Paraíso Perdido (1667), por John Milton.

Resulta llamativo que el acontecimiento más antiguo para el cristianismo hegemónico no sea sino la rebelión y derrota de los ángeles caídos. Teniendo en este lance su núcleo, y en los tres primeros capítulos del Genesis la mayoría de su desarrollo, la imaginación de John Milton (1608-1674) compuso, pese a su ya completa ceguera, un poema épico cuya calidad se ha comparado a la Homero y su Odisea, y que tanto se parece, por sus figuras y escenarios, a la Divina Comedia de Dante Alighieri. Lo tituló Paraíso Perdido. Y es que, para el poeta londinense, este hecho no pudo tener consecuencias más funestas, pues de él deriva la propia caída del ser humano y la pérdida del idilio terrenal que habitaba: el Edén.

Por motivos de espacio, no hablaremos aquí de la vida del poeta londinense, cuestión que reservaremos para una posterior entrada, así como su intensa actividad política durante uno de los periodos más convulsos de Inglaterra. Así mismo, hemos decidido tratar la historia del poema siguiendo, en la medida de lo posible, una temporalidad lineal que no sigue la obra original, lo que es un gran acierto, pues Milton aprovecha todos los recursos que tiene a su alcance para introducir, con buen tino, saltos temporales, simultaneidades, proyecciones futuras, etc… que dotan de ritmo al poema, constituido por más de 10.000 versos sin rima muy bien acompañados por las ilustraciones de Gustave Doré. También hay que destacar que para Milton, monista, no es imposible que los ángeles puedan, por ejemplo, comer, pues no acepta el dualismo platónico de alma-cuerpo.

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Antes todavía de que existiera el ser humano o el Universo que este había de habitar, el más poderoso y bello de los ángeles, Lucifer (que significa “portador de luz”), se alzó en armas contra el Omnipotente, quebrando la armonía del Empíreo, el reino de los cielos. Para describir tamaño acontecimiento, Milton tiene que recurrir a hipérboles que subliman a los combatientes, como comparar la circunferencia del escudo de Lucifer con la de la Luna. Como no podía ser de otra forma, los rebeldes pierden la batalla ante tan poderoso adversario, siendo arrojados por Jesús al “fuego eterno” del Infierno, cárcel diseñada al efecto por la justicia divina. Horno encendido, “sus llamas no prestan luz”.

Los ángeles rebeldes pasan ahora a ser entes infernales, pues se deformaron al sentir el dolor en la batalla, dolor causado por las armas de sus contrincantes y al que ahora se suma “el recuerdo de la felicidad perdida” agriándoles los rostros. En su nuevo trono de poder, mucho más abajo de lo que esperaba en un principio pero al fin y al cabo un trono “más seguro, no envidiado y cedido con pleno consentimiento”, el ahora llamado Satán (que significa “enemigo”) junta a sus huestes para establecer la estrategia a llevar a cabo. Todo ello, sucede a las orillas de la laguna Estigia y de uno de sus ríos, el Leteo, lo que recuerda al instante a la Divina Comedia, así como que aparezcan seres como la Medusa o las arpías.

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Y es que en este pasaje llama la atención que Milton dé a muchos de estos seres, otrora bellos ángeles, el aspecto, real o imaginado, de duendes, brujas y monstruos, así como el nombre de dioses paganos, como ocurre en el caso de Moloch, Baal o, incluso, Priapo. También aparecen el lugarteniente del Maligno, Beelzebub, y el demonio Belial, siempre entregado al “vicio por el vicio mismo”. Milton, que parece despreciar a este último sobre todos los demás, dice de sus seguidores humanos que no le adoran directamente, mas se distinguen por ir “repletos de insolencia y vino”. Por su parte, Pluto, el dios griego de la abundancia, es el menos altivo de ellos, pues graciosamente nos dice el poeta que en el Cielo andaba mirando “las riquezas del pavimento celestial, donde se pisaba oro”.

Lejos de amilanarse o arrepentirse de su “ambicioso intento contra el trono y la monarquía de Dios”, Satán, el caudillo al que han elegido seguir libremente, les exhorta a vengarse. Sabe que volverán a perder, que es inevitable puesto que, hagan lo que hagan, Dios lo sabe de antemano. Y es que “los actos actos de Dios son inmediatos, más rápidos que el tiempo o el movimiento”. Sin embargo, no le importa. Ahora solo siente dolor y odio. Además, no puede caer más bajo. Por eso, durante esta “guerra eterna […] el mal será nuestra única delicia, por ser lo que contraría a la suprema voluntad que resistimos”.

Sin embargo, es importante destacar que Satán tiene su propia versión de los hechos. Acusando a Dios de tirano, pues “aunque la razón os ha hecho iguales, él se nos ha sobrepuesto por la violencia”, afirma que lo suyo no es sino el orgullo del que no quiere verse dominado, es decir, el rechazo de la opresión de aquel que ansía la libertad para sí y para los suyos, que han sufrido tanto como él y por su culpa. Quizás sean estos los fragmentos del libro más polémicos en su época, pues bien llega a parecer que a veces que Milton hace de Satán un Espartaco.

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Sin embargo, alejándome de cualquier interpretación satánica del texto (que, en mi opinión, no tiene), no creo que Milton llegue en ningún momento a alabar al Diablo o a condenar, siquiera juzgar, el plan de Dios. Satán es para el autor malvado, sin matices, pese a que todavía conoce el Bien y es capaz, por ejemplo, de apreciar la belleza o sentir lo que podrían llamarse “sentimientos nobles”, que bien rápido oculta incluso a sí mismo. Y es que, pese a lo heterodoxo de la forma del poema, que tiene en Satán a su protagonista, Dios es para el poeta el omnipotente perfecto, Satán el enemigo malvado y, como ya hablaremos en otro momento, Jesús el salvador de la raza humana.

Dada la fuerza de Dios, las hordas infernales apuestan por la guerra sucia. Y es que en el Cielo corría el rumor de que Dios iba a crear algo nuevo, ni más ni menos que a su “imagen y semejanza”. Satán, que irá solo, pretende fastidiarle al Creador su plan por esta vía. Su objetivo, conseguir que el hombre y la mujer se alejen de Dios y se unan a su bando despreciando su “frágil origen y lo efímero de su dicha”. Este golpe sería mortal, pues el humano no es la primera creación divina, sino la última.

Las puertas del Infierno están fuertemente custodiadas. Extrañamente, los guardianes, puestos allí por Dios, están por dentro, y no son otros que el Pecado y la Muerte. Sean o no una personificación simbólica del poeta, el caso es que el Pecado, salido de la mente de Satán, es a la vez su mujer e hija, mientras que la Muerte es fruto de ambos. Aguijón mortal hasta para su propio padre-abuelo, Milton cree que solo puede derrotarle Jesús. Finalmente los guardianes dejan salir a Satán, que les ha engatusado con la promesa de nuevas almas, y abren las puertas. “No estaba en su mano cerrarlas, y quedaron abiertas para siempre”.

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Satán, atraviesa el Caos y la Madre Noche, “cuna de la Naturaleza y tal vez su tumba”. Por esta región,“antiguo abismo […] sin límites ni dimensiones, donde se pierden la extensión, la profundidad, el tiempo y el espacio”, Satán viaja durante siete días, los mismos de los que se sirvió Dios para crear el Universo, si bien el último lo pasó de brazos cruzados, satisfecho de su obra. Sin embargo, para Milton, Jesús es quien crea, si bien en todo momento sigue la voluntad de su padre. Por su parte, al séptimo día, el Diablo llega al Edén.

Hay que destacar que el poeta sitúa por lo tanto Cielo e Infierno fuera del Universo y, si bien utiliza expresiones como “subir al Cielo” o “ángeles caídos”, no están ni arriba ni abajo, respectivamente. No obstante, si que reproduce el error de situar encima de la Tierra una gran masa de agua, desde donde esta se precipita si Dios abre sus compuertas. También forman parte de la creación seres como el Leviatán y el Behemoth, aceptando por su parte, aunque solo a titulo de posibilidad, la vida en otros planetas.

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Ya sea disfrazándose u ocultándose entre las sombras, Satán consigue evitar la vigilancia de Uriel, el arcángel-Sol, y la del resto de ángeles, a los que llama “ministros de su persecución y su venganza”. Y así, colándose en el Edén, consigue ver al hombre y a la mujer. Dios ha creado al hombre “perfecto, pero no inmutable; te ha hecho bueno, pero te deja árbitro de perseverar o no en esa bondad”. A su lado, entre “rosas que no conocían espina […] jugueteaban todos los animales terrestres” sin conocer dolor o violencia alguno, siendo Adán y Eva los dueños de todo y tan vegetarianos como el resto de animales. Sus labores son exiguas y placenteras, pues tan solo tienen que cuidar el jardín, alabar a Dios, amarse y multiplicar la especie.

Hablando de la pareja, Milton reproduce aquí la concepción de que la mujer debe estar subordinada, sumisamente, al hombre, por el hecho de haber salido de la costilla de este. Los roles y tareas son fijos e inspirados. Para Milton han sido creados “él nacido para la reflexión y el valor, ella para la dulzura y la gracia seductora; él solo para Dios, ella para Dios y para él”, siendo la mujer mejor en apariencia pero peor en realidad. Sin embargo, ambos son dueños de sí mismos, y se deben el mismo amor y respeto, siendo su situación en todo punto ideal, pues se hallan en el Edén, donde todo es perfecto.

Este paraíso terrenal tiene en su centro dos árboles fundamentales para el cristianismo. Aparecen símbolos similares en otras religiones, como el Haoma persa y el Yggdrasil nórdico, por no hablar de Gizzida, la arcaica deidad de Mesopotamia llamada “Señor/a del árbol de la vida” representada a menudo por dos serpientes. Para Milton, el árbol de la vida, es una “prenda segura de inmortalidad”, mientras que el otro es el “árbol de la ciencia, nuestra muerte, de la ciencia del bien, que tan caro nos costó dándonos a conocer el mal”.

El fruto del segundo, tan parecido a una manzana en casi todas sus representaciones, es lo único que Dios les ha prohibido. Si no, “¿De qué alabanza hubiesen sido merecedores?”. Pero Satán, de nuevo, discrepa con la voluntad divina. Se queja de que “les está vedada la ciencia, lo cual es sospechoso y contrario a la razón. ¿Porqué el Señor les envidia esa ciencia? […] ¿Y si toda su existencia se cifrara en ignorancia, y su dicha en esta prueba de obediencia y fidelidad?”. Decide, por lo tanto, tratar de atacar aquí, tentándoles. Y así lo hará cuando vea a Eva sola.

Transformándose en serpiente, “con su malicia, animada por la envidia y el deseo de venganza, engaña a la Madre del género humano”. Para conseguirlo, le dice que no debe temer castigo alguno, que será incluso más sabia y bella pues, siendo él una serpiente que ahora puede hablar tras haberlo probado, ella, humana, se convertirá en Dios. Adán, tras entristecerse, por amor decide seguir a Eva en su desobediencia, pues “estoy resuelto a morir contigo […] si muero contigo, será para mí la muerte como la vida”.

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Sin embargo, ¿cómo es que Adán y Eva decidieron “separarse de su Creador e incurrir en la única prohibición que les impuso, siendo señores del mundo”?. Satán logra su tentación; Eva “ha aspirado a la divinidad y por eso lo ha perdido todo”; por su parte, Adán es arrastrado por el acto de su mujer. No pocos investigadores, como Graves, han proclamado que este misterioso fruto era un enteógeno, quizás la Amanita muscaria. Por otra parte, es curioso que al probar el fruto en primera estancia lo que sienten es un intenso placer, llegando a decir que “si tal deleite tienen en sí las cosas que se nos prohíben, deberíamos desear que la prohibición se extendiera a diez árboles en vez de a uno”. Pero, como ahora conocen el bien y mal, ya no son inocentes, es decir, que saben lo que hacen y contra quien se han enfrentado.

El Edén ya no es perfecto. Se sienten desnudos, intercambian “violentos afectos, de ira, odios, desconfianzas, sospechas y discordias […] esclavos del apetito sexual”. Ahora hablan incluso de suicidarse, de acabar con la especie humana no teniendo descendencia. Se culpan entre ellos, mas nunca a sí mismos. Finalmente, deciden seguir juntos, pues consideran que hacer algo de lo anterior posibilitaría que ganase la batalla el Enemigo que les ha engañado y roto su felicidad.

Aparece en escena Jesús, quién dicta un “perpetuo destierro” sobre los anteriormente reyes del Paraíso, con el objeto de, además de sancionar su conducta, que no coman más del árbol de la vida y se hagan así inmortales. Y es que, como aparece en Genesis 3:22 en boca de Dios, “ahora el hombre se ha vuelto como uno de nosotros”. A Eva le castiga aumentándole los dolores del parto, y a su marido a tener que sudar la frente para sobrevivir. También castiga a la serpiente, enemistándola con la mujer y obligándola a tener que arrastrarse por el polvo.

Por su parte, Satán, triunfante, hace venir a su “familia”, el Pecado y la Muerte, a este mundo, donde les da poder para sembrar la violencia, el mal. Sin embargo, pese a que tenga bajo su cetro Tierra e Infierno, Satán sigue sintiendo dolor en su interior, pues la derrota en la batalla celestial hace del Empíreo, y sus calles de oro, su particular Paraíso Perdido. Ha logrado que expulsen a los humanos del suyo, pero el que quiere para sí es otro. Además no le ha arrebatado el mundo a Dios, sino que este se ha dejado ganar. O al menos de momento.

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4 comentarios en “Paraíso Perdido (1667), por John Milton.

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