El arte de la mentira política (1712), de Jonathan Swift

El arte de la mentira política es una mentira en sí misma, una mentira camuflada, tal y como son las mentiras políticas. Según la RAE mentir es “decir lo contrario a lo que se siente o a lo que se piensa”. Pues bien, la obra que nos atañe es precisamente eso: lo contrario de lo que nos dicen que es.

Que fue escrita a principios del S.XVIII en Reino Unido y que trata de la mentira política es de lo poco creíble de este ensayo escrito en un tono mordaz y satírico en el que se alaba al partido progresista (whig) por mentir políticamente mejor que nadie o se critica a los conservadores (tories) por mentir demasiado mal. Escrita por un autor llamado Anónimo, se atribuirá a un autor que resultará estar equivocado. ¿Más mentiras?

La obra se camufla en un panfleto publicitario que pretende atraer suscriptores que den un dinero para recibir con posterioridad la obra completa sobre el arte de la mentira política. En prólogos de diferentes ediciones se pone en duda que el dinero que abonaran los honrados lectores les fuera devuelto, a lo que me sumo a transmitir mis dudas sobre si alguien hubiera osado a pagar por tal contenido. Es más, aseguraría que la intención del autor no fuera otra que la de divertirse al dar ese formato a su escrito.

No asevero esto por pura arrogancia, ni mucho menos. El autor al que se atribuye la obra es Jonathan Swift, autor de los Viajes de Gulliver y reconocido por sus escritos satíricos y mordaces en contra de la sociedad que vivió, aunque hay que rehacer esta atribución, dado que la escribió su amigo John Arbuthnot, también escritor satírico y poco tendente a publicar sus obras con su nombre dado su poco gusto por la fama y por la privacidad familiar, también inventor del personaje de Jonh Bull, representación satírica recurrente en Reino Unido para personificar al país. ¿Son necesarias más razones?

John_Bull_-_World_War_I_recruiting_poster
Cartel de reclutamiento militar utilizando la figura de John Bull

 

Este breve ensayo no destaca por tener unos contenidos precisos y extensos sobre el tema que trata, sino por lo acertado de sus razonamientos y exposiciones. Todo lo que en la obra se expone es sencillamente extrapolable al día de hoy, tanto que cualquier lector puede asociar fácilmente cualquier situación o tipo de mentira con el mundo de la política e incluso con el de su círculo de amigos y familiares.

Pero vamos a enfrascarnos en el contenido de la obra en cuestión, que es lo interesante en este caso. Partiendo de la base de que es un escrito satírico que presume resumir el contenido que será posteriormente distribuido, la obra expresa con toda claridad lo que considera “el arte de la mentira política”. Ve el mentir como un arte en sí mismo, no algo que se pueda hacer sin una preparación y entrenamiento, y mucho menos si no se vale para ello. La mentira política se considera aquí como un arte instrumental fundamental de la vida política, y por ende de la vida en general, que habría de ser incluida en cualquier proyecto enciclopédico decente. Este estatus de la mentira política ya parece elevado, pero seguro que los autores no imaginaron el alcance de esta en los días de la fake news de internet y de las grandes corporaciones de comunicación.

Siempre que se habla de la mentira política, y esta no es una excepción, salen a colación las ideas maquiavélicas de la necesidad de que el gobernante mienta al pueblo para encaminarlo hacia donde este cree que sea mejor o más le convenga. Este ensayo satírico parte de estas tesis para desarrollar la teoría sobre el arte de mentir, al que consideran un arte desarrollado y perfeccionado durante siglos de práctica.

La disertación comienza preguntándose por la naturaleza del alma humana y por las cualidades que llevan a un hombre a mentir. Afirman que el alma es como un espejo o un espéculo con una parte plana y otra cilíndrica, habiendo hecho Dios la parte plana y el Diablo la cilíndrica. Así, la parte plana del alma presenta a las cosas tal y como son en realidad, pero el cilíndrico, debido a “las normas de la catóptrica”, representa como falsos los verdaderos y viceversa, pues “todo arte y éxito de la mentira política depende de la parte cilíndrica del alma”.

La querencia que tienen los hombre por la malicia se debe al “amor propio” pues sentimos placer al ver que hay gente “peor y más desgraciada” que nosotros, a la vez que lo que nos impulsa hacia lo “maravilloso” es la incapacidad que tenemos de conformarnos y sentir placer o gozo con las cosas pequeñas.

Así, la naturaleza de la mentira política es “hacer creer al pueblo falsedades saludables y hacerlo a buen fin”. La mentira es un arte, pues, a diferencia de la acción de decir la verdad, requiere preparación, convicción, un cambio en la actitud normal. Ahora bien, el autor remarca que esta afirmación solo se puede ajustar a la “invención”, dado que “se requiere más arte para convencer al pueblo de una verdad saludable que para hacer creer y aceptar una falsedad saludable”. Es lo que tiene nuestro impulso hacia lo “maravilloso”…

Hemos de diferenciar entre falsedades saludables y las que no lo son: “el buen fin no es lo absolutamente bueno sino lo que así le parezca al que hace la profesión de la mentira política”. Partiendo de las ideas maquiavélicas, no es de extrañar que se parezcan tanto.

Por otra parte, se afirma que la legitimidad de la mentira política se la dan sus mismos principios, de los que se extrae la verdad que merece el pueblo. Este merece verdad privada, que es la que se refiere a lo que atañe a los asuntos individuales de cualquiera, y a la verdad económica, que es la referida a la que han de brindar los familiares más cercanos al individuo. Pero el pueblo no tiene derecho a la verdad política, dado que “el pueblo no tiene derecho a ser instruido en la verdad de la práctica del gobierno”. Cada individuo merece un nivel de verdad diferente, sujeto a una gradación referida a la clase social, partiendo de los niños que son los que menos verdad merecen, de ahí que se les engañe siempre.

Una pregunta muy interesante que se plantea en la obra es si el gobierno es el único con derecho a la mentira política, a lo que el autor responde con un rotundo no valiéndose de los primeros pasos del juego democrático que estaba experimentando Reino Unido por aquel entonces: si el gobierno de la nación es democrático, el poder como tal reside en el pueblo, por lo que este tiene todo el derecho a emplear la mentira política para acabar o apartar a gobiernos cuando no le convengan. De ahí que se afirme que la mentira política es una distinción clara de lo que es la auténtica libertad, dado que si los gobernantes o ministros la usan para mandar, el pueblo ha de ser libre de usarla para quitarles del poder.

En la presente obra se diferencian varios tipos de mentira política, a la vez que se hacen recomendaciones para llevarlas a cabo de la mejor manera posible. Existen los chismes y difamaciones, que tratan de atacar directamente la reputación de los políticos en el poder (prácticamente lo que Umberto Eco definió como “máquina del fango”). En esta categoría encontramos tres subclases: las mentiras por aumento, que buscan agrandar la fama y reputación de alguien para que alcance un propósito mayor del que merece; la mentira calumniosa, que busca quitar a una persona una reputación que se ha ganado justamente; y la mentira por translación, que se basa en otorgar una buena acción de un hombre a otro con mejores cualidades o quitar una mala acción a un buen hombre para dársela a uno peor. El autor anima a utilizar la mentira de translación negativa pues en ella confluye un aumento de la negatividad a la vez que calumnia al contrincante. Además, si se descubre que es mentira, el daño ya estará hecho.

Las recomendaciones de cómo llevar a cabo las calumnias sobre los rivales políticos, quizá estén hechas tratando de demostrar que la mentira política es un auténtico arte o quizá lo estén para demostrar al lector que cualquier cosa tiene cabida en la mentira política con tal de servir al propósito del que la emplea. El autor comienza diciendo que cualquier cosa que se emplee al decir una mentira ha de encajar en los parámetros que se esperan de la persona, y si se ha de hacer saltándose ese paso hay que hacerlo con progresividad y decoro. “De un hombre ateo y que desprecia la religión no se dirá que es un fervoroso creyente, sino que frecuenta con decoro las oraciones públicas”, bien sea en este caso la mentira por aumento, o bien sea en el caso de la difamación, dado que “a un político honrado no se le acusará de conspirar para dar un golpe de estado, sino que se dirá de él que tenía una amante”.

Aparte de chismes y difamaciones encontramos las mentiras maravillosas, que son todo aquello que traspasa lo verosímil y que, como ya hemos visto, son muy adecuadas para engañar a las personas dado que estas tienen una especial tendencia hacia lo maravilloso. En esta clase de mentiras encontramos las que aterran y las que animan y enardecen, pero estas tienen unas pautas muy concretas de uso para que puedan seguir siendo efectivas. Por ejemplo, las noticias terroríficas, dice el autor, no se han de usar con excesiva frecuencia para evitar que el pueblo se acostumbre a ellas y no se sienta indiferente, mientras que las mentiras que animan y enfervorecen a las masas han de ser variadas, no centrarse en una sola cosa y a la vez que si prometen o predicen algo, se hagan a un plazo lo suficientemente largo como para que de tiempo a que se olvide, no sea que alguien recuerde que prometiste algo que sabías que no ibas a cumplir.

Un consejo, o más bien una quimera, que el autor se permite hacer a los profesionales de la mentira política, es decir, a los políticos, es la de establecer esta pauta en el gremio: un político que haya perdido el crédito por ser pillado en una mentira habrá de dejar de mentir durante tres meses, así podrá luego mentir durante seis meses con plena libertad.

Un tipo de mentira que se nos descubre hacia el final de la obra es la mentira por comprobación, siendo aquella que se deja caer para ver si el pueblo se la cree. En caso de que así sea, el político ya sabrá qué clase de mentiras y de qué dimensiones podrá emplear sin preocuparse. El ejemplo del que se sirve el autor para explicarlo es el de la transustanciación eucarística cristiana, pues “quien se la trague (la mentira) podrá digerir todo lo demás”. De esto se sirven los dirigentes para comprobar la credulidad de su pueblo.

Asimismo, Swift-Arbuthnot, cierran el ensayo dando un último consejo a los mentirosos: que no se crean sus propias mentiras a no ser que quieran ver su comportamiento desviado de tan noble arte, y se plantea la pregunta: ¿se contrarresta mejor una mentira con una verdad o con una mentira? Ante la cual no podría caber otra respuesta que: “con una mentira”, debida la atracción del hombre por lo maravilloso y, por ende, su tendencia a creerse las mentiras. “Se rebate mejor que un hombre sano haya muerto alegando que está aún convaleciente en la cama”.

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