Cuando ya no esté. El mundo dentro de 25 años.

Mientras que en el pasado se puede escarbar, sobre el futuro no tienen potestad salvo la imaginación y la conjetura. Del primero conservamos huellas a plena vista. El segundo, de un plumazo, puede borrarlas sin dejar testigo. Hacia estos dos abismos nos llama la curiosidad y la necesidad, tanto de aprender como de evitar males mayores, pero a poca gente puede darle verdadero miedo, salvo por que vuelva a ocurrir, lo ya registrado en los libros. Ante nosotros, las posibilidades del porvenir se abren en un abanico de incógnitas: ¿Llegará la raza humana a extinguirse? ¿O conseguirá la inteligencia artificial, una futurible revolución energética o instrumentos insospechados salvarnos de futuras crisis, conflictos y desastres? Y, lo que nos atañe más directamente, ¿qué de todo esto veremos con nuestros propios ojos?

El programa Cuando ya no esté, al que Iñaki Gabilondo ha dedicado la que considera su “penúltima energía profesional”, reúne a científicos y personalidades de los más diversos campos del saber con el objetivo de que respondan preguntas como estas. El principal acierto de estas entrevistas (que no se sirven, salvo a modo introductorio, de la imagen para enganchar al espectador) es que no forman una visión homogénea y certera acerca de lo que nos depara el futuro, sino que informan de un mundo de posibilidades, positivas y negativas. Además, no es lo mismo que un historiador se explaye a bulto sobre los más diversos temas (si bien el nivel de los entrevistados nunca deja que desear) que, por ejemplo, un bioquímico nos diga que nuestro tope vital ronda los 125 años o escuchar a un reputado astrofísico, ni más ni menos que a Neil deGrasse, que la colonización de Marte es algo todavía muy lejano. Pasada la Guerra Fría, ya no ve el mismo entusiasmo político y económico, así como duda de que alcancemos pronto los medios necesarios.

Fuente: Adslzone.tv

Hay, por lo tanto, quien nos advierte de las consecuencias de una imparable robotización de millones de puestos de trabajo poco cualificados; quien nos hace imaginarnos con exocerebros patrocinados por Google o recorriendo la distancia de Nueva York a Los Ángeles en cinco minutos; quien predica la necesidad de reutilizar y cambiar nuestro modelo económico y teme que la tecnología depare en una menor libertad para el individuo; e, incluso, quien afirma que “veremos la muerte de la muerte”en cincuenta años.

Y es que el segundo episodio de la primera temporada es, sin lugar a dudas, el más polémico y optimista de todos. En él, el venezolano José Luís Cordeiro, profesor fundador de la Singularity University, además de la ya citada muerte de la muerte, afirma que podremos revivir, crear filetes de pollo con impresoras, aumentar nuestra capacidad intelectual y corporal gracias a la biotecnología y a la robótica…Si bien hay que decir que escuchar que esas afirmaciones las pagan, ni más ni menos, que Google y la Nasa le da cierto respaldo. Por su parte, Iñaki, quien termina casi todos los programas situando a sus invitados en su propio “dead-line” (que supone que le llegará en unos veinte años), no tiene el más mínimo interés, salvo el de la ya citada curiosidad, de no morir. De ahí el nombre del programa.

Para mi gusto, si bien no he visto ninguno que me haya parecido malo, entre los mejores capítulos deben situarse el primero (tanto por la introducción multidisciplinar del programa -Iñaki junta a la experta en innovación tecnológica Cristina Garmendia, al paleontólogo Juan Arsuaga y al filósofo Javier Gomá- como por las posibilidades de los ordenadores cuánticos expuestas por Juan Ignacio Cirac en su segunda parte), aquel en el que se entrevista a varios profesores del MIT (universidad que invierte alrededor de tres millones al año en investigación y desarrollo) y en el que Rafael Yuste nos habla del Proyecto Brain, la “apuesta científica” de Obama.

Sin embargo, creo hallar una confirmación de mis palabras en la historia al decir que lo que en el presente nos parece seguro o deseable no siempre resulta como tal. Internet, con su radical transformación de la sociedad a escala planetaria, no fue proclamado como revolución sino cuando ya era imposible negarlo. Los indicios no tienen por qué confirmarse, nuestra imaginación no tiene por qué acertar, lo imposible puede tornarse posible y viceversa.

Hay por lo tanto, y este programa es buena prueba de ello, quienes consiguen ver en el presente lo que consideran pruebas irrefutables de que se nos cierne encima el fin de la humanidad, ya sea por el cambio climático o las guerras nucleares, mientras que otros ponen sus esperanzas en el porvenir, depositarios de algún estilo de utopismo que, en su mayoría, suele venir o bien de la rama ideológica del socialismo o bien de los partidarios de la tecnología y el método científico. Sin embargo, el único capaz que puede confirmar las predicciones de la ciencia y dotarla de nuevos medios es el tiempo. Desgraciadamente, sus poderes también abarcan el poder el transformar un riesgo del hoy en un callejón sin salida mañana.

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