La teoría de los toles.

Pese a que depende según cómo, la totalidad del Todo puede, o al menos podría teoréticamente, ser entendida e, incluso, sentida en toles. Básicamente esto es lo que pretendemos demostrar hoy aquí. Antes que nada, agradecemos a la comunidad científica internacional la oportunidad de hacerlo en un día tan especial y rodeados de tan ilustres invitados. Desgraciadamente, a lo largo de la exposición no podremos otorgar más que dos o tres argumentos de autoridad; pues, pese a lo mucho que se ha escrito sobre los toles, lo dicho hasta ahora no suele estar sustentado por un marco teórico basado en evidencias científicas… sino que normalmente tiene por directriz el mero gusto personal de los distintos autores. También buscaremos aquí, consecuentemente, solventar este déficit epistemológico.

En primer lugar definamos lo que es un tole, nuestro objeto de estudio. Al comienzo de la andadura histórica del Homo sapiens sapiens, el tole fue desde el grito de guerra hasta el grito de paz de los cavernícolas primitivos y otras especies de homínidos, algunos de los cuales todavía siguen utilizándolo para dicho fin… si bien con otros fonemas. Siglos más tarde, pasada ya la adoración del concepto por las primeras dinastías egipcias, que pretendían con él negar el paso del tiempo, el vocablo latino tollĕre designaba la acción de levantar y/o eliminar algo o a alguien… si bien la palabra también poseía un matiz metafísico que, hasta tiempos relativamente recientes, había pasado desapercibido a la comunidad científica. La destrucción del vasto Imperio romano condenó a la connotación real de la palabra al olvido durante cerca de quince siglos.

Así, la palabra tole tuvo su renacimiento en el ecléctico castellano de las Indias occidentales, donde empezó designando “alboroto o griterío popular”, especialmente si en el mismo era apreciable odio o indignación para con la clase dirigente. Una ingente cantidad de estudios filológicos detallan claramente de dónde proviene este cambio latino del latín: del bíblico “tolle, tolle, crucifige eum” que gritaban los judíos congregados ante Poncio Pilato pidiendo la muerte de Jesús.

En los siglos posteriores a la colonización de América, gracias al desarrollo de un argot juvenil derivado del hacinamiento precario de las clases más bajas en las grandes ciudades industriales de dicha región, se deformó  y amplió enormemente las acepciones de dicho concepto. Por ejemplo, tole tole fue una expresión recurrente en el siglo XX en países como Brasil o Argentina que se usaba para designar, como el tole simple, un alboroto o griterío… pero de magnitud exponencialmente mayor. Negamos, consecuentemente, que dicha expresión se refiriese a un alboroto muy repetitivo, así como que tuviera su origen en un gazapo o error ortográfico que posteriormente se normalizó, como muchos “eruditos” han insinuado.

Es el momento de remarcar que, bajo la amplia y límpida (en cuanto libre de prejuicios) mirada del intelecto superior, un tole no es un simple griterío o alboroto… sino que esta tan solo es una de las posibles expresiones que puede tomar el tole al materializarse. Gracias a esta matización, acuñada en los albores del segundo milenio por un usuario anónimo de MySpace, surgió el enfoque de considerar al tole como una especie de cualidad que, si bien era por naturaleza abstracción pura, podía ayudarnos a cuantificar el Universo.

Pero… ¿A qué nos referimos al hablar de tole? Es importante destacar que este concepto, que pretendemos limitar aquí con el vocablo “cualidad” sin conseguirlo, es ante todo difuso y sesgado, pues es de aquella familia de conceptos que, como la fe o los derechos humanos, deriva su significado completo de la interiorización que el sujeto se permita a sí mismo con respecto a él.

Por lo tanto, uno puede ver toles en la naturaleza, sentirse a sí mismo como tole… pudiendo llegar a expresar cualquier concepto (árbol, perro, empatía, infinito) en toles. Somos de la opinión de que los toles, en el medio plazo, condenarán al desuso a cualquier otro sistema de medida. Y esto no solo en el apartado físico, sino que también monopolizarán el lenguaje matemático, social, artístico… Por ejemplo, pese a que hoy puede hablarse de un tole, de dos toles, pensamos que en poco más de veinticinco años hablaremos de una cantidad tole de toles, incluso de tole toles. Una vez ocurra esto, es cuestión de tiempo que todo elemento del lenguaje sea remplazado por la palabra tole.

Sin embargo, el tole no parece ser, ni mucho menos, algo estable o absoluto para todos los tiempos y realidades. Esto ya lo intuyó en su momento Hegel, si bien el filósofo alemán creía hablar de la razón y no de los toles. Como ya hemos explicado al comparar el concepto de tole con el de la fe, lo que un tole cualquiera puede o no ser o significar depende de quien sea su observador. El tole, sin espectador, sin nadie que lo sienta, no es nada. Sería como un árbol cayendo en medio del silencio nemoroso.

Con el objetivo de solucionar esta incógnita, a la que sólo los más ingenuos consideraron un juego del lenguaje, se usó el método científico, instrumento perfecto para delimitar qué puede decirse tole y qué no mediante la prueba y error de la experimentación en laboratorios. Ya por 2030, los países destinaban de media alrededor del 2,3% de su PIB a esta cuestión, si bien la metodología e instrumentos de aquella época dejaban mucho que desear, vistos ahora en perspectiva. Pero, pese a estas graves deficiencias, se descubrió algo de lo más curioso, algo que cambiaría no solo la manera en la que representamos al Cosmos y a sus leyes… sino también la propia percepción que tenemos de nosotros mismos. Y es que el resultado de la investigación no solo confirmó la existencia del tole en la naturaleza y en nosotros, sino que descubrió que no existía cosa alguna que no lo fuese.

Pero si todo el Universo está formado por toles, ¿De qué están compuestos los toles? A esto fue a lo que dedicó gran parte de su corta vida el librepensador y filántropo Edgar Carlson Mediaventura (2031-2045). Este estudioso venezolano afincado en Los Ángeles pronto descubrió que los toles están compuestos por toles y no por átomos de toles como se había ingenuamente pensado. Por lo tanto, la suma de toles no daba tole mayor alguno, pues los eones de toles que componen un tole son idénticos hasta en el más mínimo detalle al tole que los aúna. Este hallazgo produjo un verdadero quebradero de cabeza a la comunidad científica de la época, que no podía echar mano todavía de las irrefutables conclusiones sobre el absurdo y la contradicción del postfilósofo Joseph García Malher, aparecidas media centuria más tarde.

Paralelamente, durante la primera mitad del siglo anterior, que no hace falta recordar que fue el XXI de una larga lista, algunos visionarios, gamers en su mayoría, adoptaron este concepto para expresar su relación con la vida mediante él, una relación no fría y racional como la de científicos como Edgar, sino una relación de carácter místico que igualó al tole al uno mismo.

Así, por primera vez en toda la historia de la humanidad, nacía un sentimiento de identidad que no necesitaba de ningún “los otros” para expresarse, pues todos eran, al menos según esta teoría, toles aun sin saberlo. Sin embargo, este cambio de mentalidad global no se produjo de un día para otro… ni mucho menos sin fricciones y amagos de retroceso.

Reaccionarios como elrubiusOMG o AuronPlay negaron el cambio universal usando nombres propios que no designaban nada más que a ellos mismos. Sin embargo, este hecho no era sino el lógico temor de la élite ante la inminente caída del régimen por el cual habían venido gozando hasta ahora de una posición privilegiada. Y así, pese a los esfuerzos de las fuerzas de seguridad, los toles fueron viralmente expandidos por la comunidad de internet sin que nada ni nadie lograse frenar su avance, movimiento popular que desencadenó la llamada Revolución de los Toles, antecedente primo del gobierno mundial que hoy conocemos.

Sin embargo, la recientemente conseguida singularidad tecnológica ha permitido el descubrimiento de nuevos paradigmas respecto al tole, propiciados por nuevas formas de entender el mundo, en cuanto conjunto de toles, y sus relaciones, todas ellas toles.

En primer lugar, fruto de los avances en programación genética e inteligencia artificial propiciados por la llamada Segunda Generación Humana, descubrimos que nuestros procesos mentales se producen en toles. Es decir, que no solo pensamos o sentimos toles, sino que nuestro pensamiento piensa en toles, que todo su mecanismo es un eslabón de toles y toles; y que nuestros sentidos, toles, son capaces de captar toles del ambiente mediante un proceso llamado tole. Y es que, mientras que la mayoría de la gente todavía cree que dice cosas como “saca tú al perro”, lo que en realidad está diciendo es “tole tole tole tole”.

Y he aquí el único punto flaco de toda la teoría sobre los toles que hemos expuesto hoy aquí ante este público tan lleno de entusiasmo y vitalidad en el bicentenario del redescubrimiento del tole por el llamado Tolerancio Lactosa. Al ser nuestro procedimiento de entendimiento tole, los instrumentos que utilizamos para medir toles toles y nuestro lenguaje tole, en cualquier nuevo análisis crítico que hagamos de la realidad hallaremos toles indistintamente de que estemos equivocados o no en nuestros cálculos. Sin embargo, si alguna vez alguien descubriese algo que no fuese tole, ¿No sería esto motivado por la existencia de toles negativos? ¿No cabría hablar, ante el hallazgo de un vacío que no fuese ni tole ni algo distinto, de ausencia de toles por el enfrentamiento directo entre toles de signo contrario? ¿Podría, de esta manera, ser destruido un tole?

Sinceramente, aunque estas dudas las resolverán generaciones venideras, o nosotros mismos si acabamos por no morir (pues las técnicas tole aplicadas en medicina avanzan a un ritmo frenético mientras hablamos), no creo que se llegue a encontrar nunca nada a lo que no se pueda aplicar el término tole. Tal vez, aunque somos de la opinión de que es una posibilidad muy remota, si la teoría sobre los multiversos lanudos de Scott Backgamon resulta cierta, es posible que no existan toles en otros Universos, espacios en los que regirían leyes no toles, y donde cabría hablar de sistemas Menchu, Paquito o Terelu. Sin embargo, quién sabe.

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