La biblioteca de Borges.

Para el argentino Jorge Luis Borges, erudito de la literatura donde los haya, no cabía vivir sino rodeado de libros. En múltiples ocasiones afirmó considerarse a sí mismo mejor lector que escritor. La primera faceta, que le aplanó el camino al éxito que obtuvo con la segunda, la adquirió en la más tierna infancia en su propio hogar. Descendía de nombres ilustres tanto en el campo de la guerra como en el de las letras. Y es que, “si tuviera que señalar el hecho capital de mi vida, diría la biblioteca de mi padre. En realidad, creo no haber salido nunca de esa biblioteca. Es como si todavía la estuviera viendo…”.

Cuentista, ensayista, poeta… su obra es una de las más importantes del último siglo. Uno de sus últimos proyectos literarios fue la creación de una biblioteca de cien volúmenes, escogidos de toda la historia de la literatura por gusto personal, que serían prologados por él mismo. Desgraciadamente, Ginebra le veía morir en 1986 dejando la labor completada al sesenta y cuatro por ciento. Aunque no faltan autores como Poe, Virgilio o Wilde, sorprenden ausencias como las de Cervantes, Goethe o Shakespeare. No sabemos qué obras completaban la lista, ni cuales al final se quedarían fuera, pero sí su deseo: “que esta biblioteca sea tan diversa como la no saciada curiosidad que me ha inducido, y sigue induciéndome, a la exploración de tantos lenguajes y tantas literaturas.”

Por no detallar aquí los sesenta y cuatro escuetos prólogos disponibles, incurriendo sin duda en múltiples delitos contra la propiedad intelectual, desde el Cenicero hemos recopilado unos pocos que, lejos de ser muy conocidos, nos han parecido curiosos o altamente recomendables. Aquí van:

Φ Obra de Herman Melville.

La lectura de Herman Melville siempre sorprende. Pese a que Moby Dick suena hoy a capítulo de Los Simpson, a fábula infantil animada, nada más lejos de la realidad. Sus páginas están presididas por las dudas existencialistas de su autor, que las enmarca perfectamente en un ballenero. Él mismo había recorrido los océanos en naves como esa, rodeado de hombres tan rudos como el propio capitán Ahab. Su relato Bartleby, el escribiente, otro ejemplo del buen hacer literario de Melville, lo protagoniza un hombre que responde a todo requerimiento de su jefe con un escueto “prefiero no hacerlo”. Como dice Borges, “el autor no lo explica, pero nuestra imaginación lo acepta inmediatamente y no sin mucha lástima”. Billy Budd y Benito Sereno completarían el cupo de obras más reconocidas del autor.

Los mitos griegos, de Robert Graves.

Pocas culturas han tenido un mayor impacto en el desarrollo de la humanidad que la griega: Sus reglas siguen imperando en buena medida en muchas ramas del saber y del arte; su plástica nos retrotrae a un pasado espléndido; se reinterpretan y actualizan constantemente sus mitos. Durante el siglo pasado, el londinense Robert Graves se encargó de la titánica odisea de recopilar los fragmentos dispersos de su heterogénea religión. La obra, lejos de ser un mero diccionario, “es una obra que abarca siglos y que es imaginativa y orgánica”. Cabe decir que es uno de esos libros que,por sus dimensiones, no puede leerse sino apoyado en una mesa o en las rodillas.

ΦPeer Gynt, de Henrik Ibsen.

Este drama fantástico, en el que aparecen tanto duendes como el propio Diablo, constituye para Borges la mejor obra del dramaturgo noruego Henrik Ibsen. Autor de gran influencia en el teatro de la generación posterior, especialmente en Bernard Shaw , sus representaciones causaban un escándalo tras otro, pues en ellas se atacaba con hilaridad e ingenio la moral victoriana de aquella época. Fruto de estas acciones, “la tesis de que una mujer tiene derecho a vivir su propia vida es ahora un lugar común”.

ΦLa faceta cuentista de Julio Cortázar.

Ambos Argentinos, aunque separados por quince años de edad e intermitentes y prolongadas estancias en el extranjero, Borges y Cortázar se hicieron amigos gracias a la literatura. Para el primero constituía un verdadero honor poder decir que él había sido el primero en publicar un cuento de Cortázar, Casa Tomada. El segundo decía haber aprendido mucho del autor de El Aleph. Es posible que, salvo la novela del meta-lenguaje Los Premios, ni siquiera Rayuela pueda competir verdaderamente con el lenguaje y estructura de muchos cuentos de Cortázar que, como La continuidad de los parques, parecen rozar la perfección. Suelen iniciarse rodeados de trivialidad, como si fuesen “mera crónica”, pero pronto, y como si siguiese siendo de lo más normal del mundo, la realidad, especialmente el tiempo, se trastoca.

ΦEscritos varios de Thomas de Quincey.

El autor de las autobiográficas Confesiones de un comedor de opio inglés, es, sin duda, uno de los escritores favoritos de Borges, especialmente por su vertiente ensayística. Tanto que el erudito argentino llega a decir que “a nadie debo tantas horas de felicidad personal”. A su juicio, la obra del inglés, encuadrado en el Romanticismo, permite tanto el goce intelectual como el goce estético en el lector. Y esto, para alguien como Jorge Luis Borges, merece la pena.

ponía un párrafo final con otro par de obras más sin explicar u opinando de algo… no sé, algo que cerrase el texto.

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