La única narrativa

La victoria de Emmanuel Macron frente a la candidata de extrema derecha Marine Le Pen ha sido interpretada como una victoria tanto para Europa como para Francia. Y, obviamente, es una victoria, ya que teniendo en cuenta las absurdas políticas que había improvisado Le Pen al final de la campaña -conjugar euro y franco como monedas- o las que ha defendido el Frente Nacional a lo largo de su historia -control de las fronteras y de la inmigración o la salida de la UE- su victoria habría sido perjudicial, por no decir términal, para la Unión Europea.

La cuestión a tratar en este artículo no versa sobre la filiación política de Macron, ya que este ha sido calificado con tantos adjetivos y colocado en cualquier punto del espectro izquierda-derecha. Sino sobre el porqué la victoria de Macron ha sido interpretada unánimente como una victoria por todos los grandes medios. Una parte de ese porqué es diáfana: era el candidato que más esperanzas ha despertado entre el electorado francés, ha aprovechado la caída en desgracia de otros candidatos con más opciones y ha apostado por el europeísmo y la apertura al mundo globalizado, en lugar de la búsqueda de más soberanía y la ruptura con las organizaciones supranacionales defendida por Le Pen.

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Pero desde que comenzó el rally de los populismos, que podría marcarse con la victoria del Brexit y que fue coronado con la elección de Donald Trump como presidente de Estados Unidos, da la sensación de que una parte de votantes que están equivocados al introducir la papeleta en la urna. Más de diez millones de ciudadanos, el 33% de los votantes, ha votado a Marine Le Pen. Más de diecisiete millones de ciudadanos, el 52% de los votantes, eligieron abandonar la Unión Europea. Más de sesenta millones de ciudadanos, el 47% de los votantes, quisieron que Donald Trump fuese su presidente.

A estos segmentos de la población, que han optado por los candidaturas o alternativas políticas alejadas de los preceptos ideológicos propios de la vanguardia intelectual, se les ha demonizado. Pero cuesta creer que todos y cada uno de los votantes de éstas ideas sean defensores de la xenofobia, el proteccionismo económico o el fin de la apertura a otras culturas, aunque sean las colindantes. De ser así, lo que cuesta creer es en la raza humana. Inequívocamente hay partidarios de posicionamientos de innegable mediocridad moral, pero lo que temo es que se haya obviado la voz de esas personas, generando así una única narrativa.

En cada uno de los casos sí que se ha explorado la división existente dentro de cada nación. En Estados Unidos el mapa de los resultados segmenta al país entre las costas, próximas a la idea de que la mundialización y a que la llegada de inmigrantes es necesaria, y el inmenso interior del país, que se tiñe de rojo y elige a un candidato que un alarde de pragmatismo promete construir un muro para que no entren más mexicanos en el país. En Reino Unido, más de lo mismo. Las grandes ciudades como Londres quisieron continuar en la UE, pero el interior del país no. En cuanto a Francia, es otro ejemplo de un país dividido entre las zonas rurales y las zonas urbanas. Siendo conocidos esos ciudadanos franceses como “les oubliés” (los olvidados), una manera de unificar a todos los estratos de la población que no están conformes con el ritmo y el destino que el mundo parece haber escogido para todos.

Todos los testimonios recogidos por los grandes medios, como si se tratase de estudios etnográficos, buscaban pintar a los partidarios de estos candidatos como gente con escasa educación y nulo conocimiento del mundo. Habitantes de su pequeño pueblo sin intención de abandonarlo y contrarios a que viniesen de fuera a por sus puestos de trabajo. La globalización tuvo como consecuencia la pérdida de empleos en sectores de baja cualificación, como pueden ser los trabajadores de fábricas automovilísticas. Una de las promesas de Trump es la obligatoreidad para las empresas de invertir en terreno nacional. Claro está, que zonas que se sustentaron gracias a la industria del motor, el conocido como Rust Belt, no pueden competir con otras naciones como México, donde la mano de obra es notablemente más barata.

Esto obliga a pensar en el discurso antiélites y en una serie de tics que han acogido todos y cada uno de los candidatos que se erigen como los defensores del pueblo contra las élites. Puede que a un lector de un medio de ideología progresista, que reside en una ciudad cosmopolita y posee una amplia cultura, las propuestas de estos candidatos le resulten deleznables. Pero los defensores de estas medidas han dado en el clavo al descubrir que el debate gira en torno a lo nuevo -representado por las sociedades abiertas y multiculturales- y el pasado. Un pasado que para esos votantes era mejor que este presente. Aunque nunca existiese.

La cuestión es que los representantes de los nuevos esquemas a los que Occidente se está adaptando ven refrendadas sus ideas en la mayoría de medios tradicionales. En España ninguno de los medios que construye la opinión pública, ya sean digitales o hegemónicos, se ha mostrado favorable a ninguno de estos candidatos. Esto ha supuesto que Brexit, Trump o Le Pen hayan sido asociados a opciones reprochables. En plata: se han creado burbujas de información, dividiendo a partidarios del sistema y a los que han votado a los líderes contrarios al statu quo.

Esto ha derivado a su vez en una narrativa única, en la que los buenos son los que votan Macron, Clinton, mienras que los malos racistas y retrógrados votan Le Pen y Trump. Tras la campaña de Estados Unidos se aseguró que fueron las ‘fake news’ las responsables de la victoria de Trump. Si se leía The Washinton Post era impensable votar por el republicano. Pero si Facebook es la vía por la que se informa uno, como es el caso del 45% de los estadounidenses, solo se reforzarían nuestras creencias. Estas burbujas de información han sido tan acusadas que Facebook y Google han optado por introducir medidas para que los algoritmos que ofrecían noticias no sean tan sesgados. Esta narrativa única acaba derivando en un rechazo hacia los medios hegemónicos, asociados a las élites. Lo que provoca que se generen nuevos reductos para informarse.

Así, tenemos un segmento enorme de la población que es obviado por el discurso imperante. Un segmento que ya no necesita a los medios tradicionales para informarse y que ve como miles de personas ratifican sus ideas, ya sea en la red o en la vida real. Sobra decir que estos votantes pertenecen a los grupos de población más afectados por la crisis económica.

Para concluir, nada mejor que una anécdota. Al poco de gestarse la victoria de Donald Trump hablé con una chica de Wisconsin, uno de los estados del Rust Belt que los republicanos recuperaron el pasado mes de noviembre. Se mostraba contraria a la victoria de Trump y repetía las consignas que podía pronunciar cualquier europeo contra el que era presidente in péctore. A pesar de intuirse de que al afectarle de manera directa lo ocurrido su visión debería ser más compleja y elaborada, no era así. Todos nos creemos poseedores de la verdad, pero repitiendo discursos ajenos.

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