Torrezno 5º

Dijéronse cosas malsonantes, ensuciose la lengua de Cervantes. “¡A trabajar te irás a Melilla y dá gracias de que no te lance la silla!”

Y es que se hallaban unas parejas, de unos 40, no muy viejas, que después de una gran cena pusiéronse a darle al naipe. Ludopatía en vena, vino y coñac en el cerebro, uniformes verdes en los cuerpos. Grandiosa combinación, todo un acierto.

Las mujeres más calmadas, propusieron el cinquillo, los hombres más altaneros quisieron jugar con bolsillo “¡Tute, brisca o julepe! Esos son buenos juegos”, díjoles el capitán a sus dos subalternos. “Diga que sí jefe, esos son juegos de hombres ¡demostremos a esas tres quién lleva los pantalones!”

Comenzose en julepe y la cosa se hallaba tensa. Al principio ellas perdían pero diéronle la vuelta. Puros y Soberano para los hombres de verde, las mujeres más sanotas descafeinado con leche. Y es que con tanto alcohol, estos hombres tan rudos pusiéronse testarudos creyéndose lo mejor. Las mujeres tan contentas aprovecharon la ocasión, tremenda paliza les dieron causando la fatal reacción.

El subordinado de menor rango enfadose por perder, y con muy mal parecer sin la benia de su mujer, destrozose la vida. Un Guardia Civil, afectado por la bebida, en la casa del capitán y recién perdida la partida. Imagínense la escena, colorao como un tomate, ser perdedor y el brandi para él suficiente acicate: “¡Siempre me toca jugar con el más tonto del pueblo! ¿Cómo llegó este a capitán si apenas tiene cerebro? ¡Mira que tirar la sota en lugar del seis de espadas! ¡Es usted un perfecto imbécil, peor que un tonto de baba!”

“Un tonto de baba seré, pero por lo que a mí respecta, a Melilla se va usté ¡Mujer, a hacer la maleta! Y si no quiere estar encima de la valla de Ceuta váyase usté de mi casa y por favor, no vuelva.” Entre gritos y patadas sacáronle de la casa, el guardia no reaccionaba, no sabía que había hecho: “¡Si es imbécil no es mi culpa, que aprenda a jugar al naipe! Siempre con los más tontos me toca jugar, querida Maite…”

Enfadose la mujer y quitose los tacones y comenzó a dar al marido hostias más que coscorrones. “¿¡Quién lleva ahora los pantalones!? Un descerebrado estás hecho, mi querido civilón, mira que llamarle eso a tu jefe de sección. A Melilla que nos mandan y allí hace bien de calor, con lo tranquilos que vivimos en el pueblo, ¡Ay Señor!”

Todo esto sucedió en un breve lapso de tiempo. Sus vidas cambiaron en un pequeño instante. Dijéronse cosas malsonantes. Ensuciose la lengua de Cervantes.

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