Estados Unidos y las drogas: Una guerra mundial.

Desde sus inicios, Estados Unidos ha luchado en nombre de la humanidad y por todo el mundo por la defensa de los que consideraba unos principios universales: los suyos. Enarbolando la bandera de la libertad, empuñada por liberales y puritanos alternativamente durante siglos, ha guerreado contra los que considera sus mayores enemigos: los comunistas, los terroristas y los traficantes de droga. También es cierto que ha combatido el fascismo, si bien también lo es que otras veces se ha aliado con él para acabar con alguno de los tres primeros.

Hoy nos vamos a centrar en las relaciones entre Estados Unidos y los narcotraficantes. Y es que, especialmente desde que Nixon declarase a la droga “enemigo público número uno”, la historia ha querido que el país liberal por excelencia sea a su vez uno de los más prohibicionistas en esta materia. Normal, partiendo de la base ideológica de que estas sustancias son poco menos que demonios imposibles de controlar, de cuyo uso resulta la muerte inmediata o la esclavitud física y mental a largo plazo, es lógico que el paternalismo más bonachón quiera librarnos de la tentación.

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Las autoridades de este país no solo creen que tienen el deber de defender los derechos humanos de las personas, sino también velar por su salud mental y moral, como dicen organizaciones mundiales como la OMS o la ONUDC. Y es que, si bien pertenecen hoy en día a estos organismos internacionales la gran mayoría de países, la iniciativa de crearlos, así como sus más significativos cambios, provienen de tierras estadounidenses. También es destacable que si bien la visión actual difiere de la anterior, tan viciada de cristianismo, en la mayor laicidad de permitir el uso médico o científico de ciertas sustancias y no promulgar su absoluta erradicación por considerar a ciertas plantas malignas, ambas visiones siguen siendo parecidas, al menos en sus resultados y en prohibir el uso recreativo.

Son pocos los que, al hablar de este tema tan polémico, comentan a su vez sus causas económicas, políticas e incluso raciales, por no hablar de las consecuencias de esta prohibición. Y es que, parafraseando a Aldous Huxley, la única legitimación posible de este sistema prohibicionista sería su triunfo, y no se da. Está claro que la lucha contra la droga no ha ganado la batalla, sino que únicamente aumenta la magnitud del conflicto y sus repercusiones. Es como el llamado Efecto Streisand, el cual dice que, si se intenta censurar algo en Internet, lo único que se conseguirá es que se haga aún más viral de lo que iba a ser en un principio, pues a la gente le interesa por naturaleza lo que le tratan de esconder, sean cuales sean los motivos del censor y la naturaleza de lo oculto.

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Salvo ciertas excepciones históricas, como la prohibición del alcohol en los países islámicos o de los enteógenos de las tribus precolombinas por parte de la Inquisición española, la libre comercialización, tenencia y consumo de sustancias alteradoras del ánimo se dejaba a la libre disposición del usuario. Por ejemplo, en Grecia se alababa la moderación con el vino y no la abstinencia, si bien se hablaba también de los efectos sociales negativos del abuso. Lo mismo ocurría con otras sustancias muy populares en aquella época, entre las que destacaba el opio.

La fiscalización actual es una de estas excepciones históricas, si bien ha adquirido unas dimensiones inigualables. Uno de los primeros indicios del cambio de mentalidad que hizo esto posible se encuentra en el acuerdo internacional firmado en La Haya en 1911, suscrito por una gran cantidad de países. En estas conversaciones, promovidas por Estados Unidos, se pactó no exportar sustancias estupefacientes a países que así lo deseasen. Sin embargo, se dejaba  la libertad a los países de legislar sobre esta cuestión como considerasen apropiado, poder que han ido perdiendo con el transcurso de los años, y que ahora poseen organismos como la JIFE, la ONUDC o la Comisión de Estupefacientes.

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Sin embargo, a un gran porcentaje de la población estadounidense le pareció insuficiente esta medida, de escaso o nulo efecto. Nueve años más tarde, en 1920, con la aprobación de la conocida como ley Seca se pretendió eliminar el alcohol, salvo su uso médico, industrial y religioso, del país. Promovida por el Partido de la Prohibición y por asociaciones civiles, la Ley Seca, como es consabido, provocó que los estadounidenses no sólo no dejasen de beber, salvo quizás sus usuarios más moderados, sino que ahora para refrescarse el gaznate tuviesen que codearse con los gangsters que lo infiltraban a través de las fronteras. Y eso si tenías suerte y no le comprabas la dosis a un desalmado que lo hubiese conseguido a través de la fermentación de la madera.

Al no solucionar el “problema”, agravado ahora por la aparición del crimen organizado (que antes se dedicaba básicamente a la extorsión, el juego y la prostitución), esta ley, que había requerido una enmienda a la constitución, se derogó escasos años más tarde. Sin embargo, un gran porcentaje del electorado seguía defendiendo la medida, pese a su ineficacia.

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Por estos años, el llamado país de la libertad recibía anualmente miles y miles de llegadas de inmigrantes que buscaban por aquellos lares un futuro. Y con ellos también llegaron las sustancias que tradicionalmente habían venido usando en sus casas. Por ejemplo, los chinos instauraron multitud de fumaderos de opio muy frecuentados por norteamericanos, o al menos hasta que se prohibió, resabio del racismo anclado en muchos de sus Estados, fumar en estos establecimientos. Con racista me refiero a que lo que se prohibió no fue fumar la sustancia, sino hacerlo en locales que no perteneciesen a nacionales

Por la frontera Sur, que hoy tanto preocupa a Trump, los mexicanos llegaban fumando marihuana. A estas sustancias se sumaban la cocaína y la heroina, descubiertas en laboratorios europeos a partir de la coca y de la adormidera respectivamente, y que potenciaban los efectos de sus precedentes naturales y obligan al usuario a tener que ser mucho más precavido en la dosis, pues unos miligramos de diferencia pueden provocar la muerte. Sin embargo, cuando Bayer comercializó la heroína por primera vez, poco le faltó para declararla panacea universal, y la recomendó tanto para curar la tos como la adicción a la morfina, sin decir en prospecto alguno que esta era al menos diez veces más adictiva. Estados Unidos se estaba convirtiendo en un gran mercado de sustancias alteradoras del ánimo. El problema es que producía una ínfima parte de lo que consumía.

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Económicamente hablando, el descubrimiento de los alcaloides hacía de las droga un bien prácticamente imperecedero, así como permitía trasportar millones de dolares en una maleta en forma de cápsulas, polvo o cristal. De todo esto se hizo, como tantas veces con otros tantos temas, una emergencia nacional en el país norteamericano. Por ejemplo, en ciertos estados del Sur se aumentó el calibre de las armas policiales con la justificación de que un revolver del 32 no hacía efecto sobre un negro colocado, así como aparecían por doquier carteles en los que se veían a asiáticos o mexicanos usar sus drogas para seducir a incautas jovencitas blancas. Se prohibieron nacionalmente ciertas sustancias, lo que bajó aún más el nivel de producción y produjo un aumento de las importaciones.

Tras la I GM, la influencia de Estados Unidos en la reciente Sociedad de las Naciones permite en 1936 alcanzar el primer gran acuerdo prohibicionista. En él, “los Estados firmantes se obligan a adoptar medidas para que se castigue severamente: la fabricación, oferta, posesión, transporte, participación, confabulación para drogarse y las tentativas y los actos preparatorios”. Esta vez el acuerdo es casi unánime a nivel global. En términos generales, esta es la situación actual, si bien con el paso del tiempo se ha producido una ligera suavización.

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El marco legislativo internacional actual está formado por la Convención Única de 1961 sobre Estupefacientes (por el cual se instauró el sistema de listas vigente, que clasifica las sustancias según su “peligrosidad” y que durante mucho tiempo consideró a la heroína, cocaína y marihuana como las tres sustancias más dañinas), el Convenio sobre Sustancias Sicotrópicas de 1971 y la Convención de las Naciones Unidas contra el Tráfico Ilícito de Estupefacientes y Sustancias Sicotrópicas de 1988. El enfoque actual que, como ya hemos dicho, defiende el uso médico y científico (la OMS llegó a decir que pacientes sufrían dolores en buena medida evitables si tuviesen acceso a las sustancias prohibidas), pretende reducir tanto la oferta como la demanda de drogas, si bien no parece tener mucho éxito en su empeño. Otra diferencia es el tratamiento que se hace del consumidor, que ha pasado de delincuente a “enfermo” necesitado de rehabilitación, al que normalmente se le concede el estatus jurídico de irresponsable de sus actos.

Por lo tanto, se lleva combatiendo a la droga internacionalmente la mayor parte del último siglo, y el hecho más llamativo que se ha conseguido, además de la consolidación de la violencia del crimen organizado, es la aparición de adulterantes y de drogas de diseño, fenómenos en los que nos vamos a centrar a continuación.

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Normalmente la droga que se compra en la calle no es sino un atisbo de sí misma. Por ejemplo, la heroína suele aparecer con un nivel de pureza del 5%. El resto está compuesto por medicamentos legales de efectos similares, agentes inocuos y venenos como el yeso. Y si ya la heroína, te saltes o no su margen de seguridad, puede matarte, meterte material de construcción en vena no es muy recomendable. Roberto Saviano, autor de la famosa Gomorra, dice que en Italia la droga se corta y se da gratis a los yonquis del lugar. Si no les mata, todavía se puede cortar un poco más. La ilegalidad permite vender yeso a precio de oro, así como ser encarcelado por ello.

Por su parte, las drogas de diseño son sustancias sintéticas que aparecieron una vez instaurada la prohibición. Sustancias como el éxtasis y el crack inundaron los mercados en los ochenta como sustitutivos de las prohibidas. Constituían, además, un nuevo quebradero de cabeza para las autoridades, pues son sustancias que se elaboran con productos químicos usados en la industria o de venta en farmacia. Por ejemplo, en el caso del crack, la pasta de coca se mezcla con el inofensivo bicarbonato sódico para crear una de las drogas con peores consecuencias fisiológicas para el ser humano. Esto a un narcotraficante le es indiferente. Total, el margen de beneficios es mayor.

En la actualidad, adulterantes y sintéticos han remplazado casi totalmente (la gran excepción es la marihuana) al elenco de drogas naturales. Sin embargo, la demanda y oferta de drogas, si bien ha cambiado, no parece disminuir a lo largo del tiempo salvo por modas y sustancias específicas. Es, por su parte, un hecho económico de una significación enorme, que equivale ni más ni menos que al 0,9% del PIB mundial. En la actualidad, basándome en el informe de 2014 de la UNODC, se calcula que 250 millones de personas consumen drogas. Entre ellas, 29 millones sufren, a juicio de las autoridades, “trastornos relacionados con ellas”.

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Centrándonos en el caso estadounidense, este país es hoy el mayor mercado a nivel mundial, que también posee la mayor cifra de mortalidad por esta causa, 40.239 personas tan solo en 2013, ya fuese por sobredosis o envenenamiento. En ciudades como Baltimore, o en las zonas rurales más aquejadas por la des-industrialización y el paro, el consumo de sustancias ilegales, traficadas en todas las esquinas del país por bandas en su mayoría violentas, es una constante. Entre las drogas favoritas de este país se encuentran la marihuana, los opiáceos (legales o no), la cocaína y ciertas drogas de diseño como la metanfetamina o los cannabinoides sintéticos (como puede ser el spice).

La frontera con México separa los altos precios a los que se vende de los bajos costes a los que se produce, caso especialmente relevante en el caso de la cocaína y la marihuana. Gente como Trump piensa que esto se puede parar con la construcción de un muro o con medidas más restrictivas. Como si los narcos no supiesen pilotar avionetas, excavar túneles, esconder la mercancía en contenedores marítimos o sobornar a los funcionarios de aduanas.

Y es que Estados Unidos, si bien últimamente produce la marihuana suficiente como para cubrir casi toda su demanda interna (hecho que Trump parece desconocer), importa cocaína a espuertas desde aquí. México tiene una especial relevancia como productor de marihuana (el 15% lo exporta a su vecino del Norte) y como lugar de tránsito del tráfico de cocaína, que viene de las selvas de Brasil, Bolivia y, especialmente, de Colombia. Este último país, según el informe de la JIFE de 2015, tiene el potencial de producir más de 400 toneladas al año de esta sustancia, lo que equivaldría a unos 20 mil millones de dolares en la calle, beneficios que, por su parte, pueden multiplicarse infinitamente cortando una y otra vez la sustancia. Su destino es, principalmente, Estados Unidos y Europa. Imaginen lo que podría hacer el gobierno de Colombia con este dinero. Imaginen lo que les pasa a los presidentes que proponen este cambio en el país.

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La prohibición hace que por estas sustancias no se pague arancel alguno, que sus beneficios se los lleven los narcotraficantes íntegramente, que el usuario no sepa qué compra y que el Estado incurra, además de en los inevitables costes sanitarios, en inmensos costes policiales y judiciales. La lucha contra la droga supone a los países alrededor del 1% de su PIB, si bien este porcentaje varía enormemente según el caso. Por ejemplo, la DEA norteamericana tiene un presupuesto anual que ronda los 3.000 millones de dolares. Mientras incauta una tonelada aquí, otra tonelada se produce en otro lado; a la par que prohibe una sustancia, químicos clandestinos de todo el mundo descubren otras nuevas, normalmente más peligrosas y adictivas, si bien sus efectos suelen ser desconocidos empíricamente. Total, droga que se descubre, droga que se prohíbe, a no ser que tengas una patente millonaria.

No se pretende aquí realizar ni mucho menos una apología de la droga. No es un juego para niños. En la actualidad se pueden comprar auténticos venenos a precios irrisoriamente altos. Lo único que se quiere resaltar es que la prohibición no elimina el consumo de drogas, sino que agrava los problemas relacionados con su uso, especialmente la violencia. Y si bien sustancias como la heroína tienen por si mismas la capacidad de matar a sus consumidores, si el Estado se encargase de suministrar a sus usuarios, junto a su dosis, otra de naxolona, su antítesis química, las muertes se reducirían al mínimo. A los únicos a los que beneficia la situación actual es a los narcotraficantes, o al menos hasta que los pillan, y a los organismos que existen para luchar contra la droga. Su eslogan, la droga o la vida. El de los narcos, como dice la aclamada serie, plata o plomo.

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Sin embargo, las propias organizaciones que luchan contra la droga han ido suavizando sus posturas, cambios que han aparecido hasta en su principal defensor, Estados Unidos. Recientemente el Estado de Colorado ha legalizado el uso de la marihuana, sea por motivos terapéuticos o no. Esta decisión ha provocado, además de un aumento del tráfico interno a estados en el que el consumo sigue siendo ilegal, que sus estados vecinos hayan denunciado este hecho ante el Tribunal Supremo y que organismos como la JIFE les hayan llamado la atención, pues esta legalización del uso recreacional desaviene los acuerdos internacionales adoptados por el país. Sin embargo, el máximo órgano judicial todavía no se ha posicionado al respecto. En otros países, entre ellos España y Francia, se están construyendo edificios públicos destinados al consumo de drogas, en un intento de mejorar las condiciones sanitarias y sociales de los usuarios y combatir la propagación del VIH.

En definitiva, el tráfico de drogas ilegales constituye un hecho económico, social y político de total relevancia, cuyas repercusiones negativas no son eliminadas por la prohibición, sino multiplicadas. El problema es que la legalización implicaría un cambio legislativo de primer orden a nivel internacional, así como constituiría un gran perjuicio a grandes intereses económicos que, por otra parte, no dudan en utilizar la violencia para preservar su posición. Que muchas de las drogas ilegales sean adictivas, o incluso mortales a corto o largo plazo, no quita que el ser humano pueda exclavizarse o matarse por otro sinfín de formas. La historia parece querer decirnos que, si le quitas una forma de evadirse, buscará una más desesperada.

Para esta entrada me he servido principalmente de la Historia General de las Drogas de Antonio Escohotado y de los informes relativos a 2015 del JIFE y de la ONUDC, los principales organismos internacionales encargados de la lucha contra el narcotráfico y el abuso de drogas.

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