La realidad y las redes

Dentro de escasos días Donald Trump llegará a la Casa Blanca tras ganar las elecciones estadounidenses. Una victoria que, entre otras muchas vicisitudes, será recordada por una cuestión que fue tratada con sordina en un principio. Lo más seguro es que de no haber ganado el republicano no habría emergido dicha polémica, pero su victoria supuso plantearse hasta que punto influyen las redes sociales en la opinión de las personas. Obviamente, existe una ascendencia que se podría calificar como ‘legítima’, ya que medios como El País, The Washington Post o Le Monde comparten su contenido a través de sus páginas en redes sociales. Los diarios tradicionales difunden su trabajo vía Facebook porque es una de las principales maneras de captar tráfico hoy en día, ante la pérdida de peso del físico. Además, el público que llega por Google Noticias sustituye gradualmente al que accede a la portada del medio, ya que la información consultada ha dejado de ser servida para todos por igual para ser escogida por cada uno a su antojo.

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Mark Zuckerberg, CEO de Facebook

Ante la posible victoria de Trump se empezó a insinuar que las noticias falsas, difundidas por portales sensacionalistas o sediciosos, habían servido para igualar los resultados. En éste punto se pueden destacar dos factores: el primero, las noticias falsas no afectaban a Trump, ya que nada podía ser más surrealista o falto de lógica que él mismo; lo segundo, dentro del juego de inventar noticias falsas, no hacía falta ser ‘partidario’ de un candidato u otro, bastaba con querer captar visitas. Quizá el ejemplo más nítido sea el de los adolescentes macedonios que generaban noticias contra Hillary Clinton. Afirmaban tener millones de visionados al mes, siendo su única receta dar a la gente lo que quería.

Tras la campaña, tanto Google como Facebook, los dos gigantes de la tecnología, decidieron que las páginas que compartan contenido falso de manera deliberada no podrán obtener beneficios gracias a sus sistemas de monetización. Por su parte, la compañía de Mark Zuckerberg instaló un marcador en las noticias para que la gente las calificase como falsas en caso de sospechar de su veracidad. No pueden eliminarlas, pero sí estrechar el cerco y evitar que generen beneficios.

Así, Zuckerberg confesó que “sabemos que hacemos mucho más que distribuir noticias y que somos una parte importante del discurso público”. Ahora bien, nace aquí la verdadera asociación entre la realidad y las redes. Compañías como Facebook son las artífices de que el mundo esté hiperconectado, que sea posible conocer qué ocurre en cada resquicio del planeta. Pero esa posibilidad de conocimiento infinito no deriva en una nueva Arcadia de la comunicación, sino más bien todo lo contrario. La posibilidad de crear noticias por parte de cualquier ciudadano armado con un smartphone ha desembocado en la desintermediación, en la que los medios ya no son los únicos poseedores de la verdad. No se puede juzgar que no sea la prensa la única portadora de la verdad -seguramente sean sus propios defectos los responsables de gran parte del nuevo paradigma-, pero está claro que la nueva situación es demasiado ruidosa. Llena de estímulos que no perduran, todo tiene una importancia efímera e intensificada a la vez.

No sólo la irrupción de nuevos ‘periodistas’ y códigos parece dañina. Las redes acaban siendo un ‘apartheid’, según lo define Enric González. La visión idealizada de Internet no es más que el reflejo en un espejo que estiliza la figura. No buscan la diversidad, sino que alimentan la segregación. No sólo por la serie de algoritmos que estimulan esas prácticas, también el ser humano se refugia en los que estimulan su opinión, ya que es más sencillo que refrenden nuestras ideas a que las juzguen. Internet da a la gente lo que quiere: ser el centro de su microcosmos. Este solipsismo onanisma que es Internet fomenta que la información a la que se accede sea la de nuestro agrado, la gente con la que nos relacionamos de nuestra ideología y que el contenido que nos aparece provoque nuestro click. Acudimos a la red para apuntalar nuestra opinión, no para construir una mejor. Volviendo a Facebook, la maquinaria de perder tiempo que es la red social, con 1.600 millones de usuarios y la tentativa de absorber cualquier rival, debería ser consciente de que vive de esa podredumbre.

Es difícil discernir hasta que punto se alargan esos procesos de creación de la realidad. El universo ha sido cognoscible por lo captado por los sentidos y por lo que mostraban los medios. Una serie de procesos de selección realizados por la prensa actuaban como un tamiz, que eligían dónde va y cómo de reseñable era un acontecimiento. Pero si ahora el proceso de opinión pública depende de los creadores de contenido nocivo, significa que estamos en manos de los virales. Nuestra realidad se funde con la ‘realidad’ que proporcionan las redes, y ésta segunda es un monstruo abigarrado y confuso. La simbiosis, o fagotización, de las redes y la realidad -se entiende que la primera es el agente agresivo- ha derribado el monopolio de la verdad. Pero ha nacido el libre mercado de la mentira.

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4 comentarios en “La realidad y las redes

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