Clásicos de la literatura: El sombrero de tres picos (1874), de P. A. de Alarcón

El sombrero de tres picos, la prenda, se popularizó tras el llamado decreto Esquilache, promulgado por homónimo ministro en 1766. La ley prohibía el uso de la capa larga y del chambergo justificando que de esta forma era posible esconder tanto el rostro como las armas a las autoridades, con la consecuente problemática para la seguridad pública. En Madrid, dónde ocurrió la mayor revuelta contra esta medida, a la que se sumaba el hambre generalizado, sus habitantes se amotinaron exigiendo ver al Rey y la cabeza de Esquilache, que “además” era extranjero.

Finalmente, el ministro fue exiliado y el pueblo dejó de lado las viejas prendas, adoptando nuevas formas de vestir. Entre ellas, como ya hemos dicho, se hallaba el sombrero de tres picos que, años después, pasaría a ser considerado, junto a la capa, el símbolo del absolutismo de Fernando VII, el Deseado. El granadino Pedro Antonio de Alarcón (1833-1891), que nació en el mismo año en el que moría el monarca, utiliza esta prenda para caricaturizar su poder en esta novela, que coge prestado su nombre, y que tanta importancia tiene en su trascurso.

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Es importante destacar, para comprender su obra artística, la relación de Alarcón con la turbulencia política de aquella época. Si bien tuvo un pasado revolucionario y participó en la Vicalvarada de 1854, además de lanzar ataques literarios contra la monarquía y el clero, con el paso de los años fue virando de su inicial progresismo hacia posiciones más conservadoras. Tras la guerra de África, de donde regresó con “un balazo, dos cruces y un libro”, se adscribió a la Unión Liberal de O´Donnell hasta que, en 1866, el Partido Moderado de Narváez lo destierra por haber firmado una protesta contra él.

Sin embargo, tras la Revolución Gloriosa volvió al juego político de la mano del general Serrano, con quien se traslada a Madrid. Allí, como durante casi toda su vida, alterna su vida pública con su labor periodística y literaria, como la novela El Capitán Veneno (1881) o Cosas que fueron (1871), una recopilación de sus artículos. Antes de morir en 1891, pudo ver aquella Restauración que tanto había defendido en vida.

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El sombrero de tres picos se inscribe en el llamado realismo católico-tradicionalista, en contraposición del progresista de autores como Galdós o Pardo Bazán, si bien tiene retazos costumbristas. Estos, junto a un romanticismo ya en decadencia, son los principales movimientos literarios de aquella época. Sus motivos principales, además de la ya citada censura del absolutismo, son el honor, el adulterio, y la vida tranquila alejada del ruido de la ciudad. También es importante destacar que, si bien el poder terrenal sale muy vapuleado, Alarcón no ataca al poder eclesiástico, que más bien parece defender. Sin embargo, si que está claro el partido del autor en la lucha del absolutismo contra el constitucionalismo. Alarcón no es de los que gritaron “¡Vivan las caenas!” cuando Fernando VII volvió al poder.

El granadino dijo que la historia se la contó un “zafio pastor de cabras” llamado Repela, si bien es cierto que el tema del corregidor y la molinera ya había aparecido recientemente en forma de romance y sainete por aquella época. La voz, omnisciente, se sirve de la primera persona del plural para tratar de acercarse al lector, así como también son apreciables su tono burlesco y un afán de crear suspense… utilizando puntos suspensivos. Por otra parte, Alarcón rompe la linealidad en la trama, dividida en breves capítulos, introduciendo saltos temporales, simultaneidades, reminiscencias, etc…

Pese a haber sido publicado en 1874, la mayor parte del contenido de esta obra se ubica en 1803, es decir, un año antes de que naciera el propio rey al que se hace crítica. Este tiempo, anterior a las guerras, es el que rememora, con añoranza pese a no haberlo vivido, Alarcón. Y es que el granadino es de la opinión de que el mundo,tras la Revolución Francesa, se ha transformado en una “prosaica uniformidad y desabrido realismo”. Sin embargo, a pesar de su pensamiento monárquico, es imposible perdonar a aquel Rey Felón.

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“Reinaba, pues, todavía en España don Carlos IV de Borbón; por la gracia de Dios, según las monedas, y por olvido o gracia especial de Bonaparte, según los boletines franceses”. Por su parte, “nuestros mayores seguían viviendo a la antigua española, sumamente despacio, apegados a sus rancias costumbres, en paz y en gracia de Dios con su Inquisición y sus frailes, con su pintoresca desigualdad ante la ley, con sus privilegios, fueros u exenciones personales, con su carencia de toda libertad municipal o política”, teniendo el pueblo que pagar cincuenta y tantas contribuciones distintas a Iglesia y Corona: diezmos, rentas, primicias (parte de la primera cosecha), limosnas forzosas…

El tío Lucas y Frasquita son los molineros de un pequeño pueblo de Andalucía, “valle de lágrimas y de risas”, que se supone la propia Guadix natal de Alarcón, pese a que al autor quitó la referencia directa a la localidad, que si aparecía en anteriores ediciones. “El alumbrado público (lo mismo que las demás luces de este siglo), todavía estaba allí en la menta divina”, siendo las únicas luces de noche el “farolillo con que respetuoso servidor alumbraba a sus magníficos amos”.

Pese a su vida sencilla, alejada del mundanal ruido, no les falta de nada, pues se sirven de la economía del trueque, así como siempre andan pidiendo favores y privilegios a los ilustres de sus invitados. Y es que, pese a que los anfitriones son de una clase social más baja, pues aparece por allí hasta el mismísimo Obispo, reina en el lugar “una igualdad verdaderamente democrática”, en este molino que “va a servir de teatro a casi toda la presente historia”.

La pareja forma un matrimonio alegre y amante, siendo el tío Lucas feísimo pero chistoso, mientras que su mujer es “una de las obras más bellas, graciosas y admirables que hayan salido jamás de las manos de Dios”, tanto que muchos de los invitados van allí simplemente para admirarla, pese a que ella es fiel “depositaria del honor de su marido”. Entre estos pretendientes sin esperanzas, el más enamorado es el corregidor, es decir, el representanta máximo del poder del Rey en aquella tierra.

Este personaje, principal junto a la pareja, porta el sombrero de tres picos. Es un hombre malvado, “medio aristocrático, medio libertino”, astuto pero tonto, y que siempre se hace seguir por el alguacil, que “parecía juntamente un hurón en busca de criminales, la cuerda que había de atarlos, y el instrumento destinado a su castigo”. Este hombre, Garduña, que representa a la justicia que se deja llevar por un déspota, es “la sombra de su vistoso amo”, que personifica el poder centralista y absoluto.

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Como Frasquita se mantiene fiel pese a sus continuos ataques, Garduña le ayudará con un plan que resultará digno de cualquier comedia de enredo, pues, como dijo el propio Alarcón, esta obra tendría muy fácil adaptación teatral por su estructura y contenido, tan parecido al de una farsa. El ardid consiste en obligar al tío Lucás a salir de su casa de noche. Para ello, el corregidor se sirve del alcalde del pueblo de al lado, un borracho ludópata “que como particular y como alcalde era la tiranía, la ferocidad y el orgullo personificados”. Como se ve, el poder, no sale muy bien parado en esta obra. Este le exige a Lucas que vaya inmediatamente invocando al Estado y a la Iglesia, ya que le hacen acudir por algo relacionado con la falsa moneda o con la brujería.

Sin embargo, el molinero consigue escapar tras emborrachar al alcalde aún más de lo que estaba y va en dirección a su casa, pues desconfía de la veracidad del asunto. Este viaje es el núcleo del enredo sobre el cual gira toda la obra, pues, por un doble malentendido, tanto el tío Lucas primero como Frasquita después creerán que su pareja les ha engañado cuando en realidad se estaban cruzando en este momento, buscándose mutuamente pero sin verse. Y es que, huyendo amparados por el manto de la noche, al oír el rebuzno de sus respectivos burros se asustaron y se alejaron. Pero es que los burros, la otra pareja del molino, si que se había reconocido, aún en más completa oscuridad y se había lanzado un cariñoso saludo.

Ambos tenían motivos, los de toda una vida juntos, para pensar que su pareja le seguiría siendo fiel, pero las apariencias les consiguen engañar. Y es que Lucas vió al corregidor metido desnudo dentro de su cama, mientras que Frasquita vio a su marido salir de la habitación de la mujer del corregidor, a dónde había ido completamente despechado dispuesto a pagar al corregidor su misma moneda. Sin embargo, una vez que hablan y descubren la verdad, pues ambos se han respetado, se reconcilian, renovando su amor con la promesa de traer al matrimonio un hijo.

Por su parte, el corregidor es castigado por sus “malos juicios y animales propósitos de esta noche”. El tío Lucas, ha cogido su vestimenta (que incluye aquel sombrero de tres picos), lo que hace que los siervos, a los que Alarcón llama “el cuarto estado”, le obedezcan a él y al auténtico corregidor le den una somanta. Pretende llevar a “¡Todo el mundo a la cárcel! […] ¡Todo el mundo a la horca!”, pero ya nadie la hace caso, ni aún cuando ya viste su ropa, pues saben lo que ha intentado esta noche. Además, Garduña hace tiempo que ha desaparecido. Por su parte, su mujer, a la que Alarcón retrata como una aristocrática y pudorosa dama, le condena a no saber jamás lo que ha pasado en su habitación con el tío Lucas.    

Tres años más tarde “contra la previsión de todo el mundo”, Napoleón ataca España, muriendo muchos de los personajes luchando contra la dominación francesa, mientras que “Garduña se hizo afrancesado”. El matrimonio, feliz pese a que no consiguió tener ese hijo, alcanzó “una edad muy avanzada, viendo desaparecer el Absolutismo en 1812 y 1820, y reaparecer en 1815 y 1823” para acabar muriendo, como Fernando VII, en 1933 “sin que los sombreros de copa que ya usaba todo el mundo pudiesen hacerles olvidar aquellos tiempos simbolizados por el sombrero de tres picos”.

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