Tu autobiografía

Mariana Rosas || @marianagiac

Era tarde, no se escuchaba ningún sonido más que el canto de los búhos y el piano de algún vecino aficionado a la música que sufría insomnio al igual que yo. No podía dormir, pero eso ya era costumbre. Había tenido ese problema desde chica, y tantas noches despierta a veces me hacían sentir que durante los días caminaba dentro de un sueño. Hice lo que siempre hacía, contar del uno al mil, del mil al uno, del uno al mil negativo y del mil negativo hasta el uno. No sirvió. Me acosté recargando la cabeza en una página de mi diario para escribir en la otra con los ojos cerrados. Anhelaba ser escritora, a veces en las noches escribía sin ver con el fin de que salieran de mi cabeza todas las ideas posibles. Al día siguiente era imposible saber qué había escrito, pero me sentía más ligera. Incluso cuando me quedaba dormida escribiendo, la tinta se escurría de mi pluma y empapaba las páginas y las sábanas de enormes manchas negras. Aun así llevaba ese diario a todas partes. Con garabatos y figuras de tinta que parecían hoyos negros, productos de las largas madrugadas donde mi única compañía eran esas historias.

Tenía una tarea escolar aparentemente fácil; escribir mi autobiografía. Sin embargo no podía siquiera empezarla. No quería llenarla de datos, ni hacerla parecer una mala versión de David Copperfield. Al mismo tiempo, me ponía a pensar en cómo quedarían las composiciones de mis amigos. Ellos habían vivido más que yo, tenían más cosas que contar.

A veces en las reuniones, cuando jugábamos a hacer confesiones, no podía evitar sentirme incómoda al no tener nada que contar. No sabía si era muy honesta o muy aburrida. Lo único que consideraba era un secreto era mi inseguridad. No me consideraba bonita o inteligente; la mayoría de las veces pasaba lo más rápido posible frente a los espejos de las tiendas de ropa con tal de no verme. Pero no proyectaba eso. Ese era mi secreto. Y por más que amara escribir, la idea de hacerlo sobre mí misma me incomodaba. Prefería ser alguien más dentro de mis historias.

Un olor a cigarro se filtraba por la ventana. Era extraño porque nadie en mi casa fumaba además de mí. Cuando me asomé me encontré con la mirada de una chica parecida a mí, sentada en la banqueta escribiendo en un diario. Exhalaba el humo tratando de exhalar también la angustia. Le sonreí, pero desvió la mirada.

Me propuse encontrarme a mí misma. No podía ser tan difícil. Caminé por mis rumbos favoritos de la ciudad con el diario en mano. En el parque cercano a la escuela un niño lloraba desconsoladamente. Le salía sangre de la nariz y su mamá lo limpiaba con un pañuelo mientras le decía que todo iba a estar bien. Posiblemente se había caído en los juegos. Una imagen me vino a la mente de inmediato; mi primer recuerdo. A través de la ventana veía la luna y luces de colores viniendo de otros departamentos. Fascinada, me acerqué al cristal hasta caerme de la cuna y quedar entre ella y la pared, parada de manos sobre mi cochecito de juguete. Cuando mis papás me escucharon llorar entraron corriendo y solo vieron mis piecitos asomándose por los barrotes de la cama.

Ya tenía por dónde empezar. Era una tontería, pero ninguna otra autobiografía comenzaba con algo así.

Fui al cine, donde tampoco tuve mucha suerte, pero se me ocurrió otra cosa que podía escribir. Una vez en ese mismo cine me encontré a mi escritor favorito. Iba saliendo del baño y lo vi pasar frente a mis ojos, caminando hacia su sala. Me vio de reojo y corrí tras él. Roja, con el corazón palpitando al máximo y las manos temblando. “Perdón”, le dije y cuando me volteó a ver sentí como si todo lo que alguna vez había sabido se hubiera borrado de mi mente. Hilar una oración coherente se volvió una tarea si no difícil, imposible. Él sonreía. Le dije que quería ser escritora, a lo que contestó con una palmadita en el hombro, “entonces” dijo, “nos seguiremos viendo”. Esas palabras se volvieron mi consuelo cada vez que sentía que no lograría cumplir ese sueño. Justamente como me sentía al tratar de escribir mi historia, la historia de alguien que no había vivido gran cosa.

Deambulé todo el día sin llegar a algo en concreto. Gastaba las páginas de mi diario que terminaban en tachones y garabatos ilegibles. Cuando cayó la noche yo estaba sentada en una banca frente a la iglesia que estaba cerca de mi casa. Una vez había ido a llorar ahí. Un chico que vendía dulces se acercó a mí, y después de que yo le comprara un paquete de chicles me dijo que dejara de llorar porque me veía muy fea haciéndolo y yo no lo era. Me reí y creo que después de eso no volví a llorar en algún lugar donde me pudieran ver. Pensé en escribir eso pero la sola idea hizo que mi cara ardiera de pena.

Se hacía tarde y comenzaba a angustiarme. “Hubiera escrito cualquier cosa”, pensaba. Fue entonces que vi algo que creo que no debía de haber visto. Una mujer lloraba dentro de la iglesia. No era algo fuera de lo común, pero había algo en su forma de llorar que se me hizo conocido y al mismo tiempo me pareció algo que nunca en mi vida había oído. Hacía grandes gestos con los brazos como queriéndole dar una explicación a alguien. Sin pensarlo mucho entré a la iglesia y me senté lo más cerca de ella posible. No había nadie más que ella, el eco de su llanto retumbaba por las paredes. Se estaba confesando. Yo me veo, decía. Me veo a mí misma cuando hago algo mal. No sé explicarlo. Me veo y no me gusta esa visión. Soy alguien más, ¿no pasa? Y no puedo hacer las paces con ello, no puedo dejar de atormentarme. O ella no puede dejar de hacerlo. Ya no sé.

Algo en la familiaridad de lo que decía me hizo sentir un nudo en el estómago. “Tal vez estoy malinterpretado las cosas”, pensé. Salí de la Iglesia lo más rápido posible.

Antes mencioné que quería encontrarme a mí misma. Y lo hice, ahí estaba, en esa misma banca donde minutos antes yo había escuchado los llantos.

Estaba leyendo, me acerqué y le arrebaté su –mi– libro favorito, Crimen y Castigo. Me volteó a ver molesta, pero con una sonrisa burlona.

-Ya me escribiste algo digno, ¿verdad?

-No, tú lo vas a escribir.

Amplió la sonrisa -¿y yo por qué?

-Tú escribes mejor

-Lo hago igual de mal que tú.

No me gustaba encontrarme con ella. Era igual a mí, pero me daba la impresión de que era más baja de estatura, y más difícil de tratar. No me parecía bonita o inteligente, y sé que ella tampoco se veía como tal. Pero cuando era más chica, ella parecía una princesa.

La miré fijamente, esperando que entrara en razón -pero tú eres yo

Ella soltó la carcajada -cálmate, Unamuno

-¿Me vas a ayudar o no? Se entrega mañana, vale el 30% de la calificación -hubo un momento de silencio.

-No -dijo despreocupada.

-Nunca me ayudas en nada.

-No.

Comencé a desesperarme -¿¡por qué!?

-Porque te odio.

-¡Y yo te odio a ti pero no digo nada!

-¡Exacto!

-¿¡Exacto qué!?

Silencio.

-Por eso-dijo e hizo una pausa bastante larga -, por eso no nos salen las cosas.

Me volvió a sonreír de forma burlona, pero haciéndome ver que me acababa de dar la respuesta de algo. Por unos segundos la cabeza me dolió como si me hubiera golpeado. Le regresé su libro y me regresé a casa, con la sensación de estar en un mal sueño. Traté de no pensarlo demasiado. “Tal vez debo dormir más”, me dije a mí misma mientras caminaba por las calles vacías. Empecé a contar en mi cabeza del uno al mil, del mil al uno, del uno al mil negativo y del mil negativo al uno. Sin embargo las palabras de la mujer de la iglesia ya se habían tatuado en mi mente. Me veo a mí misma cuando hago algo mal. No sé explicarlo. Me veo y no me gusta esa visión. Soy alguien más, ¿no pasa? Y no puedo hacer las pases con ello, no puedo dejar de atormentarme. O ella no puede dejar de hacerlo. Ya no sé. Posiblemente no se refería a lo mismo que me estaba pasando. Y posiblemente no eran más ideas mías. Pero por cada vez que me repetía aquellas palabras, más sentía que algo estaba cobrando sentido por primera vez.

Me senté en la banqueta con mi diario en las piernas. Reprobaría la asignatura, pero ya tenía algo de qué escribir. Ya era tarde, no se escuchaba ningún sonido más que el canto de los búhos y el piano de algún aficionado a la música que sufría insomnio al igual que yo. Encendí un cigarro y lo fumé mientras trataba de responderme las preguntas que flotaban por mi cabeza. La luz de todas las casas estaba apagada menos la de una, donde una chica me veía con curiosidad desde su ventana.

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