Torrezno 6º

Érase un matrimonio de lo más tradicional, que dispusieronse un verano a disfrutar y viajar. Estaban ya jubilados, eran más que setenteros, pero del calor de Madrid se escapa mejor en cueros.

Decidiéronse los abuelos a pasar un mes en la playa, en una de esas modernas en las que el sol no deja rayas. Querían mostrar sus cuerpos y apreciar los de algún joven, así que allá que se fueron con un BlaBlaCar como chófer.

Hotelito modosito, buen comer y tranquilidad y aplicarse bien temprano mucha protección solar. En la playa no había ropa, todo el mundo iba en pelotas, y sin más complicación tumbáronse a tomar el sol. Alquiláronse tumbonas y hobbies diferenciados: el abuelo hacía sudokus, la esposa leía diarios.

Pasáronse dos semanas con la mayor monotonía y el hombre que se aburría quiso pasar a la acción. Ocurriósele un plan maestro, “a ver si la meto dentro”, para ver si llevaba al huerto a la que aún es su mujer.

Quiso hacerla el día perfecto y reservose para sí el final. Comprola rosas por la mañana, llevola el desayuno a la cama, hasta mediodía en la playa y a comer a un Restaurant. Después diéronse un paseo que fue a terminar al puerto, donde esperábales un barco con un fornido capitán.

-Mira cariño que bello, este barco es el mejor. Vamos a ir a alta mar a ver la puesta de sol, que estas cosas son románticas y eso es lo que soy yo.

-¡Ay cariño qué bonito, que ilusión me hace a mí esto! Pero esperemos un poco, que yo fácil me indigesto. ¡Qué nervios, qué emoción. Mi hombre es romanticón!

Fueronse a tomar una tila para calmarse los nervios “Esto ya llega a su término, ¡por meter lo que hay que sufrir! La empujaré del culo para ayudarla a subir, así voy metiendo mano. No creo que sea un marrano, soy un buen hombre casado, y es que ella es mi esposa y me gusta, ¡es tan hermosa…!”

Llegó la pareja al navío y al ir a embarcar ella adelantósela el hombre:

-¡Tú delante mi mujer bella!

La mujer allá que fue pero costábale encaramarse y aprovechose el marido la ocasión de deleitarse. Sus manos en su trasero y ella asustose mucho, pues no esperaba en sus nalgas sentir contacto alguno. Con el susto y los nervios y los efectos de la comida, tirose un sonoro pedo y vaciósele media barriga.

-¡¡Dios Santo, cariño!!, ¡¿no ves que estoy empujando?! ¿No podías haber esperado a estar dentro del barco? Disparose tu flatulencia a un palmo de mi nariz, ¡y qué maloliente y sonoro! ¿Por qué me pasa esto a mí?

-Cariño lo siento mucho, no esperaba ahí contacto y mucho menos de ti, ¡ya apenas nos tocamos!

El marido muy indignado diola el último empujón, ayudala a entrar al barco y allá se encaramó. La cosa no fue lo mismo para nuestro caballero, sus prioridades no variaron, frungir era lo primero; pero ya no le era posible el sacar de su cerebro, esa expresión maldita que viene a decir así “¡Por meter lo que hay que sufrir!”

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