Paraíso Recobrado (1671), por John Milton.

Paraíso Recobrado fue el último libro que escribió John Milton en vida. Es una continuación de su obra más famosa, Paraíso Perdido, de la cual ya hablamos aquí en otra ocasión. Conviene destacar que, si bien el tema sigue siendo sumamente interesante (su núcleo son las tentaciones que sufrió Jesús a manos del Diablo en el desierto del Sinaí) y trascendental para la religión cristiana, esta obra no puede compararse en originalidad ni en calidad con la anterior, considerada como una de las mejores obras de la literatura universal. Sin embargo, esto no quita un ápice de belleza a las imágenes creadas aquí por el poeta, del que presentamos así mismo una pequeña biografía.

John Milton nació en Londres en 1608. Su padre, un escribano que había sido desheredado por abandonar la religión católica familiar por el protestantismo, al parecer de corte puritano, le hizo estudiar en uno de los colleges cristianos de Cambridge. Allí, el joven Milton ya dio muestras del poder de su oratoria y de la viveza de su poesía, arte por el que se sentía interesado desde bien pequeño.

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En 1638, como era costumbre entre las familias pudientes de aquella época, realiza un viaje por Europa. Ve así París, Florencia, Pisa, Venecia, Roma… En Italia tuvo el honor de conocer a Galileo, aunque “ya anciano y preso por la Inquisición”. Parece que fue en este viaje donde pensó componer un gran poema épico, si bien en primera instancia pensó en el Rey Arturo como protagonista, obra que nunca llegó a realizar. Así mismo, tenía pensado conocer también Grecia pero, al estallar la Guerra de los Tres Reinos, Milton, que considera una “deshonra” estar fuera “mientras mis compatriotas estaban combatiendo en mi país por la libertad”, decide volver a su hogar.

En 1641 arranca lo que será una constante durante toda su vida: su conflicto contra la Iglesia anglicana, a la que compara con “la negra y pesada noche de la ignorancia y tiranía anticristiana de la Edad Media”. Y es que, como dijo en su Paraíso Perdido, el poeta piensa que “sucederán los lobos a los pastores […] que emplearán los sagrados misterios en saciar su vil ansia de ambición y lucro”, pues para él esto es lo que desea la jerarquía eclesiástica. Por este motivo, y ante la inexistencia de la libertad de culto, pues él era de ideas un tanto heterodoxas, Milton no asistió con regularidad a iglesia alguna.

En 1643 se casa con Mary Powell. Este su primer matrimonio, pues se volvió a casar otras dos veces, fue bastante infeliz. Fruto de esta turbulenta experiencia redactó sus Tratados sobre el divorcio, donde considera que este es legal y moralmente aceptable cuando se da por el hecho de desavenencias e incompatibilidades graves entre el esposo y su mujer. Aunque se separaron y volvieron a estar juntos varias veces, teniendo en común dos hijas, la separación definitiva viene motivada por la Guerra Civil Inglesa, que acababa de estallar recientemente. Y es que la familia Powell era monárquica, mientras que Milton era un ferviente defensor del parlamentarismo.

Tras que Carlos I, rey de Inglaterra, fuese decapitado en 1649, Milton dedicó buena parte de su vida a defender a la recién instaurada Commonwealth de los ataques intelectuales que contra ella esgrimían los monárquicos. Es importante destacar que estos eran lanzados en su mayoría desde el propio clero, mucho más preocupado por el origen divino de los reyes que en su propio Dios. Por otra parte, se ha llegado a decir que, además de ejercer su puesto como Ministro de Lenguas Extranjeras, Milton escribía los discursos de Cromwell, si bien parece ser que se distanció un tanto de él a partir de su deriva autoritaria.

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Así mismo, defendió la libertad de prensa como el bien más imprescindible para que una sociedad prospere. Y es que para él era mejor que se colase algún libro malo o mentiroso que prohibirlos, pues esto provocaría que el pueblo los quisiese leer. Sin embargo, pese haber trabajado como profesor particular en varias ocasiones, no parece haber sido el mejor educador del mundo. Por ejemplo, enseñó a sus dos hijas mayores a leer en voz alta griego sin que supiesen el significado de lo que decían. Sin embargo, su tercera hija, fruto de otro matrimonio, le recuerda como alguien dulce y cariñoso.

Pese a la controversia existente sobre su figura, pues hay tanto quien le tilda de partidario de Satanás como de puritano en exceso, atenderemos a su principal biógrafo, Samuel Johnson, quien lo describe así: “Era de forma natural un pensador independiente, confiado de sus propias habilidades y desdeñoso de toda ayuda y entorpecimiento; no rechazaba admitir los pensamientos e imágenes de sus predecesores, pero tampoco los buscaba. De sus contemporáneos ni pidió ni recibió aprobación: no hay en sus escritos nada que pueda alimentar el orgullo de otros escritores buscando su favor, ni intercambios de alabanzas ni peticiones de apoyo”.

Cuando finalmente la monarquía es restaurada, Milton, ya completamente ciego, deja un tanto de lado su actividad política y se dedica a escribir, aunque debería decirse más bien dictar, sus dos últimas obras: Paraíso Perdido, aparecida en 1667; y, por último, Paraíso Recobrado, publicada 1671. Tres años más tarde, aquejado por la gota, Milton moría en Londres, la misma ciudad que le vio nacer, de una insuficiencia renal.

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Paraíso Recobrado comienza con Jesús siendo bautizado por Juan el Bautista en el río Jordán, hecho que marca el inicio de su vida pública. En ese instante “el Espíritu descendió en forma de paloma” sobre el hijo de la Virgen María y Dios le proclama desde el Cielo como su único hijo ante los espectadores del acto. Entre estos se encuentra Satán, quién teme que ese joven sea el Mesias al que alude la Biblia, aquel que va salvar al pueblo judío (que por su parte, al no creer en el origen divino de Jesús, sigue esperando su llegada) hollando la cabeza de la serpiente.

Las huestes infernales, que llevan “gobernando a nuestro antojo los asuntos de la Tierra” desde la caída de Adán y Eva, deciden que sea Satán, su “gran dictador”, quien, por medio de la astucia, se enfrente a tan poderoso enemigo. El objetivo, al igual que lo fue en su día ante los padres del género humano, es hacer que Jesús se pase a su bando rebelándose contra su padre. Por su parte, Dios permite que Satán lleve a cabo sus intenciones para probar que Jesús es el justo heredero de su omnipotencia a los ojos del mundo.

Jesús ya conoce su origen divino. El reciente bautismo ha sido la confirmación de sus sospechas, pues de joven buscó en las Sagradas Escrituras todo lo relativo a la profecía mesiánica, y “pronto reconocí que yo era aquel”. Y es que “siendo todavía un niño, ningún juego de la infancia tenía encanto para mi”, sino que buscaba ser más sabio para así contribuir mejor “al bien público”. Por otra parte, entiende que su misión es “dirigir y enseñar a las almas extraviadas, a las que no pecan voluntariamente, sino por ignorancia, y someter tan solo a los rebeldes”.

Jesús va por su propio pie al desierto del Sinaí, donde pretende estar solo en actitud ascética a base de ayuno y oración. Este desierto es una constante en la religión judeocristiana: es el mismo por donde vagaron Agar y su hijo Ismael; el mismo que recorrió durante cuarenta años el pueblo israelita, guiado por Moisés, desde Egipto a la tierra prometida; el mismo en el que se escondió el profeta Elías, y desde donde subió al Cielo en un carro de fuego. Jesús, por su parte, pasará aquí en completo ayuno cuarenta días y cuarenta noches.

La primera tentación de Satán es el ofrecimiento, muy cortés, de paliar su hambre utilizando su magia. Desde el principio Jesús ha reconocido a Satán, y le recrimina su actitud. Él, por su parte, dice hacer “lo que Dios me manda”, así como se queja de que a él nadie venga a redimirle. Además, él, aunque reconoce que miente más que habla, ayuda a los humanos que así lo desean, como a aquellos que consultan a su oráculo en Delfos. Jesús, pese a que no es inmune al hambre, salva esta primera tentación diciéndole que no es verdad que obedezca a Dios, y que si lo hace es por temor o necesidad, y no por que crea que es justo. Además, ya comerá cuando Dios así lo quiera.

La segunda tentación de Satán se esconde, como la primera, bajo una falsa muestra de buena voluntad. Le dice que, para llevar a cabo sus sagrados designios, necesita poder terrenal y riquezas. Así mismo, le recomienda aliarse o bien con Ponto o bien con Roma, si bien da lo mismo, pues luego le recomienda traicionar a su aliado una vez haya derrotado al otro. Lo único que tiene que hacer es arrodillarse ante Satán para que este le conceda poder y riqueza.

Jesús rechaza ambas, pues el dinero es “objeto de afán de los necios”, así como siempre fue una “acción más noble y gloriosa dar un reino que usurparlo, y mucho más magnánimo renunciar a una corona que aceptarla”. Respecto a la gloria, “no busco la mía, sino la de Aquel que me ha mandado” Además, “¿Qué hacen esos pretendidos héroes sino robar, devastar, saquear, incendiar, matar, y reducir a la esclavitud a pacíficas naciones?” Jesús no cree que ese camino, violento y tiránico, sea el adecuado para reinar, sino más bien “sabiduría, paciencia y templanza”. Ni siquiera cree que estos métodos sean los adecuados para liberar a Israel del yugo romano.

La tercera tentación de Satán consiste en intentar que Jesús pruebe a su padre saltando desde lo alto del templo de Jerusalén pues, siendo el hijo de Dios, es imposible que muera. Pese a que el Mesias no quiere dar prueba alguna de su poder, al verse transportado por su enemigo a la cima del templo de Jerusalén, levita. Finalmente, Satán, tan derrotado como humillado, ve finalmente en Jesús a su enemigo (él que pensaba que el Mesias iba a servir de “intermediario entre la cólera de tu Padre y yo”). No le puede ganar. Sus días de reinado acabarán cuando Jesús decida instaurar el suyo, aunque Milton recuerda que “no está indicado en ninguna parte el tiempo”. Jesús “hoy has vengado la derrota de Adán, y al triunfar de la tentación, has recobrado el perdido paraíso, inutilizando la fraudulenta conquista del Enemigo”.

Por último, es importante destacar que tanto en esta obra como en Paraíso Perdido, Jesús aparece como el salvador de la humanidad. Para Milton, Jesús intercede ante su padre por la raza humana, para quién consigue el perdón divino. Pero este perdón no es gratis. En la primera de estas dos magníficas obras, Dios dice que la justicia divina exige un pago por el pecado, y que sin ese pago la decisión adoptada es injusta, lo cual no puede ser. Es por eso que Jesús, el chivo expiatorio por excelencia, ofrece su vida por la de la humanidad. Destaco esto por que el poeta parece reproducir aquí la idea, que tanto se parece a la del primer gran hereje de la cristiandad, Marción, de que Jesús y Dios no son uno, sino que además son incompatibles pues, mientras que el primero castiga (como hizo con Satán y sus seguidores), el segundo perdona.

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4 comentarios en “Paraíso Recobrado (1671), por John Milton.

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    • Amen. Pura poesía que versa sobre uno de los momentos más misteriosos del cristianismo. Yo además tengo una duda edición bastante antigua con los dibujos k aparecen en la entrada y es increíble la mezcla. En cuanto a la escritura puramente dicha, muchas de sus páginas me parecen inigualables en calidad

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