Westworld

Westworld se creó con la intención de convertirse en la serie insignia de HBO en lo que durase la espera de la nueva temporada de Juego de Tronos y para subirse al podio de la cadena como una de las mejores series producidas por ella. Para eso, intentó mezclar la filosofía con la Ciencia Ficción y el Western, y realizó un desembolso de 100 millones de dólares para la grabación de la primera temporada, compuesta de 10 capítulos. Calderilla.

Y, sinceramente, no será por esfuerzos económicos y de personal con tal de lograr tamaño objetivo. La calderilla que hemos mencionado, el oscarizado Anthony Hopkins, Evan Rachel Wood, el cuatro veces candidato al Óscar Ed Harris o JJ Abrams. Casi nada.

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Con estas buenas intenciones, este despliegue de medios y la buenísima idea de mezclar filosofía con la fórmula que ha encontrado la cadena de obtener éxito: personas desnudas, escenas de sexo sin medida, alcohol en pantalla cada minuto y mucha sangre; Westworld se queda a las puertas de pasar a ser una de las mejores series de la cadena, y por ende de la Historia.

La trama empieza siendo un auténtico misterio: un parque de atracciones basado en el antiguo Oeste comandado por un científico loco excepcionalmente interpretado por Anthony Hopkins (capaz de vender un paquete de preferentes al mejor negociante de Wall Street), el cual ha dedicado su vida a crear “personas” que resultan asesinadas, violadas y cuantas perrerías quieran cometer las gentes que van a disfrutar de ello al parque de atracciones que da nombre a la serie. Y aquí comienzan los dilemas filosóficos: ¿los seres humanos podemos/debemos crear otros seres humanos? ¿Qué se diferenciaría un ser humano de verdad de uno de mentira? ¿Cuál vale más que cuál? Y para esto los guionistas se han aprovechado de la trama ocultándonos información en una multitud de tramas secundarias, que comienzan siendo independientes pero que acaban entrecruzándose.

El problema de estos dilemas filosóficos es que, aparte de ser aspectos que poco interés tienen para el espectador, se ocultan tras personajes que son planos. Se les trata como robots lo sean o no. Ningún personaje, quizá excepto Dolores, interpretada por Evan Rachel Wood y cuyo trabajo le valió el Globo de Oro, consigue hacernos sentir algo positivo. Sabemos desde el principio que es un personaje irreal, que es creado para que dé gozo y placer en el parque de atracciones. En Westworld la vida no vale nada. Puede morir alguien y en cinco minutos volver a la vida. Y eso resta emoción.

El planteamiento de Westworld es el de una serie en la que se entremezclan tramas sin cesar. Unas de personas reales que visitan un parque de atracciones con el único objetivo de cometer atrocidades y otros creados para soportarlas. Se considera que el ser humano es malvado por naturaleza y que necesita ir al parque a sacar ese lado que la sociedad no le permite. Mientras, los científicos crean humanos de carne y hueso en su mayor parte (porque así salen más baratos) que soporten esa carga. Y es en este punto donde la filosofía barata entra en acción. En los primeros capítulos se plantean en ciertos dilemas morales, hasta que se aprecia que la serie, si bien tiene una clara intención de presentarlos, hace que queden en algo ridículo.

Otra pega, y esta está más en la línea de la Cadena, no de la propia serie, es hacer lo que en las últimas temporadas de Juego de Tronos: concentrar la trama en los capítulos finales con inicios de temporada muy fuertes, dejando en el medio capítulos en los que explicar únicamente tramas secundarias a la serie que nada tienen que ver con el desarrollo de la trama principal. En el caso de Westworld es normal: tanto dinero hay que gastarlo en algo. Aburrimiento.

No hay que restar calidad a la serie. La fotografía de los valles y cañones del Oeste americano es impresionante y la mezcla de tramas, si los personajes no fueran tan fáciles de eliminar y volver a introducir según le apetezca al guionista, son muy buenas. De hecho hay algunas que resultan muy creíbles y enganchan antes de en revesarse el doble de lo que deberían. Anthony Hopkins da lecciones de interpretación y el sello de HBO es algo que cualquier tipo/a con ansias de series siempre aprecia. Sin embargo, durante la visualización de Westworld la sensación es la que describe Luis Martínez, crítico de El Mundo:

“Uno contempla entre extasiado y fascinadamente aburrido cada una de las largas y reiteradas tomas de Westworld y le asaltan varias preguntas: ¿por qué todo discurre de manera tan enfermizamente pomposa? ¿Qué hago aquí? (…) Pero se aguanta; uno resiste delante de la pantalla porque, básicamente, sospecha que está en el sitio en el que debe estar.”

El sello de HBO. Ese sello maldito que a algunos nos marcó con Los Soprano y The Wire. Ese sello que, parece, se va perdiendo entre tetas, sexo, alcohol, cortes de cabeza, mutilaciones sin sentido y filosofía barata. Habrá que esperar a la segunda temporada, desde luego la serie promete muchísimo.

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