La teoría de los toles.

Pese a que depende según cómo, la totalidad del todo puede, o al menos podría, ser entendida, e incluso sentida, en toles. Básicamente esto es lo que pretendemos demostrar hoy aquí. Así mismo, agradecemos a la comunidad científica internacional la oportunidad de hacerlo en un día tan especial y rodeados de tan ilustres invitados. Debido a su inexistencia, si bien se intenta, no podremos otorgaros durante la exposición argumento de autoridad alguno, pues, pese a lo mucho que se ha hablado de los toles, todavía la literatura al respecto carece de un análisis teórico basado en un sistema y no en el mero gusto personal, si bien hablaremos de algunos de los intentos más osados. Este trabajo, pionero, será considerado en futuros venideros como la versión mejorada de todos los Einstein, Hegel, Dalí o Maradona que hemos tenido el placer de superar en los últimos tiempos.

En primer lugar definamos lo que es un tole, nuestro objeto de estudio. Al comienzo de la andadura histórica del homo sapiens sapiens, el tole fue desde el grito de guerra hasta el grito de paz de los cavernícolas y otras especies de primates, que todavía siguen utilizándolo, si bien con otros fonemas. Siglos más tarde, pasada ya la adoración del concepto por las primeras dinastías egipcias, que pretendían con él negar el paso del tiempo, el vocablo latino tollĕre designaba la acción de levantar y/o eliminar a algo o a alguien, si bien adquiría un matiz metafísico que, hasta tiempos muy recientes, se nos había escapado. La destrucción del vasto Imperio romano condenó a la connotación real de la palabra al olvido en la oscura, en cuanto quemada, Edad Media.

Esta palabra tuvo su renacimiento en el ecléctico castellano de las Indias occidentales, donde empezó designando el alboroto o griterío popular enfurecido. Las recientes investigaciones muestran de donde proviene este cambio latino del latín: del bíblico “tolle, tolle, crucifige eum” que gritaban los judíos congregados ante Poncio Pilato pidiendo la muerte de Jesús. Fue esta misma especie de masa la que, ya en los siglos posteriores a la colonización de América y gracias al argot hacinado de las grandes ciudades industriales, volvió a dar al concepto múltiples variantes, variantes que no se limitaron a sumar posibilidades de significado al concepto, sino transformaciones del concepto mismo. Por ejemplo, tole tole no indicaba aquí un alboroto muy repetitivo, tartamudeo o una falta del corrector ortográfico, como muchos han insinuado, sino lo mismo que un solo tole, pero de una magnitud exponencialmente mayor, y cuya existencia empírica aún está por demostrarse.

Sin embargo, bajo la mirada más amplia del intelecto superior, un tole no es un simple griterío, sino que este es tan solo una de sus expresiones posibles. Gracias a esta matización, acuñada en los albores del segundo milenio por un usuario anónimo de MySpace, surgió el enfoque de considerar al tole como una especie de cualidad que, si bien era por naturaleza abstracción pura, podía ayudarnos a cuantificar el Universo. Pero, ¿A qué nos referimos al hablar de tole? Es importante destacar que este concepto, que pretendemos limitar aquí con el vocablo “cualidad” sin conseguirlo, es ante todo difuso y sesgado, pues es de aquella familia de conceptos que, como la fe o los derechos humanos, deriva su significado de la interiorización que el sujeto se permita con respecto a él.

Por lo tanto, uno puede desde ver toles en la naturaleza hasta sentirse a sí mismo como tole, pudiendo llegar a expresar cualquier concepto (árbol, perro, empatía, infinito) en toles. Somos de la opinión de que los toles condenarán al desuso cualquier otro sistema de medida. Y esto no solo en el apartado físico, también en el matemático, social y artístico. Por ejemplo, pese a que hoy puede hablarse de un tole, de dos toles, pensamos que en poco más de veinticinco años hablaremos de una cantidad tole de toles, incluso de tole toles. Pronto, todo elemento del lenguaje será remplazado por la palabra tole.

Sin embargo, el tole no parece ser, ni mucho menos, algo estable o absoluto. Como ya hemos explicado al hablar de la fe, lo que un tole cualquiera puede o no ser depende de desde dónde se le mire, por quién y con qué objeto. El tole, sin espectador, sin nadie que lo sienta, no es nada. Sería como ese árbol cayendo en el bosque solitario.

Con el objetivo de solucionar esta incógnita, a la que sólo los más ingenuos consideraron un juego del lenguaje, se usó el método científico, el instrumento perfecto para delimitar qué puede decirse tole y qué no mediante la prueba y error de la experimentación en laboratorios. Ya por 2019, los países destinaban de media alrededor del 2,3% de su PIB a esta cuestión, si bien la metodología e instrumentos de aquella época dejaban mucho que desear. Pero, pese a estas graves deficiencias, se descubrió algo de lo más curioso, algo que cambiaría no solo la manera en la que representamos al Cosmos y a sus leyes, sino también la propia percepción de nosotros mismos. Y es que el resultado de la investigación no solo confirmó la existencia del tole en la naturaleza y en nosotros, sino que descubrió que no existía cosa alguna que no lo fuese.

Pero si todo el Universo está formado por toles, ¿qué componen a los toles? Esto fue a lo que dedicó gran parte de su corta vida el librepensador y filántropo Edgar Carlson Mediaventura. Este estudioso venezolano afincado en Los Ángeles pronto descubrió que los toles estaban compuestos por toles y no por átomos de toles como se había pensado. Por lo tanto, la suma de toles no daba tole mayor alguno, pues los eones de toles que componen un tole son idénticos hasta en el más mínimo detalle al tole que los aúna. Esto produjo un verdadero quebradero de cabeza a la comunidad científica de la época, que no podía echar mano todavía de las irrefutables conclusiones sobre el absurdo y la contradicción del post-filósofo Joseph García Malher, aparecidas media centuria más tarde.

Paralelamente, durante la primera mitad del siglo anterior, que no hace falta recordar que fue el XXI de una larga lista, algunos visionarios, gamers en su mayoría, adoptaron este concepto para expresar su relación con la vida mediante él, una relación no fría y racional como la de científicos como Edgar, sino una relación de carácter místico que igualó al tole al uno mismo. Por primera vez en toda la historia de la humanidad nacía un sentimiento de identidad que no necesitaba de ningún “los otros” para expresarse, pues todos eran, al menos según esta teoría, toles aún sin saberlo. Sin embargo, este cambio de mentalidad global no se produjo de un día para otro, ni mucho menos sin fricciones.

Reaccionarios como elrubiusOMG o AuronPlay negaron el cambio universal usando nombres propios que no designaban nada más que a ellos mismos. Sin embargo, este hecho no era sino el lógico temor de la élite ante la inminente caída del régimen por el cual han gozado de una posición acomodada. Y así, pese a los esfuerzos de las fuerzas de seguridad, los toles fueron viralmente expandidos por la comunidad de internet sin que nada ni nadie lograse frenar su avance, movimiento popular que desencadenó la llamada Revolución de los Toles, antecedente primo del gobierno mundial que hoy conocemos. Sin embargo, la recientemente conseguida singularidad tecnológica ha permitido el descubrimiento de nuevos paradigmas respecto al tole, propiciados por nuevas formas de entender el mundo, en cuanto conjunto de toles, y sus relaciones, todas ellas toles.

En primer lugar, fruto de los avances en la programación genética y en la inteligencia artificial propiciados por la llamada Segunda Generación Humana, descubrimos que nuestros procesos mentales se producen en toles. Es decir, que no solo pensamos o sentimos toles, sino que nuestro pensamiento piensa en toles, que todo su mecanismo es un eslabón de toles y toles, que nuestros sentidos, toles, son capaces de captar toles del ambiente mediante un proceso llamado tole. Y es que, mientras que la mayoría de la gente todavía cree que dice cosas como “saca tú al perro”, lo que en realidad está diciendo es “tole tole tole tole”.

Y he aquí el único punto flaco de toda la teoría sobre los toles que hemos expuesto hoy aquí ante este público tan lleno de entusiasmo y vitalidad en el bicentenario del redescubrimiento del tole por el llamado Tolerancio Lactosa. Al ser nuestro procedimiento de entendimiento tole, los instrumentos que utilizamos para medir toles toles y nuestro lenguaje tole, en cualquier nuevo análisis crítico que hagamos de la realidad hallaremos toles indistintamente de que estemos equivocados o no en nuestros cálculos. Sin embargo, si alguna vez alguien descubriese algo que no fuese tole, ¿no sería esto motivado por la existencia de toles negativos? ¿No cabría hablar, ante el hallazgo de un vacío que no fuese ni tole ni algo distinto, de ausencia de toles por el enfrentamiento directo entre toles de signo contrario? ¿Podría, de esta manera, ser destruido un tole?

Sinceramente, aunque estas dudas las resolverán generaciones venideras, o nosotros mismos si acabamos por no morir (pues las técnicas tole aplicadas en medicina avanzan a un ritmo frenético mientras hablamos), no creo que se llegue a encontrar nunca nada a lo que no se pueda aplicar el término tole. Tal vez, aunque somos de la opinión de que es una posibilidad muy remota, si la teoría sobre los multiversos lanudos de Scott Backgamon resulta cierta, sea posible que no existan toles en otros Universos, espacios en los que regirían leyes no toles, y donde cabría hablar de sistemas Menchu, Paquito o Terelu. Sin embargo, quién sabe.

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