Soldados de Salamina (2001), por Javier Cercas.

Soldados de Salamina, es el resultado de la persecución de una de esas obsesiones que constituyen “el combustible fundamental” de la literatura, pues no se escribe, motivos mercantilistas aparte, si no hay algo que se desea contar, sin algo que, a fuerza de ser desconocido, inquiete a la mente creadora. Buscamos interrogantes, buscamos respuestas y, en ocasiones, buscamos héroes. Sin embargo, los de esta historia “murieron todos… Ninguno probó las cosas buenas de la vida: ninguno tuvo una mujer para él sólo, ninguno conoció la maravilla de tener un hijo y de que su hijo, con tres o cuatro años, se metiera en su cama, entre su mujer y él”. Por ello, el autor siente una deuda histórica para con ellos: el deber de rescatarles del olvido.

En este caso, a Javier Cercas, su autor, lo que le cautivó inicialmente fue un oscuro suceso acaecido en las postrimerías de la Guerra Civil española allá por los años 1939, cuando un miliciano republicano no mató a Rafael Sánchez Mazas, ideólogo y poeta de la Falange, cuando el deber y la situación parecían obligar a lo contrario. Este momento, y las dos personalidades tan dispares que lo protagonizan, son, junto a lo que se ha venido denominando como metaliteratura o metaficción, el núcleo del libro, que pretende ser “un relato real; un relato amasado con hechos y personajes reales”.

Y es que en esta obra el propio acto de escribir y la figura del escritor se alzan como componentes fundamentales de la misma. Cercas, a quien la curiosidad impide olvidar el hecho y cuyos afanes literarios le empujan a tratar de conjurarlo mediante la palabra, tendrá que rebuscar en el pasado, o al menos en lo que quede de él “vivo” en el presente, para averiguar lo que pasó realmente, una empresa homérica que aparecerá reflejada en el libro, intercaladamente, junto a sus descubrimientos sobre el suceso, junto a sus dudas y conjeturas sobre el mismo. Es la memoria, colectiva e individual, la que permite este viaje y la que está en juego.

En el transcurso de su investigación, el narrador-protagonista no solo ve alterado su conocimiento sobre el suceso, sino la propia opinión valorativa que ha ido formando sobre el mismo y sobre sus protagonistas. Pero, he aquí la clave de su compresión, el lector debe tener siempre en cuenta que, incluso el propio narrador, perseguidor implacable de la verdad histórica, le puede estar mintiendo con sus declaraciones. Y es que la veracidad del relato depende de la de sus fuentes, y la memoria no es el recuerdo de lo que ocurrió, sino de lo que se recuerda haber contado otras veces, que no tiene por qué coincidir con la realidad.

Por lo tanto, lo primero que hay que decir de esta obra es que el personaje que en ella aparece con el nombre de Cercas no es exactamente su autor, si no más bien su álter ego. Como ejemplo de algo parecido en la literatura, si bien el resultado no podría ser más distinto, se podría hablar de Charles Bukowski y su Henry Chinaski o del Arturo Belano del propio Roberto Bolaño, que aparece en este relato como un personaje más. En consonancia con esto, Conchi, la pareja sentimental de Cercas en el relato, es el único personaje que no tiene su correlato en la realidad. El autor tampoco se ha divorciado nunca, como dice en sus primeras páginas.

Sin embargo, el resto de los personajes designan a personas de verdad ya que, como dice el autor en la parte del libro dedicada a los agradecimientos, “muchas de las personas con las que estoy en deuda aparecen en el texto con nombres y apellidos”, y, probablemente, el escritor llevó a cabo casi todas las acciones que describe en la obra. Se entrecruzan, pues, realidad y ficción en el relato sin ser claramente distinguibles entre sí, siendo el lector quien debe, por su parte, investigar la investigación de Cercas para sacar sus propias conclusiones del suceso.

Y es que el barcelonés ha llegado a decir que el oficio del escritor consiste en lograr colar como verdad ficciones en la mente del lector, tanto que considera que en ello reside la verdadera esencia de la literatura. Esta obsesión con la relación entre ambas, entre realidad y ficción, la plasmó con mayor intensidad en El impostor (muy parecida formalmente a Soldados de Salamina en cuanto “relato vivo”), cuyo protagonista es Enric Marco Batlle, famoso por haberse demostrado que nunca estuvo en un campo de concentración nazi, cuando llegó a presidir la institución que representaba a los supervivientes de Mauthausen.

Javier Cercas

Volviendo a la obra que nos atañe, Cercas dice en ella que uno no escribe sobre lo que quiere, sino que es más bien sobre lo que puede. Además, no siempre se llega al puerto deseado, ni todos los libros acaban por publicarse o por ser apreciados. Hay días en los que “escribía de forma obsesiva, con un empuje y una constancia que ignoraba que poseía”, mientras que en otros le es prácticamente imposible vencer a la hoja en blanco. Tras dos novelas que han pasado desapercibidas por el público, intentar realizar la tercera, esta que hoy tiene el lector entre sus manos, a Cercas le ha costado “cinco años de angustia económica, física y metafísica, tres novelas inacabadas y una depresión espantosa”.

El primer factor, la acucia económica, le hace volver a su trabajo de periodista, donde un día entrevista a Rafael Sánchez Ferlosio (autor de El Jarama, una de las obras más importantes de la posguerra española) que, poco deseoso de hablar de su obra como escritor, acaba por contarle del fusilamiento de su padre, Rafael Sánchez Mazas. Prisionero durante casi toda la guerra. amigo personal de Primo de Rivera y creador del lema “Arriba España”, es decir, “a la sazón el falangista más antiguo de España”, este fue uno de los principales causantes, a juicio de Cercas, del estallido de la Guerra Civil Española al pretender, mediante la violencia, cambiar las cosas para que nada cambie, para que se produzca la vuelta a un pasado que, por ser inventado, es un Paraíso.

Antes de que acabase oficialmente la guerra, el bando republicano ya la había dado perdida y corría en desbandada hacia el exilio. En 1939, Cataluña se ve asolada por una afluencia continua de personas que, esquivando a la aviación enemiga, pretenden cruzar los Pirineos a fin de evitar la represión, la cárcel o la muerte. La llegada de los nacionales es inminente. Por ello, un destacamento republicano, al parecer a las ordenes del famoso general Líster, decide fusilar a un grupo de prisioneros del otro bando, “gente que estaba destinada a ocupar un cargo de relevancia social y política” una vez acabase el conflicto.

Sin embargo, Sánchez Mazas, uno de los condenados y sin duda el más importante de todos ellos, consigue escapar por el bosque. Allí, se encontrará con un miliciano que, tras mirarle a los ojos, informa a sus compañeros de que por esa zona no hay nadie. El tratar de entender esta mirada, el por qué perdona la vida de un hombre sin duda despreciable, alguien que no condenaría su asesinato si fuese del otro bando, es lo que consume al autor.

La de Rafael Sánchez Fersolio es la primera versión de la que se sirve Cercas para ir moldeando la historia. Sin embargo, no es, ni mucho menos, la única a la que tiene acceso el escritor. Si bien la lejanía en el tiempo con un suceso permite la imparcialidad de investigarlo, obliga a confiar en las palabras de los que lo vivieron para saber de él, sigan hoy presentes o hayan dejado un rastro, ya sea histórico o literario. Muchas de estas versiones, sacadas de los más diversos lugares, se contradirán entre sí.

Los relatos de los testigos están plagados de omisiones, de errores involuntarios, de equívocos de la memoria ajada por el paso del tiempo, de la necesidad de justificar nuestros actos ante los que nos escuchan, de la voluntad de engañar, del deseo de convertirnos en héroes de nuestra propia historia… Por ello, sobre algunas partes de la historia “no ofrezco hechos probados, sino conjeturas razonables”. Además, “tal vez son los momentos decisivos de la vida los que con más voracidad engulle el olvido”.

Por ejemplo, el propio Sánchez Mazas relató el hecho ante la televisión franquista (narración hoy disponible en Youtube), si bien sin contar la parte en la que un miliciano del bando contrario le perdonaba la vida. Tampoco habla de “los amigos del bosque”, aquellos desertores republicanos que le encontraron tras el incidente, y con quienes pactó que “ellos le protegerían a él con sus armas y su juventud y su conocimiento de la zona y de la gente de la zona, y luego él les protegería a ellos con su autoridad inapelable de jerarca”. Y es que el régimen de Franco buscaba con aquellos vídeos contar una parte de la historia, la que hablaba de la crueldad del gobierno legítimo que derrocó, la que más le interesaba para justificar su “régimen de mierda”.

Rafael Sánchez Mazas

Asimismo, Sánchez Mazas escribió un diario durante su estancia en el bosque. Una de sus páginas es introducida en el libro mediante una fotografía, idea ciertamente original. Por lo tanto, es innegable que Sánchez Mazas estuvo allí. Cumple también el falangista su palabra al sacarles, tras la guerra, de la cárcel en varias ocasiones a estos individuos en pago por los favores pasados. Sin embargo, como veremos más adelante, deja incumplida otra promesa que les hizo, promesa que será finalmente Cercas quien la cumpla por él.

Tras publicar un artículo en el que entrelazaba el fusilamiento de Sánchez Mazas y la muerte de Antonio Machado (artículo que también aparece insertado en el propio texto, y que fue publicado, prácticamente igual a como aparece en el libro, en el periódico El País en 1999), ocurrida en las mismas fechas y no muy lejos de allí, una carta de un lector le abre un mundo de posibilidades al hacerle saber que siguen vivos varios de los ya citados amigos del bosque. El autor consigue entrevistarse con ellos, participar directamente de sus vivencias, de los recuerdos de su convulsa juventud partida por la guerra. Y es que a veces parece que es la información la que encuentra al autor y no al contrario. Sucede algo parecido cuando Roberto Bolaño (autor, entre otras magníficas novelas, de Los detectives salvajes), en el curso de una entrevista para el periódico, le hace participe de la historia de un soldado republicano llamado Miralles, a quien conoció cuando trabajaba como vigilante de un camping de auto-caravanas.

Sin embargo, pese a que a la suerte acude en su ayuda en ocasiones, lo principal es trabajo. Escribir, sobre todo si se quiere versar sobre el pasado, no consiste exclusivamente en escribir, sino que necesita de una labor previa que puede acabar fácilmente en el callejón sin salida que es todo olvido de la historia. Durante el transcurso de su investigación, Cercas visita archivos de la más diversa índole, se entrevista con personas que vivieron el acontecimiento, lee la literatura de la época (sobre todo a Sánchez Mazas, a quien considera un buen poeta, si bien menor), realiza un sinfín de llamadas telefónicas (principalmente para buscar en todas las residencias de ancianos de Dijon al tal Miralles), visita los lugares en los que sucedieron los hechos… El objetivo inicial de esta recopilación de información es cohesionar los fragmentos y reconstruir lo que pasó.

Conforme más sabe del suceso, en este “relato vivo” el narrador-protagonista ve alterada, pues los “libros acaban cobrando vida propia”, sus opiniones sobre el pasado y, especialmente, su motivación a la hora de escribir. Como ejemplo de lo primero, la figura de Sánchez Mazas (a quien le une el amor por la literatura, pero en quien reconoce a uno de los principales responsable del baño de sangre fratricida que con sus palabras incendiarias defendió) va perdiendo peso a favor de la del republicano Miralles, hoy anciano y olvidado.

Este, pese a que incluso llega a negárselo a Cercas, resulta ser el miliciano republicano que perdonó la vida al fundador de la Falange. El nexo que permite a Cercas deducir que es él lo saca de su gusto por la canción Suspiros de España, canción que sabe que también cantaba, según afirma el propio Sánchez Mazas, el miliciano republicano. Miralles, tras la Guerra Civil Española, sirvió en el ejercito francés por toda África para acabar liberando a París del imperialismo de Hitler en la Segunda Guerra Mundial, donde una mina mató a muchos de sus compañeros y a él le dejó una enorme cicatriz que le complica la vejez. El pago por su heroicidad, el olvido histórico, la soledad y los cuidados paliativos.

En consonancia con lo que decíamos antes, al final Cercas encuentra en Miralles al héroe que Sánchez Mazas siempre quiso ser y no pudo. Como dice Carlos Yushimito del Valle, en este libro se enfrentan “la fina y aristocrática brutalidad del intelectual franquista, con la del burdo miliciano que luchó todas las guerras posibles para salvar a la civilización, aunque no se diera cuenta de ello”, para acabar ganando el miliciano republicano, quien “decide actuar motivado por sus propias convicciones y no condicionado en cambio por un grupo colectivo”.

Primo de Rivera y Sánchez Mazas solían repetir una frase de Oswald Spengler que decía que “a última hora siempre ha sido un pelotón de soldados el que ha salvado la civilización”, creyendo ver en sí mismos a aquellos a quienes aludía la frase. Para Cercas estos soldados se refieren a gente como Miralles y sus amigos. Sin embargo, partiendo de la base de que esta cita realmente pertenezca al autor de la gigantesca Decadencia de Occidente, tanto el propio Cercas como los falangistas pueden haberse equivocado al interpretar la frase, pues para Spengler la civilización no es, ni mucho menos, un concepto positivo, sino poco más que un museo de formas muertas de una cultura en proceso de descomposición, ya carente de toda pulsión vital o artística.

Sea como sea, para el autor el héroe es quién no falla en el momento que no se debe fallar, independientemente de como haya sido el resto de su vida. Esta idea vuelve a aparecer en su Anatomía de un instante, siendo aquí Adolfo Suárez el héroe del relato y el momento en el bosque en el que Miralles perdonó la vida a Sánchez Mazas el 23 de febrero de 1981, fecha en la que Antonio Tejero intentó su particular golpe de Estado con el objetivo de, como Sánchez Mazas, volver a un pasado que considera como un Paraíso Perdido (en referencia a la impresionante obra de John Milton).

Sobre el interrogante que le planteaba esa mirada en el bosque, Cercas acaba diciendo que no existe respuesta alguna, pues “la única respuesta era una especie de secreta o insondable alegría, algo que linda con la crueldad y se resiste a la razón pero tampoco es instintivo, algo que vive en ella con la misma ciega obstinación con que la sangre persiste en sus conductos y en la Tierra en su órbita inamovible y todos los seres en su terca condición de seres, algo que elude a las palabras como el arroyo a la piedra”.

En este sentido, las palabras no son capaces de decir salvo palabras, algo que está muy lejos de constituir nuestra esencia, lo que nos hace vivir o lo que somos realmente. Y es que, como dice Hesíodo, “los dioses han ocultado lo que hace vivir a los hombres”. Por lo tanto, el protagonista-narrador ha buscado una respuesta durante años para, como Wittgenstein en su Tractatus logico-philosophicus, acabar diciendo aquello de que “de lo que no se puede hablar hay que callar”.

Como ya hemos dicho hace un instante, la motivación, el objetivo del autor a la hora de escribir este relato, también va deformándose con el paso de sus páginas. Lo que nació como fruto de la obsesión de su autor para con Sánchez Mazas, acabará constituyendo un intento de que el nombre de Miralles y el de sus amigos no caiga en el olvido colectivo. Y es que, pese a que “esas historias ya no interesan a nadie, ni siquiera a los que las vivimos”, Cercas quiere darle las gracias que el gobierno de la Transición nunca les dio, recordar al siglo XXI que multitud de personas, anónimas en su mayoría, combatieron por la libertad contra ese fascismo que, como ha reiterado Cercas en varias ocasiones, estaba de moda por los años veinte y treinta del siglo pasado.

Al escritor, la Guerra Civil parece hoy tan antigua como la batalla de Salamina, donde las naves griegas, inferiores en número, detuvieron al invasor persa y salvaron a la civilización enarbolando la bandera de la libertad de sus correspondientes polis griegas frente al déspota extranjero. Es curioso que sea Ferlosio quién, además de hablarle sobre el fusilamiento de su padre, le participe de la batalla naval al inicio del relato. Asimismo, Sánchez Mazas prometió a los “amigos del bosque” que escribiría un libro sobre sus vivencias junto a ellos, y que lo titularía Soldados de Salamina, promesa que nunca llevó a cabo. Cercas, que no quiere que la figura de estos caiga en el olvido, lo ha hecho por él.

Por haber vivido la misma época, Miralles a Cercas le recuerda también a su propio padre, pues “tenía la misma edad que hubiera tenido mi padre de haber estado vivo; el hecho me pareció curioso; más curioso aún me pareció haber pensado en mi padre, precisamente en aquel momento y en aquel lugar”. Más adelante, Cercas nos muestra su creencia en el poder de la memoria y el pasado, pues “aunque hacía más de seis años que había fallecido, mi padre todavía no estaba muerto, porque alguien se acordaba de él. Luego pensé que no era yo el que recordaba a mi padre, sino que era él el quien se aferraba a mi recuerdo, para no morir del todo”.

En este punto, las ideas del autor recuerdan inmediatamente a las del madrileño Juan Benet, a quién sin duda ha leído. La semejanza entre ambos se hace completa en esta frase: “De repente me pongo a pensar en lo que ha pasado, y sobre todo en lo que no ha pasado”. Y es que para el autor de Volverás a Región el pasado, que también tiene una enorme influencia en el presente como en la narrativa de Cercas, no es lo que ocurrió realmente, sino lo precisamente lo que no fue pese a que quisimos que fuera. Sin embargo, el estilo no puede resultar más distinto en ambos. Mientras que Benet es famoso por su complejidad casi críptica, Cercas recurre a un lenguaje cotidiano y asequible quizá un tanto repetitivo, si bien cumple con creces su función narrativa.

Por último, es destacable que el relato se llevó al cine de la mano de David Trueba en una adaptación que ha recibido todos los elogios posibles, incluidos los de su autor. Aparecen en ella personajes de la historia representándose a sí mismos, mientras que, por otra parte, se introducen cambios significativos con respecto al relato original, como que el escritor-protagonista sea ahora una mujer llamada Lola Cercas, maravillosamente interpretada por Ariadna Gil, o que Bolaño (fallecido el mismo año que se estrenó la película), se transforme en un estudiante de literatura al que esta da clases. Fruto de la colaboración entre director y novelista apareció, junto a fotografías de David Airob, un libro titulado Diálogos de Salamina: Un paseo por el cine y la literatura, en el que ambos hablan de lo que les llevó a implicarse en la historia y de lo que significó para ellos.

En definitiva, este “relato amasado con hechos y personajes reales”, reivindica la figura de unos héroes anónimos a los que Cercas, mediante su enrevesada mezcla de ficción-realidad protagonizada por su álter ego, ha salvado del olvido histórico. Lo que empezó siendo una obsesión para con la figura de Sánchez Mazas y su frustrado fusilamiento, acaba siendo en un deber moral para con estos últimos. O así lo siente el escritor, incansable en su apasionante e imposible misión (sobre la que tanto impacto tienen la fidelidad de las fuentes, no siempre interesadas en decir la verdad) de plasmar con palabras lo que nos hace vivir, lo inefable.

BIBLIOGRAFÍA.

Javier Cercas. Soldados de Salamina. Barcelona: Tusquets Editores, 2001.

del Valle, Carlos Yushimito. “Soldados de Salamina: Indagaciones sobre un héroe moderno.” Espéculo: Revista de Estudios Literarios 23 (2003): 63.

Saval, José V. “Simetría y paralelismo en la construcción de Soldados de Salamina de Javier Cercas.” Letras Hispanas: Revista de Literatura y Cultura 4.1 (2007): 62-70.

Prats, Lluch . “La dimensión metaficcional en la narrativa de Javier Cercas.” AISPI, Actas XXII (2008).

Carles Geli. “Cercas regresa a la Guerra Civil con la historia de un familiar falangista.”
El País. 20/10/2016: Grupo Prisa. http://cultura.elpais.com/cultura/2016/10/19/actualidad/1476900255_158077.html.

Jordi Busquets. “Un relato real.” El País 02/04/2001: Grupo PRISA.http://elpais.com/diario/2001/04/02/cultura/986162405_850215.html.

Escuela de Humanidades UNIR. De Salamina al Impostor – Javier Cercas – Aula de Cultura. Youtube, LLC. 20/04/2015. Web. https://www.youtube.com/watch?v=iRB6pvxzZ8I

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