Trainspotting 2, de Danny Boyle (2017). 

“Las drogas están cambiando, incluso los hombres y las mujeres están cambiando. Dentro de mil años ya no habrá tíos ni tías, solo gilipollas. A mí me parece de puta madre”. Esta certera reflexión corresponde a Mark Renton, el yonqui que vagaba por Escocia en pantalones pitillo y Adidas Samba color burdeos. Aunque el estreno de Trainspotting 2 demuestra que no ha hecho falta un milenio para que la raza humana se convierta en gilipollas. Y es que lo más seguro es que siempre lo hayamos sido.

Veinte años después, el mismo grupo de drogadictos vuelve a las pantallas. Por sorprendente que parezca, el resultado es mejor de lo que se puede imaginar. El temor a las secuelas es bastante racional, y aunque Trainspotting 2 no tiene la capacidad de remover conciencias que tenía la anterior entrega, se salva con nota. La adaptación de la novela de Irvine Welsh, segunda parte de la que se llevó al celuloide en 1996, tira de guiños al pasado, pero sin caer en el ridículo ni la vergüenza ajena.

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La cinta tiene como núcleo el reencuentro de los cuatro supervivientes a la heroína de los años noventa. Más viejos, con más arrugas, menos pelo y otros vicios, en algunos casos, o estancados en la misma espiral de autodestrucción. Todos necesitamos quehaceres. Ya sea sustituir el caballo por la vida sana o por la cocaína, con algo hay que pasar las horas muertas.

El canto nihilista que era la primera parte –elige una vida, un tostador, un plan de pensiones…– es sustituido por un lamento nostálgico, un cualquier tiempo pasado fue mejor. Porque no solo el personaje interpretado por Ewan McGregor aportaba interesantes diatribas entre los descansos que ofrecía la heroína.

Según ‘Sick Boy’, ese guaperas experto en Sean Connery que ahora es un extorsionador de poca monta, “todos envejecemos, dejamos de molar y se acabó”. Ese momento ha llegado ya para los que fueron unos heroinómanos por las calles de Ediburgo. Pero todavía son capaces de ofrecer algún momento de lucidez. En esto de molar siempre quedan rescoldos.

A lo largo de la película buscarán reunir dinero para montar un club nocturno. Para ello recurrirán a los hurtos de toda la vida, aunque adaptados a la era digital -la canción en el bar es, sin duda, uno de los mejores momentos de la saga-, o pedirán una subvención a la omnipresente Unión Europea, a la espera de la gentrificación.

Seguramente que hayan dejado de molar -una palabra que está bastante pasada de moda, por cierto- no sea culpa suya. Si pincharse no era más que un reflejo del turbio presente y futuro de la juventud, ahora las vidas se malgastan poniéndose un filtro de Snapchat en la jeta. Ciertamente, es menos contestatario. Si bien la esperanza de vida es mayor, la esperanza de un mundo mejor es ínfima.

John Locke defendía que existían tres tipos de moda: la ley divina, la ley civil y, la más importante, la ley de la moda. El pensador británico creía que “nadie escapa del castigo de su censura y desagrado si atenta contra la moda (…) No hay uno entre diez mil lo suficientemente firme e insensible como para soportar el desagrado”. Presos de los designios de la moda, debemos dejarnos llevar por los vaivenes del mundo. Sea la healthy life o tener la venas amoretonadas.

El tribunal de la opinión pública nos ausculta con lupa. En el mundo de las redes sociales, pendientes del like que segrege serotonina, es imposible huir de lo que piensan los demás. El último reducto de libertad, la única posibilidad de vivir alejado de la realidad, era pincharse heroína hasta sufrir una muerte horrible. Ahora ni eso. Ya no se puede ni elegir una vida, solo queda finjarla en Instagram. En plata: “Dentro de mil años ya no habrá tíos ni tías, solo gilipollas“.

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