El nefelibata. 

Cuando contacté por primera vez con Martinez Cloud et Hijos me dijeron que eso de subirse uno a la nube era ya posible, si bien me advirtieron desde el principio, cuando les hice partícipes a Julián y a su hijo Gerardo de mis afanes literarios, de que era un tema un tanto mascado, y que me olvidase de hacer un cuento de ello. Además, la gris rutina había quitado ya cualquier amago romántico al tema, tan explorado como las Américas. Por ello, decidí dejarme ir sin dejar constancia por escrito. Sin embargo, algo salió mal.

El día marcado para el traspaso de mi consciencia al mundo virtual, un día tristón y ceniciento de esos que tanto solían gustar a Margarita, me puse por ultima vez mi chándal de los domingos. Estaba salteado de chinazos y manchas que hubiesen hecho sudar a cualquier forense. Sin embargo, a mi me gustaba porque tenía personalidad, algo que a mi siempre me había faltado. Las escasas calles que separaban mi casa de la oficina se sentían llenas de una angustia un tanto diluida por el diazepam en el café. Sin embargo, contra-corriente de aire, conseguí llegar sin tener que pensar mucho.

Julián había insistido en que trajera un pen-drive con todos aquellos recuerdos que quería mantener de mi vida. No eran muchos, pero así lo hice. Básicamente incorporé una carpeta con todos mis trabajos (artículos de medio pelo que había conseguido que publicasen incautos), una foto mía, de mi familia y de Margarita, cuya muerte no conseguía borrar lo vivo de su recuerdo. También añadí un par de canciones, principalmente de los sesenta que tanto que me gustaban. Sobraba más de la mitad del espacio, y así lo dejé para que en la otra vida no dejase de sentirme vacío.

Gerardo fue el que me puso los electrones por todo el cuerpo. Estaba completamente desnudo salvo por los cables transparentes, sangre de mi sangre. El último que colocó, el único propiamente electrónico, fue el de la cabeza. Hace un mes había tenido que operarme para que hiciesen posible un enchufe en la sien. Al introducirlo noté una especie de desvanecimiento, si bien mi entendimiento (contra el que tanto había luchado a base de alcohol) no sufrió cambio alguno. Las emociones, tras esa sensación de caer, se estancaron en una nada que comparé a la de dormir. La anestesia acabó momentáneamente con mis sentidos.

Cuando desperté vi que estaba en la nube. Era una espesa, gris, mojada. Me pregunté si habría leído bien el contrato, si no sería acaso que internet sobrevolaba la parisina Madrid sin llegar a tocarla. Pensé que era mejor estar aquí que rodeado de porno y viralidad. Sin embargo, los recuerdos empezaron a empañar mi vida en las alturas, que con la caída de la noche perdió cualquier atisbo rosa. Y, como no tenía Instagram alguno con el que entretenerme, lloré sobre los paraguas de allá abajo, lloré sobre las calles sin tránsito animado, solitario en mi eternidad difusa, con la única ilusión de que el viento, que caprichosamente me lleva de lado a lado, me deje un día regar la tumba de Margarita y llenarla de las flores que nunca le llevé.

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