Volverás a Región (1967), por Juan Benet.

Volverás a Región es uno de los exponentes principales del estilo intrincado, casi críptico, que caracteriza a la prosa del madrileño Juan Benet (1927-1993), al que se le suele encasillar, no con demasiado éxito, en el llamado neorrealismo. En esta novela, tan alejada de las descripciones y el discurrir lineal que suelen caracterizar a la narración realista, nos vemos sumergidos en un ambiente sórdido y decadente en el que el presente no es sino una mera sombra de un trágico pasado. La Guerra Civil, acaecida entre 1936 y 1939 en España, es referida constantemente por un doctor y una mujer con cuyo diálogo, tan plagado de recuerdos que se sienten incapaces de olvidar pese a que les llena de dolor rememorarlos, se vertebra el relato. Sin embargo, es el tiempo, “la dimensión en la que la persona humana solo puede ser desgraciada”, y el espacio, la ficticia Región, los verdaderos protagonistas de esta novela.

La acción de la novela se sitúa en la imaginaria comarca española de Región, recurso que, por otra parte, ha sido utilizado con prolijidad en la historia literatura contemporánea. Cabe citar por ejemplo, al Macondo de Gabriel García Márquez y, especialmente, al Yoknapatawpha County del escritor norteamericano William Faulkner, una de las principales influencias literarias del autor español, y al que tanto se le ha comparado posteriormente. Asimismo, el ambiente y el estilo de la narración recuerdan inmediatamente a los utilizados por el mexicano Juan Rulfo en su Pedro Páramo, con sus saltos en el tiempo y monólogos interiores, lo que aumenta la complejidad del texto, oscuro de por sí.

También cabe destacar que Juan Benet, nacido en Madrid el 7 de octubre de 1927, trabajó toda su vida como ingeniero de caminos. Su profesión le llevó hacia el año 1962 al noroeste del territorio español, donde le fue encargada la construcción del embalse del Porma, que a finales de siglo cambió su nombre por el del propio escritor en reconocimiento de su trabajo. Fue aquí, en esta zona que se puede considerar el centro de un triángulo imaginario entre las ciudades de Santander, Gijón y León, donde escribió esta novela en el transcurso de dos años. Por lo tanto, si bien Región no aparece en ningún mapa real, su concepción y paisaje están fuertemente inspirados por el ambiente de esta zona, tan cercana a los Picos de Europa, y en la que se sitúan así mismo el resto de novelas escritas por el autor madrileño.

Región es una comarca a la que “solamente las guerras, de cincuenta en cincuenta años, son capaces de liberar de su merecido olvido”. Cerca de sus montañas se vio frenado el avance musulmán sobre la Península Ibérica, así como también se refugiaron y lucharon en estos parajes los ejércitos carlistas un par de siglos atrás. La narración comprende esta vez los antecedentes más inmediatos de la Guerra Civil, el propio conflicto bélico y su posguerra, tan marcada por el reciente derramamiento de sangre que ha deshumanizado a los supervivientes.

Por otra parte, en el libro abunda el lenguaje técnico de la topografía y de la orografía, a lo que se suma un elevado conocimiento del medio natural y sus habitantes, así como no pocas digresiones que versan sobre los orígenes geológicos del escarpado paisaje, casi hostil a la vida, de aquella región en la que “raro es el año que el monte no se cobre su tributo humano”. Sin lugar a dudas, estos pasajes son los más densos del libro, y los que suelen llevarse la mayor parte de las malas críticas, pese a que en mi opinión son sumamente interesantes, si bien obligan al lector no especializado a no dejar el diccionario muy lejos.

Sin embargo, lo más frecuente es que el entorno se describa personificándolo o transponiendo lo visible a lo imaginable mediante metáforas que nos hablan de “esas praderas amplias […] de peligroso aspecto, erizadas y atravesadas por las crestas azuladas y fétidas de la caliza carbonífera, semejantes al espinazo de un monstruo cuaternario que deja transcurrir su letargo con la cabeza hundida en el pantano”. Además de estas, otro estilo de descripciones recuerda, asimismo, al uso “existencialista” del paisaje que hace en Nada la escritora Carmen Laforet, obra que pertenece también a la posguerra española, donde aparece la idea de que trasladamos al paisaje nuestro estado de ánimo y con la que Volverás a Región guarda muchas semejanzas

Inmersos en “una comarca abandonada y arruinada”, se ubican pequeños pueblos que sobreviven como pueden gracias a “una mesta arcaizante” (por la cual el autor siente una verdadera animadversión, pues la considera como uno de los principales culpables del atraso del país y del grave deterioro de su hábitat natural) y a la explotación de una mina de sílice, siendo la más grande de las poblaciones la llamada Región. Por su parte, para el autor, toda reforma económica no ha hecho sino dificultar aún más la vida en el lugar, que durante ocho meses al año despierta bajo la nieve. Además, la República llevó el ferrocarril hasta la comarca, aunque nunca llegaron a transitar sus vías salvo burros.

Como ya hemos dicho, la narración se vertebra mediante la conversación que mantienen el doctor Daniel Sebastian, que se ha quedado en Región, sin atisbo de esperanza alguna, a vivir una existencia por la que no guarda interés alguno, y una mujer que acaba de volver al lugar tras haber vivido durante la guerra en él el periodo más turbulento de su vida, buscando quien sabe si la salvación, la respuesta a sus dudas o simplemente reencontrarse con sus recuerdos, ya sea para superarlos o para volver a caer en ellos. Ellos dos serán los que nos cuenten lo que ocurrió en la guerra, así como nos presentarán al resto de personajes, conocidos suyos, al narrar su historia.

Asimismo, nos transmiten la impresión que produce el lugar en el presente, al que a su natural miseria hay que sumarle ahora la devastación producida por la guerra. Y es que el paso de la guerra todavía es visible: los cristales de las ventanas siguen rotos, nadie se ha propuesto reponerlos; la luz se infiltra en las casas a través de los orificios de las balas; las ruinas constituyen el principal del lugar, sumido en el silencio. Por otra parte, el resto de sobrevivientes son ancianos que han “optado por olvidar su propia historia”, y que solo se mueven, un par de veces al año, para escuchar en la torre de un campanario de El Salvador los ecos de los disparos que todavía resuenan cada verano desde el lejano monte (ya explicaremos esto más adelante). El autor afirma que los lugareños poseen una especie de don de la previsión, aunque “¿qué otra anticipación del porvenir que no sea la cita con la muerte cabe en ese tierra?”.

La guerra, como ocurre con todo, llegó tarde a Región, si bien allí las cosas se quedan estancadas durante mucho tiempo. El autor nos advierte de que el suceso bélico en Región es “un paradigma a escala menor y a un ritmo más lento de los sucesos peninsulares”, así como en una entrevista posterior afirmó que la censura le había recortado muy pocas frases del libro, poda con la que él estuvo estilísticamente de acuerdo. Sin embargo, parece cuanto menos extraño que no se eliminasen otros fragmentos claramente reprobatorios de las atrocidades de la guerra y del régimen, como aquel en el que Benet dice que “unas cuantas cruces y lápidas de mármol” constituyeron “los ornamentos con que el nuevo Estado se decidió a pagar la destrucción que había acarreado a aquella comarca refractaria a su credo”.

En Región, que “fue republicana por olvido u omisión”, no existe el anticlericalismo, las costumbres siguen siendo iguales a las de hace mil años y las ideas marxistas ni siquiera han llegado hasta allí sino en los recientes tiempos de guerra. Por otra parte, la República no ha hecho nada más por ellos que otorgarles un representante en un “parlamento sin gobierno”. Por lo tanto, si sus habitantes se involucraron en la guerra a favor del bando republicano fue solamente “para salir del paso de aquellos que cruzaban las montañas para interrumpir una velada de amigos”, y no por defender unos ideales.

El libro constituye a su vez una dura crítica a la República, un “cuerpo enfermo, carente de futuro, acosado por las deudas” en el que sus partidarios acabaron luchando cada uno por su lado o incluso entre ellos y que “nunca supo consolidar sus esporádicos triunfos”. Asimismo, permitió, al menos durante el principio de la guerra, el robo, e incluso el asesinato, del propietario rico, así como organizó fusilamientos en masa. Y es que a Benet no se le ha olvidado que su propio padre murió durante la guerra en la zona republicana asesinado por unos milicianos anarquistas.

Por otra parte, el autor también critica la moral burguesa, que vive con “el cuchillo sobre el presupuesto y el tenedor clavado en el ahorro”, y la educación opresiva y contraria al librepensamiento basada en dogmas que no ayudan a vivir, sino que protegen al sujeto de lo desconocido mediante el miedo. Y es que la sociedad, y especialmente la familia, aparecen en Volverás a Región como agentes que coartan la libertad del hombre.

Tras un primer intento, cuyo resultado no podía ser otro que el del fracaso por el desconocimiento del terreno, las tropas franquistas vuelven a intentar conquistar Región liderados por el coronel Garmallo, al que unen vínculos emocionales con Región. Su hija, que resulta ser la mujer que habla con el doctor, está “secuestrada” por los republicanos, aunque ella no tiene ni el más mínimo deseo de volver a ver al padre que le metió en aquel internado católico donde descubrió a la soledad bajo unas leyes de lo más opresivas, especialmente en lo referente a la sexualidad.

Asimismo, el coronel, quien, por su parte, fue criado bajo el estricto lema de que “el sacrificio y el ahorro de hoy no son sino el bienestar y la hombría de mañana”, estuvo implicado en un escándalo amoroso que también afectó al doctor Sebastián, suceso en el que Benet cifra el inicio de la decadencia de Región, si bien advierte que “no veníamos de una previa grandeza”. Y todo por la defensa de una palabra vacía como es el honor.

Y es que Garmallo estaba prometido con una mujer, María Timoner, de la que también estaba enamorado el doctor, que pretendía marcharse con ella. Sin embargo, había otra persona implicada, un “donjuan extranjero” que apuesta grandes sumas en el casino con el coronel, que quiere arrebatarle una moneda de oro con la cual el extranjero nunca pierde, moneda que le fue otorgada por una anciana barquera que vive en la más profunda soledad. Una noche, “a partir del momento en que entró en juego su sortija de prometida, ella misma por propia y tácita voluntad se convirtió en prenda”. Al final, la velada acaba con la huida del donjuan con María y el dinero y con Garmallo con la mano pegada al tapete mediante el filo de una navaja, lo que le dejará inutilizada una mano para el resto de su vida.

Por su parte, el doctor, ante el abandono de su amada, pasa de la esperanza al desencanto, punto en el que se quedará el resto de su vida, y decide casarse con una mujer a la que no había visto nunca, y a la que no llegó a tocar, mucho menos a amar. Por último, ayudó en el parto, en las montañas, de María, que se cubría el rostro con un velo, y a la que tiempo después vio morir.

Sin embargo, Garmallo y el resto del pueblo no podían dejar pasar el hecho sin vengarse, por lo que cogieron las armas y siguieron a la pareja por la montaña dejando “todas las ilusiones y promesas rotas por la polvareda de los jinetes que con la distancia y el tiempo aumentarán de tamaño hasta convertir en grandeza y honor lo que no fue en su día sino ruindad y orgullo, pobreza y miedo”. Al final, acabaran matándose entre ellos por el dinero, si no es cierto que el Numa ha acabado con ellos primero.

Y es que, bajo la sombra del Monje, la cumbre más alta del lugar, crece el bosque de Mantua, al que un “anacrónico y casi indescifrable letrero” prohíbe el paso. Antes se ha tenido que atravesar un desierto que parece ilimitado, así como salvar grandes desniveles en los que un paso en falso puede ser fatal. Sin embargo, si algún temerario o incauto consigue llegar hasta el letrero y decide ir más allá, se encontrará con “un anciano guarda, astuto y cruel”, Numa, que, aun ciego, no dudará en matarle por haber entrado en sus dominios.

Este ser legendario, pese a lo que cabe imaginar a simple vista, no es ni mucho menos odiado en Región, pues “un pueblo cobarde, egoísta, soez prefiere siempre la represión a la incertidumbre”. Y es que el Numa nunca cambia, “no entrega nada pero al menos no permite el menor progreso; no aprieta pero no ahoga”. Asimismo, con su existencia consigue “que nadie abrigue otra esperanza que la del castigo del transgresor, no digo ya del ambicioso”. No faltan los críticos que han querido ver en esta figura, por lo tanto, una personificación del inmovilismo que caracterizó al régimen franquista.

Conquistada Región y el resto de poblaciones, los combatientes republicanos que quedan vivos huyen al amparo de las montañas. Hasta allí los persigue el ejercito hasta que Gamallo muere en un atentado terrorista y el Alto Mando de los sublevados da por acabada la guerra por considerarla más una venganza ante un agravio personal que algo necesario, estando ya el enemigo derrotado y en desbandada. De los supervivientes nunca se volvió a saber nada, aunque por los pueblos circula el rumor de que se convirtieron en fantasmas.

Por otra parte, la mujer que conversa con el doctor, la hija de Garmallo, ha ido hasta Región para saber el destino de un hombre, Juan de Tomé, aunque ella misma sabe que murió. Durante la guerra estuvo retenida, no muy a pesar de su voluntad, por el Comité de Defensa de Región, de corte socialista. Fue durante el transcurso de este cautiverio cuando perdió su virginidad, consentidamente, con un soldado alemán que luchaba a favor de la República. Muerto este, entra en un burdel regentado por una madame llamada Muerte, donde se prostituirá para uno de los dirigentes del ejercito republicano, Julián Fernandez, que resulta ser el hijo de María Timoner. Tras la guerra, su amado Juan de Tomé murió en sus brazos, sin darle el hijo que ella deseaba. Por su parte, ella volvió al hotel de Muerte para devolverla el dinero que está le había dado por sus servicios.

Ni ella misma sabe exactamente a lo que ha venido Región esta vez, si bien uno de los motivos principales es el repudio que siente ante su vida actual, a la que no encuentra sentido o emoción alguna. Y es que “me preguntó que hago aquí, para qué vine si es imposible reconstruir toda aquella juventud que había de incapacitarme una madurez ulterior”. Por último, en la casa donde mantiene la conversación con el doctor, vive, encerrado, un enfermo que piensa que ella es su madre, aunque no es posible que lo sea. Este personaje constituye, junto al Numa, uno de los elementos más misteriosos de toda la novela.

Sin embargo, como ya dijimos en un principio, el protagonista principal de la misma es el tiempo, con respecto al cual el autor mantiene una visión bastante pesimista y al que otorga una importancia fundamental en su transcurso. Y es que llega a decir que “nos es dada la lógica para pensar acerca del futuro y un pasado sobre el que comprobar resultados”. Por otra parte, al tratar este tema, el libro adquiere un tono mucho más poético que en sus páginas anteriores, así como recurre a asociaciones de ideas cada vez más abstractas, recordando su conjunto a la prosa del lisboeta Fernando Pessoa y, especialmente, a la de su heterónimo Bernardo Soares. Pasemos ahora a, como dice David K. Herzberger al “concepto patentemente destructivo que tiene Benet del tiempo”.

Para Benet el presente no es sino algo que ya fue y que, por lo tanto, ya ha pasado. Por otra parte, el pasado no es ni mucho menos lo que ocurrió, sino que es más bien justamente lo contrario, es decir, que constituye el conjunto de cosas que no llegaron a ocurrir pese a que ese era nuestro deseo. Por lo tanto, recordar constituye un proceso doloroso, pese a ser inevitable. Y es que para el autor la memoria no es, ni mucho menos, un alivio para el ser humano, sino que constituye “la venganza de lo que no fue […] la violencia contable del olvido”, algo que, aún siendo incapaz de guardar odio, sigue almacenando rencor. Esta sensación pesimista se encrudece cuando el ser ya maduro mira hacia su juventud, a la que tanto el doctor como la mujer consideran una “edad engañosa” en cuanto efímera.

Por otra parte, en determinadas circunstancias, por el motivo que sea, ciertos momentos parecen situarse, por su elevado impacto sobre el sujeto y su consciencia, fuera del tiempo, sentimiento semejante al que designa la palabra arrebato, es decir, “ese presente fuera del tiempo donde un alma acrisola el orden pasajero del mundo” en armonía con él. Esos instantes, inefables, que encuentran a uno más que lo contrario, marcan al sujeto de por vida.

Por su parte, el futuro, “un engaño a la vista”, es lo que nos queda, y no pinta demasiado bien. El destino para el fatalista del doctor no es un camino a recorrer o una meta prefijada, sino exactamente lo contrario a lo que nos proponemos durante nuestra vida. Además, “no somos capaces de pensar en la muerte, ni siquiera en un plano limitado”. Ello se debe a que “sin duda existe en nuestro cuerpo una válvula defensiva gracias a la cual la razón se niega a aceptar lo irremediable”. El miedo aparece en esta novela como nuestra pulsión primaria, como algo que dura más que la esperanza o el amor. Es curioso destacar que, en una entrevista, a Benet le pidieron que citase tres razones por las que mereciese la pena existir. Él las resumió en haber nacido, seguir viviendo y lo molesto que debe ser suprimirse a uno mismo.

El tiempo va cambiando al sujeto, que nunca es el mismo. Para el doctor Sebastián, un hombre que ha perdido todo el color y la esperanza, existen tres etapas vitales. La primera se caracteriza por la satisfacción de un instinto que no necesita de justificación alguna para existir. El paso de esta etapa a la madurez se realiza cuando se pierde el deseo, es decir, cuando el acto que antes se realizaba por sí mismo ahora carece de sentido. Sin embargo, en vez de abandonarlo, el ser humano lo que hace es racionalizarlo, es decir, dotarlo de una justificación que permita seguir realizándolo a gusto o, por lo menos, con un motivo que ayude a sobrellevarlo. La última etapa sería el repudio total, es decir, no encontrar “motivación o disculpa” alguna de los actos de la propia vida. Y es que si se pierde la virtud el individuo pasará a ensalzar el vicio que le ha llevado a caer, “y cuando este se arruine se refugiará en el cansancio o en la laxitud” o en quejarse de un orden exterior siempre hostil.

Por lo tanto, se llega a decir que “la memoria no sabe lo que pasó, que la voluntad desconoce lo que vendrá, que solo el deseo sabe hermanarlas”, que “es el pasado el que reflexiona e ilumina” a “un presente desmembrado y estupefacto” que no sabe de dónde sacar fuerzas para vivir, de dónde justificar su existencia, ahora que ha visto que el ser humano es capaz de lo peor, que vive entre las ruinas y la miseria de una guerra que enfrentó a un pueblo deseoso de sangre, temeroso de la inestabilidad y de la incertidumbre, sobre las que prefiere un orden seguro, pese a que sea el del castigo.

En definitiva, lo único que nos queda es la libertad individual a la que, como ya hemos dicho, el autor contrapone la sociedad y la familia. Y es que en esta novela la soledad aparece como una especie de manto protector ante el laconismo y la pobreza del exterior, un refugio que sería apacible si la memoria no existiese y que permite la creación de un código personal de conducta. Sin embargo, el pasado, pese a que no fue lo que hoy recordamos, sigue presente pese a que queramos deshacernos de él: las persianas agujeradas por los disparos, la polvareda de los caballos en busca de la venganza del honor, el eco de los disparos que todavía resuena por los bosques… es decir, que todavía vivimos bajo el peso de “un pasado ultrasonoro cuyos ecos resuenan en el ámbito de la ruina”.

Por lo tanto, mientras que el autor ha detallado concisamente todo el entorno natural de Región, al describir a la población lo que ha pasado a destacar es la ruina, es decir, el paso de tiempo que permite al autor entretenerse en recuerdos de los personajes, en imágenes que expliquen mediante su pasado lo que hoy vemos. Por último, al hablar del tiempo, el estilo se vuelve cada vez más críptico, lleno de saltos temporales e incisos que parecen pretender perder al lector, o al menos desubicarle un poco.

Volverás a Región obliga al lector a la contemplación de una población en ruinas, todavía humeante, que se sumerge en el olvido de la historia, como diría Unamuno, lentamente sin dejar rastro de sí. Sin embargo, pese a la sordidez y la complejidad de la obra, el lector disfruta leyéndola. El propio título parece indicar que le será necesario volver al menos una vez más por estos parajes para hacerse con la novela al completo debido a la complejidad de las imágenes que es capaz de crear el madrileño Juan Benet, que encontró siempre en la literatura no un trabajo, sino un placer.

Bibliografía.

Benet, Juan. Volverás a Región.
Barcelona: Ediciones Destino, 1974.

Herzberger, David K. “La aparición de Juan Benet: una nueva alternativa para la novela española”.

Benet, Juan. Autorretrato. Dir. Pablo Lizcaino. RTVE, 1984. Youtube.

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