La Guerra Civil Española (1936-1939) aparece indirectamente en el relato. Más que el conflicto y sus causas, el autor nos muestra ejemplos de sus consecuencias, como puede servir de ejemplo la proliferación de redecillas personales que derivan en asesinatos con la impunidad característica de los momentos bélicos. Sin embargo, como ya hemos dicho, la narración se sitúa fundamentalmente en el periodo de posguerra. “Cuando finalmente llegó la paz, olía a esa paz que embruja las prisiones y los cementerios, una mortaja de silencio y vergüenza que se pudre sobre el alma y nunca se va”.

El relato arranca presentándonos al narrador, un niño llamado Daniel, y a su padre. Mientras que, “amparado en aquella triste sonrisa que le perseguía como una sombra por la vida”, el padre no sufre apenas cambios en su forma de ser durante el relato, sumido en un pasado del que, por otra parte, evita hablar; a Daniel le seguiremos en su crecimiento siendo partícipes de sus pensamientos, de sus emociones. Su madre, fallecida por un brote de cólera siendo él muy pequeño (su muerte “era para mí todavía un espejismo, un silencio a gritos que todavía no había aprendido a acallar con las palabras”), está presente como solo pueden estarlo las pérdidas que no han caído en el olvido: en forma de añoranza.

Los Sempere poseen una pequeña empresa familiar dedicada a la venta de ediciones para coleccionistas y libros de segunda mano, lo que permite a Daniel conocer a “amigos invisibles en páginas que se deshacían en polvo y cuyo olor aún conservo en las manos”. Un día, justo cuando el joven Daniel olvida el rostro de su madre, su padre le conducirá a un lugar secreto: “una biblioteca de geometría imposible” que alberga “los libros que ya nadie recuerda, los libros que se han perdido en el tiempo”.

Discreción aparte, la única norma a la que obliga la comunidad que gira en torno a El Cementerio de los Libros Olvidados es que el nuevo “iniciado”, en su primera visita, debe adoptar un libro, es decir, asegurarse de que este no caiga en el olvido histórico leyéndolo, pues aquello es un cementerio en cuanto ya nadie los disfruta, en cuanto ya nadie los lee. Ante una cantidad que parece ilimitada de ellos, Daniel se para finalmente ante uno, cuyo nombre, si bien firmado por un tal Julián Carax, reconoce inmediatamente el lector por ser el mismo que tiene entre sus manos.

Durante todas sus páginas, el protagonista se plantará constantemente si esta elección, fundamental para su vida, la ha tomado el destino por él. Y es que “en el fondo, las cosas tiene su plan secreto, aunque nosotros no lo entendamos […] todo forma parte de algo que nosotros no podemos entender, pero que nos posee”. Sin embargo, no siempre el destino acaba resultando ser lo que se esperaba de él.

A Daniel no solo le gusta el libro, sino que llega a verse reflejado en él. “A medida que avanzaba, la estructura del relato empezó a recordarme a una de esas muñecas rusas que contienen innumerables miniaturas de sí mismas en su interior. Paso a paso, la narración se descomponía en mil historias, como si el relato hubiese penetrado en una galería de espejos y su identidad se escindiera en docenas de reflejos diferentes y al tiempo uno solo”. Según el Doctor Eduardo Ruiz Tosaus, esta estructura narrativa no solo definiría esta obra, sino que también aparecería en la mayoría de obras de Ruiz Zafón.

Asimismo, descubre que “aquella era una historia de gente sola, de ausencias y de pérdida, y que por esa razón me había refugiado en ella hasta confundirla con mi propia vida”, pues él se considera a sí mismo como tal. Por ello, empezará a tratar de averiguar quién es realmente Julián Carax (del que apenas quedan copias de sus obras y al que muy pocos conocen) para descifrar el por qué se parece tanto su vida a la suya.

A partir de este momento, comienza una investigación que no arrojará sino hasta su final una visión unitaria del conjunto, sino más bien distintas versiones facilitadas por personas que no siempre resultan de fiar, pues “hay pocas razones para decir la verdad, pero para mentir el número es infinito”, y no todo el mundo es honesto, siquiera consigo mismo. A este proceso de construir el relato mediante una heterogénea y no siempre complementaria variedad de fuentes, que pretenden dotar al lector de pensamiento crítico, lo designa Ruiz Zafón con el nombre de “desvirtuación de la realidad”. En consonancia con esto, puede apreciarse similitudes entre esta manera de obrar y la de Javier Cercas en Soldados de Salamina. 

Para hacerse con la historia, Daniel va recopilando información hablando tanto con literatos como con vecinos o amigos de Carax. Así, estos individuos pasarán a formar parte de su propia vida, mezclando sus caminos con el suyo que, poco a poco, le conduce a la verdad sobre Carax y sus libros autobiográficos. Ruiz Zafón se sirve de un amplio espectro de personajes de la más diversa índole para contar su historia. Cabe destacar que algunos de ellos son moralmente despreciables desde todos los puntos de vista, mientras que otros destacan por una bondad casi sin mácula, lo cual da a la novela cierto aire maniqueo.

Como dice Eduardo Ruiz Tosaus, cabe también ver en la novela ciertas semejanzas con el género folletinesco que “siempre se ha identificado por lances exagerados, historias inverosímiles, personajes de maldad o bondad sobrehumanas, y, desde luego, por un diseño narrativo delirante, repleto de golpes de efecto y con una intriga suspensiva”.

Volviendo a la trama, a Julián Carax le cambió la vida cuando Ricardo Aldaya, un hombre de las más altas esferas, entró en la sombrería de su padre, un fanático religioso que pega a su mujer constantemente, para ofrecerse a pagarle una plaza en un colegio privado. Allí, el joven Carax conocerá a sus principales amigos y enemigos: su inseparable, Moliner; el bueno de Ramos, ahora religioso; el hijo de Aldaya, siempre a su sombra incluso en su propia casa; el desequilibrado Fumero y su insaciable sed de venganza… Sin embargo, Calax nunca llegará a enterarse de que este hombre, Ricardo, es su verdadero padre y que, por lo tanto, cuando se enamora de su hija lo está haciendo de su propia hermana, la hermosa Penélope.

Este amor, prohibido, obligó a Carax a emigrar a París, mientras que su amada, confinada por su padre en su habitación sin médico o parturienta que le ayudase, muere al dar a luz “ a un niño que nació cadáver”. Los amigos, especialmente Timoner, le ocultan el hecho. Cabe destacar que en el libro la crueldad y violencia se dirigen especialmente hacia la mujer, que sufre graves privaciones en su libertad personal por el simple hecho de serlo.

Cuando, años más tarde, Carax descubra su muerte (pues él pensaba que ello le había abandonado en su plan de fuga a Francia), deja de creer en sí mismo y en su talento literario. Lo que le mantiene ahora vivo no son las ganas de vivir, sino el odio. Desestabilizado mentalmente, sufre una transformación completa (que se materializa en su rostro quemado) y adopta el nombre de Laín Coubert, personificación del demonio en su novela, y decide dedicar todos sus esfuerzos a quemar sus obras, es decir, su existencia. Y es que “su alma está en sus historias”, y si se las quema, se las olvida. No duda en robar o matar para ello. Es apreciable la influencia en esta obra de aquella idea (defendida, entre otros, por Miguel de Unamuno en su San Manuel Bueno, mártir) de que “mientras se nos recuerda, seguimos vivos”.

Es destacable que Ruiz Zafon considere a Carax como su “puerto de entrada” al relato, es decir, como una caricatura de sí mismo. Como dijo en la ya citada entrevista con Sergio Vila-Sanjuán, Carax fue pianista en un burdel; Ruiz Zafón guionista de Hollywood. En su fuero interno, en su lucha contra el olvido, ambos lo que quieren es escribir, contar historias como las que contaban de pequeños a sus boquiabiertos compañeros. Finalmente, consiguen plasmar lo que albergaba su interior: La sombra del viento.

Por su parte, Daniel y Beatriz, hermana de su amigo el silencioso Tomás Aguilar, se enamoran. Es este, al igual que el otro, un amor prohibido que resulta en un embarazo y una pareja respuesta violenta del padre de la amada. “En los pasos perdidos de Caraz reconocía yo los mios, irrecuperables ya”. Sin embargo, la intervención de Carax salva a los protagonistas de la insaciable sed de venganza de Fumero. Su historia avocaba inevitablemente hacia un final trágico, pero el escritor ve en Daniel a su yo pero sin odio, a su yo pero con fe, y le ayuda, redimiéndose él en el camino.

Sin lugar a dudas, el personaje más cómico de todos los que aparecen en la novela es Fermín Romero de Torres. Obsesionado con las mujeres (“la fémina, babel y laberinto”), el hablar tanto folclórico como vulgar y los Sugus de limón tiene, sin embargo, la sinceridad del loco al que no se le escucha. Es un personaje, asimismo, que recoge mucho de la picaresca y la sátira españolas, y que sirve a Daniel de amigo, compañero de trabajo, detective, consejero sexual… Anarquista, piensa que “este mundo no se morirá de una bomba atómica como dicen los diarios, se morirá de risa, de banalidad, haciendo un chiste de todo, y además un chiste malo”. Carlos Ruiz Zafón afirmó considerarle “la brújula moral de la historia”. Y es que, como bien dice, “el pícaro es en el fondo un transgresor, es en esencia un criminal pero realista y autocrítico”.

Esta novela alterna el tono erudito, si bien nunca exagerado, con el vulgar, el tizne mágico con el realista y satírico, como aquel pasaje en el que “el portero de la Facultad de Letras leía en su garita a las plumas más influyentes de la España del momento en la edición de tarde de Mundo Deportivo”. Asimismo, la narración de Daniel se intercala con cartas y relatos de otros personajes, que dan su visión del asunto. Es la confesión de Nuria Monfort, que había engañado previamente al protagonista al contarle lo que sabía de Carax, la que nos descubre la verdadera historia, la que insiste en que “no hay casualidades, Daniel, somos títeres de nuestra inconsciencia” y en que “hay peores cárceles que las palabras”.

Otro de los elementos que vertebran el relato es el amor y el sexo, aparezcan juntos o no. Vemos a Daniel descubrir al género opuesto, con todas las consecuencias que esto le conlleva. En una época de represión sexual enfocada casi en exclusiva para con las mujeres y los homosexuales, aparece la figura del empresario misógino, la de la mujer a la que pega todos los días el marido, la del padre que decide el futuro sentimental de su hija…

Como dice Eduardo Ruiz Tosaus (2009), para quien la narrativa de Ruiz Zafon reproduce en todas sus obras ciertos “motivos, símbolos y obsesiones” característicos del autor, los personajes centrales de las novelas del escritor barcelonés “son jóvenes que acaban de dejar una infancia casi siempre traumática para enfrentarse a un mundo de adultos que no entienden pero que, sin embargo, se mueven en él como peces en el agua”. Vemos en esta descripción inmediatamente a Daniel Sempere.

Asimismo, considera que “las novelas de Zafón hunden sus raíces en el modelo de la tragedia occidental codificada en la Poética de Aristóteles pero en la que los conflictos entre dioses y héroes han sido sustituidos por los del vivir cotidiano y los de las gentes que en otro tiempo padecieron en sus carnes los avatares de un destino histórico, social, político o humano que condicionó sustancialmente su existencia”. Vemos aquí, por el contrario, a Carax y al propio autor en su labor literaria, siendo esta obra un claro de ejemplo de “meta-literatura para el gran público”, escondida correctamente en una historia misteriosa y adolescente, variada y correcta, una obra que ha conseguido no solo gustar al público general, sino a la crítica. Sin embargo (al menos en mi opinión), nunca será un gran libro.

BIBLIOGRAFÍA

Tosaus, Eduardo Ruiz. “Motivos, símbolos y obsesiones en la narrativa de Carlos Ruiz Zafón.” Espéculo 41 (2009).

Tosaus, Eduardo Ruiz. “Algunas consideraciones sobre La sombra del viento de Ruiz Zafón.” Espéculo. Revista de estudios literarios (2008).

Biblioteca Nacional de España. “Carlos Ruiz Zafón en “El libro como universo””. Youtube. 2012. https://www.youtube.com/watch?v=glGJSA8In4I&t=110s

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