Benito Cereno (1855), por Herman Melville.

Herman Melville nació en Nueva York en 1819. Aparentemente, tras la bancarrota de su negocio, su padre se suicidó. Esta sería la primera de las grandes desgracias que sufriría Melville durante su vida, pues su hijo también se quitó la vida a corta edad y su mujer, Elizabeth Shaw, se divorció de él tachándole de loco. Además, aparte de sus reiteradas depresiones, vivió casi siempre acosado por las deudas, por lo que tuvo que intercalar el oficio de escritor con múltiples trabajos. Fue ballenero, banquero, maestro rural, inspector de aduanas…. Y es que, pese a que pertenecen a su pluma grandes novelas como la archiconocida Moby Dick o el intrigante relato de Bartleby, el escribiente, Melville fue uno de esos autores a los que en vida pocos o nadie leen, siquiera obteniendo buenas críticas de los literatos, pues no fue sino a partir del siglo XX, habiendo muerto el autor en su ciudad natal en 1891, cuando se le reconoció como una de las figuras fundamentales de la literatura norteamericana.

Hoy hablaremos de Benito Cereno, una novela corta sencilla y perfectamente amena en la que destaca el vaivén emocional que sufre el capitan americano Amasa Delano, cuyas dudas surgen tanto de su interior como de la realidad externa. Aunque ya explicaremos que significa esto más adelante detalladamente, cabe decir inicialmente que la novela está basada en hechos reales, pues el propio Delano recogió en un libro sus vivencias, si bien es poco probable que este relato autobiográfico tenga tanta calidad literaria como el que escribió, basándose en él, Melville.

La narración se sitúa en la costa sur de Chile, donde el barco del capitán estadounidense, dedicado al transporte de mercancías y a la caza de focas, ha hecho una escala para reponer provisiones y agua dulce. El capitán es una “persona de bondadoso temperamento y excepcionalmente crédula”, pues “le era imposible ceder ante cualquier sentimiento de alarma que lo obligara a pensar que el prójimo obraba con malignidad”. Esta manera de ser resultará crucial para el desarrollo del relato, pues es su ingenuidad la que le impide ver en “aquellas sombras” sobre el mar el “presagio de otras más densas que todavía estaban por llegar”.

Se acerca al puerto un barco sin bandera y apenas mástiles y velas con los que dirigir la embarcación, que se mece a la deriva acercándose peligrosamente a las barreras de coral. Delano, como el buen samaritano que es, se acerca para ayudar a esa pobre gente. La embarcación, que resulta ser española, se dedica al tráfico, legal, de esclavos africanos. En la cubierta, compartida por blancos y negros sin aparente superioridad jerárquica de ninguno de los dos grupos, si bien los primeros son muy inferiores en número, Delano escucha a la tripulación explicar el por qué del estado lastimoso del barco: lo que empezó con una tormenta acabó finalmente con una calma aún más dañina. Sin apenas viento que permitiese avanzar a la nave, los días subsiguientes transcurrieron como si fueran interminables en aquel barco, el calor del Sol azotando unas carnes que sufrieron el hambre y la sed más extremas, por no hablar de que “el escorbuto, junto a las fiebres, habían diezmado cruelmente la tripulación”, especialmente a los españoles.

El capitán del barco responde al nombre de Benito Cereno, un “hombre de porte distinguido y reservado, de edad aún joven a los ojos de un extranjero, vestido con singular ostentación, aunque señalado por las huellas de los afanes, las angustias y recientes insomnios”. Salta a la vista desde el primer momento que el español es de constitución débil, enfermiza, tanto que su criado, Babo, no puede separarse de él ni un instante por miedo a que desfallezca. Y es que “la debilidad del capitán español, ya fuera natural, o provocada por las experiencias sufridas, ya tuviera un origen físico o mental, era demasiado evidente como para pasar inadvertida”. Lo que más extraña a Delano, es que esta “mente ausente y lunática” acoge las buenas noticias, como que la brisa finalmente les llevará a puerto o las provisiones de comida y agua que les brinda filantrópicamente el capitán, con indiferencia.

Pero, poco a poco, la sospecha se irá introduciendo en el bueno de Delano, sin llegar nunca a contrarrestar su compasión. Y es que el comportamiento de la tribulación de la nave española y, especialmente, la actitud de Benito Cereno, no concuerdan perfectamente con la historia que le han contado. Pero, nada más la duda aparece en su mente, como no encuentra tampoco una explicación factible que diga por qué le podrían mentir, si él no pide nada a cambio de su ayuda, “sofoca su espíritu crítico por el predominio de la compasión”. Por ello, “una vez más, sonrió a los fantasmas que lo habían hecho víctima de sus burlas”, otorgando al capitán el “beneficio de la duda”, diciéndose: “Sí, es un barco bien extraño, con una historia que también lo es, y unos pasajeros a los que les ocurre otro tanto. Pero… nada más”.

Sin embargo, vuelve a caer constantemente en las redes de la sospecha, que puede provenir, como dijimos al principio de la reseña, del exterior, del comportamiento de los demás, y traducirse en una duda interna; o, por el contrario, nacer en la propia mente primero, para luego acabar, por el sesgo del que mira con desconfianza, siendo vista como indicios de una conspiración contra el yo en el exterior. Así, con este doble procedimiento brillante de su técnica narrativa, Melville muestra la inquietud mental de Delano, su incapaz de dejar de pertenecer al “buenismo”, siempre “dispuesto a disipar, mediante pretextos, unos temores bien razonables”, que poco a poco van ganando en enteros hasta que, en el culmen de la novela, “en imágenes mucho más aceleradas que estas frases, todos sus presentimientos anteriores desfilaron por su magín con sus pormenores más insignificantes” para mostrar a su portador la cruel realidad, que nunca suele ser la que se esperaba.

Así, si bien Delano estaba en lo cierto al pensar que Cereno le estaba engañando, nunca llegó siquiera a imaginar que este lo estaba haciendo para salvarle la vida. “Hasta tal punto pueden equivocarse los mejores individuos al juzgar la conducta ajena, por desconocer las realidades profundas de su condición”. Y es que Babo, el inseparable criado de Cereno, es en realidad el líder de un motín de esclavos que ha matado a casi toda la tripulación española, y que conserva a Cereno y al resto para regresar libres a África, para lo cual la ayuda de Delano, las provisiones y la mano de obra para reparar el barco, son necesarias. Por eso Cereno acogía las buenas noticias como si fueran las peores, pues sabía que, en cualquier momento, Delano podía morir si la sospecha que le consumía por dentro se materializaba verbalmente.

El libro acaba en una batalla naval entre el barco americano y el español, siendo finalmente los esclavos reducidos y condenados a muerte por el Virrey de Chile. En el juicio y días posteriores Delano descubre así mismo que el dueño de la embarcación no era Cereno, sino su amigo del alma, Alejandro Arana, asesinado por Babo. Así mismo, el “criado” sustituyó con el cadáver de su antiguo amo la figura de Cristobal Colón que presidía el mascarón de proa, si bien fue debidamente tapada para que no la viese Delano, y escribió la frese “Seguid a vuestro líder”. Por último, Delano advierte también que Cereno, lejos ya de tener que fingir, sigue siendo, hasta el final de sus días, mentalmente inestable, muy marcado por el traumático suceso. En resumen, otra obra maestra de Herman Melville.

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