¿Es conveniente engañar al pueblo? (1790), De Nicolás de Condorcet

Este pequeño ensayo de Marie-Jean-Antoine-Nicolas de Caritat, más conocido como el Marqués de Condorcet, fue escrito con la intención de ser presentado (cosa que finalmente no sucedió) a un concurso de disertaciones filosóficas convocado en 1778 en la Real Academia de Ciencias de Berlín por el rey prusiano Federico II. Este monarca gustaba de ser llamado el rey filósofo y convocó este concurso a causa de la impresión que le suscitó leer las obras de Maquiavelo y darse cuenta de que había una gran cantidad de intelectuales en la época que creían que las teorías maquiavélicas de engañar al pueblo para guiarle hacia donde quisiera el gobernante eran lo adecuado.

El Marqués de Condorcet nació en Francia en el año 1743. Quedó huérfano de padre a la edad de 8 años y su madre le impuso un preceptor jesuita que se encargase de su educación. Quizá esta es una de las razones por las que Condorcet resultó ser profundamente anticlerical y un ateísta militante durante toda su vida adulta. Tuvo una fuerte relación con los intelectuales ilustrados, colaborando en la escritura de la Enciclopedia y participando activamente en la Revolución Francesa. Defendió la independencia de los Estados Unidos, la igualdad de los hombres y las mujeres (así como la legalización del sufragio de estas) y la liberación de todos los esclavos.

El ensayo no es interesante porque sea una pieza fundamental de la bibliografía del autor ni por su validez histórica. Condorcet es más conocido por su faceta de hombre ilustrado, por el proyecto constitucional que realizó para el gobierno Girondino, por su obra Esquisse d’un tableau historique des progrès de l’esprit humain (Esbozo de un cuadro histórico de los progresos del espíritu humano) y por la paradoja de Condorcet.

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Escultura de Condorcet. Museo del Louvre, París.

El interés de este ensayo es que los preceptos que se exponen en él son válidos hoy en día, a pesar de estar escrito hace más de doscientos años. Muchas ejemplificaciones se pueden ver en las actitudes y comportamientos de gobernantes y sociedades en nuestros días, como el utilizar el instrumento de la educación en provecho del propio gobernante, las consecuencias del fanatismo religioso y nacionalista o el empleo de las mentiras por parte de los gobiernos porque consideran estúpido a su pueblo. Además el autor es muy proclive a emplear la palabra imbécil, la cual está cayendo en desuso para desgracia de un servidor.

Condorcet se decide a redactar su conferencia puesto que se siente totalmente en contra de la noble mentira: engañar al pueblo para el bien de este, bien sea dándole nuevos errores, o bien sea manteniéndole en los que ya tiene. El desarrollo se hace en base a ocho apartados en los cuales se plantean preguntas que ayudan a exponer la teoría del autor.

¿Son útiles para el pueblo los nuevos errores? “Para que la opresión pueda ser útil para el opresor es necesario que el oprimido sea presa de la superstición o esté privado de la razón.” Estos oprimidos son tildados por Condorcet de “imbéciles”, pues dan al tirano “el mismo provecho que una mula da al agricultor”. Los oprimidos lo están por unas ideas falsas en las que se ha educado y ha sido inducido a creer como válidas. Pero son mentira, son erróneas. “El beneficio general de la humanidad, nación o grupo de hombres consiste en conocer la verdad acerca de los objetos generales de la sociedad”. Si el hombre sigue los preceptos verdaderos de la sociedad a la que pertenece a la vez que sigue los suyos propios, es decir, lleva a cabo una mezcla del interés general con el suyo propio bajo unas leyes que preserven el bien común, llevará a la humanidad a encontrar su desarrollo y felicidad.

La razón llevará al hombre a las verdades que son adecuadas para el bien común, pero ¿es recomendable llevarle a ellas mediante engaños sencillos o es mejor explicarle una verdad compleja? El ser humano tiene pasiones, las cuales ha de diferenciar de sus intereses reales. El alcanzar una verdad mediante engaños puede llevar a las personas a explotar esas pasiones de forma descontrolada y personalista, lo que no les llevará al bien común. Además estos engaños pueden dar alas a los tiranos, que se pueden servir de estas falsedades para beneficiarse.

¿Es, al menos, útil inspirar errores al pueblo para adecuar su conducta a las reglas de la moral? Dar motivos erróneos puede hacer que una creencia caiga, pues si el pueblo tiene capacidad de prestarles atención la abandonará por falsa. Solo un pueblo “imbécil” y sin progreso intelectual se dejará engañar de esta manera. “El hombre que crea encontrar la cuadratura del círculo está más cerca de fallar en otra cosa”.

Las personas se mueven por su entusiasmo hacia sus pasiones e intereses. Estas pasiones pueden ser negativas e ir en contra del interés de la persona, por lo que Condorcet introduce por primera vez en el ensayo la que considera la mejor solución a la mayoría de problemas del hombre, a tenor de ser una de sus de sus principales ideas ilustradas: educar a los pueblos y poner leyes que induzcan a la sociedad a actuar con pasión por el interés general. Este entusiasmo se verá reforzado al ver que se actúa en base a una verdad social, pero se perderá si descubre que se está esforzando en algo basado en una mentira. De hecho, estaba tan convencido Condorcet de la importancia de la educación que creó un proyecto educativo en la asamblea revolucionaria que implantase en Francia una educación universal, laica, mixta, gratuita y obligatoria, que convirtiera a los jóvenes en hombres conscientes de sus derechos y obligaciones.

Si el error es perjudicial, ¿no habrá situaciones en las que mentir sea adecuado, bien porque la razón no es suficiente para alcanzar a explicar el propósito o porque los hombres no lo entiendan? ¿No será el error necesario para una determinada clase de personas? Condorcet afirma que las verdades necesarias para la mayoría de hombres no son complejas. Puede que los filósofos profundicen en las verdades universales, pero a una persona normal no le hace falta detenerse a reflexionar o teorizar sobre que hacer mal al prójimo es una mala acción, o que respetar la propiedad privada legítima es bueno socialmente.

El autor afirma que el hombre no nace con mal espíritu y que si su comportamiento se ha desviado es porque las leyes y costumbres en las que se ha educado se han establecido para que actúe de esta forma y le obligan a cometer crímenes para obtener lo que le es necesario para subsistir. Los errores y mentiras que se han empleado en convertir en malas a las leyes han de ser eliminados, no sustituidos por otros que los reparen. Sería una “imbecilidad” bendecir las mentiras que reparen solo una parte del mal al que han llevado, dado que el error puede prevenir algún mal pero también llevar a otros peores. Condorcet afirma que “la estupidez de un pueblo es el resultado de las instituciones sociales y de las supersticiones”, y advierte de que “un pueblo engañado en la moral” se hará prejuicioso y le llevará a cometer crímenes en contra de sus diferentes que también acabarán siendo desastrosos para sus iguales. Por esto Condorcet vuelve a insistir en la idea de la educación, afirmando que hay que instruir a los hombres en que tengan interés en hacer el bien.

Por mucho que se alegue que las mentiras se le dan al pueblo para asegurar runa estabilidad o para augurarse un futuro mejor, no dejan de ser negativas. La humanidad arrastra errores y mentiras desde que el primer hombre echó a andar, poniendo Condorcet el ejemplo de las religiones. Estas se crean para educar, llenar el vacío de las personas y darles un sentido moral. Esto será lo que aleguen los religiosos, que las religiones son mentiras buenas que solucionan otros problemas peores de los hombres.

Para el autor la religión es una de las mentiras más graves, pues pueden llevar a las personas a creer y actuar erróneamente, como es el caso de los radicalismos religiosos. Las reformas que se han hecho a lo largo de la historia en las religiones pueden eliminar parte de las mentiras que forman parte de estas, pero tienen un problema: que las partes que no se eliminen se verán reafirmadas con más fuerza y de forma más duradera. “Sus errores se harán más suyos”.

Para un creyente toda religión salvo la suya es falsa, y sea la que sea que tomemos como verídica es suficiente con ver la lista de barbaridades que se han cometido en nombre de la religión para comprobar por qué son malas. Esto le vale a Condorcet para aseverar que todas las religiones son falsas (de hecho no habla de religiones como tal, sino de “falsas religiones”).

Las mentiras y errores no son útiles de forma global, pero ¿podría darse el caso en que lo fueran en momentos puntuales o dirigidas a grupos de población concretos? Las “falsas religiones” son puestas como ejemplo de mentiras generales que tienen como objetivo hacer mejor a la humanidad. Sin embargo, Condorcet afirma que ha habido mentiras que han engrandecido a algunas naciones, como puede ser el inducir a creer a los hombres que morir por su patria les dará la felicidad eterna o la supremacía nacional. Para esto Condorcet compara los mitos nacionales con la embriaguez, considerando a esta segunda “un vicio menos vergonzoso que la superstición”: “dos soldados ebrios en un día de batalla pueden ser hombres razonables al día siguiente, pero los soldados fanáticos no serán nunca otra cosa que locos peligrosos”.

El autor piensa que a veces se confunde el amor a la patria con el orgullo nacional al que se le añaden prejuicios de cualquier tipo. Cree que el amor por el propio país es algo “natural” y que está “inspirado por las dos causas morales que actúan sobre el ser humano: nuestro propio interés y nuestra benevolencia hacia el resto”. Esto es tergiversado y echado a perder con el fanatismo y los prejuicios que enmarañan el sentimiento nacional y hacen desencadenar guerras.

¿Hay inconvenientes en decir toda la verdad al pueblo? ¿Qué medios es justo y lícito usar para atacar los errores populares? Conocer la verdad es siempre útil, pero el paso que ha de dar la sociedad de la mentira a la verdad trae inevitables males, pues el cambio trae errores. Condorcet afirma que “no es suficiente con hacer el bien: hay que hacerlo bien”, por lo que exige sumo cuidado al destruir las mentiras que influyen en las conductas privadas o públicas de las personas. Para Condorcet, hay tres formas generales de influir en el espíritu de un hombre: mediante las publicaciones escritas, las leyes y la educación.

Defender la verdad depende de la actuación: si se hace de forma que no se obtenga ningún beneficio o se empeore lo propio o lo de la mayoría será una actuación errónea, no por defender la verdad, sino por hacerlo mal.

¿Hay verdades que se harán perjudiciales para el pueblo porque este no las entendería y ayudarían a quienes le tienen oprimido? Ante esto Condorcet da una respuesta afirmativa, arguyendo que no se han de publicar verdades que el pueblo no llegue a entender y a la vez sirvan a los tiranos para extender su tiranía y ampliar su ignorancia.

Aparte de esto, cree que los gobiernos han de fomentar la libertad de expresión, pues, tal y como defenderá Stuart Mill en su conocido ensayo, Sobre la Libertad, “cuando las opiniones son discutidas libremente, la verdad acaba por establecerse”. Junto a las leyes incluye Condorcet a la educación como el mejor medio para alcanzar el progreso de la verdad. No necesariamente enseñándoles todo, sino dándoles una “adecuada conducta común”.

Para terminar, Condorcet afirma que la verdad no se ha de esconder, y sostener errores con mentiras es “traicionar a la causa de la humanidad”. Esconder la verdad no es lícito, salvo que se prevean unas consecuencias peores de las que ya hay con su propagación, situación en la que hay que callar hasta que se encuentre la forma de propagarla sin tan terribles consecuencias. Además, “un hombre que enseña algo que sabe que es mentira es un truhán despreciable”: si se es consciente de que algo es mentira y se calla para evitar represalias o consecuencias muy graves, es mejor no enseñarlo y fingir que se cree en ello.

Condorcet termina dejando caer que la verdad se alcanza mediante la razón, la cual es más accesible por los hombres ilustrados. Además nos da lo que él considera la razón de porqué ningún gobierno ha querido derrocar mentiras a pesar de que algunas serían muy convenientes para los gobiernos como tal: las personas que forman parte de los gobiernos no trabajan para ellos, sino para su propio provecho valiéndose de los cargos que ostentan.

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Un comentario en “¿Es conveniente engañar al pueblo? (1790), De Nicolás de Condorcet

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