Grandes obras que deberías leer: Los Santos Inocentes (1981), por Miguel Delibes.

Miguel Delibes nació en Valladolid en 1920. Combatió en la Guerra Civil por el bando de Franco, aunque pensaba que “entre la izquierda y la derecha jodieron España. Entre todos la mataron y ella solo se murió”. Así mismo, haber luchado para el futuro régimen franquista no le libró de la censura, y en una ocasión tuvo que dimitir de su puesto como director de un periódico por sus discrepancias con Fraga, por aquel entonces Ministro de la Información y Turismo.

Amante del mundo rural, pues pensaba que “la cultura se crea en los pueblos y se destruye en las ciudades”, veía en el consumismo un arma capaz de alienar y deshumanizar al ser humano del todo. Y es que pensaba que “la máquina ha venido a calentar el estómago del hombre pero ha enfriado su corazón”. Por otra parte, durante su vida ejerció las más diversas profesiones: periodista, crítico de cine, caricaturista, profesor de la Escuela de Comercio… Sin embargo, por lo que más se le recuerda es por su faceta de novelista.

Y es que Delibes, que llegó a ser miembro de la Real Academia Española desde 1975 hasta su reciente muerte en 2010 a los noventa años, ha dejado para la posteridad una producción literaria de gran calidad. Y así se lo reconoció la crítica, pues ganó, entre otros, el Premio Príncipe de Asturias de las Letras, El Premio Cervantes y el Premio Nadal, este por su primera obra: La sombra del ciprés es alargada (1947). Entre su extensa obra destacan obras como El camino (1950), Cinco Horas con Mario (1966), El Hereje (1998) y, por último, la novela sobre la que hoy hablamos: Los santos inocentes.

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Este libro, publicado en 1981, está dedicado a Félix Rodríguez de la Fuente, muerto un año antes en un accidente de avioneta. Y es que, además de la amistad que los unía, uno de sus temas principales, más allá de la situación misera de los criados y la explotación que sobre ellos ejercen sus amos, es la naturaleza. En concreto, salvo para Azarías, personaje del que ya hablaremos más adelante, la relación con la naturaleza es exclusivamente la de la caza. Pasión que, por su parte, también sentía Delibes.

La acción transcurre en un cortijo limítrofe con Portugal, seguramente de Extremadura, aunque en el texto no aparece ninguna referencia directa al lugar. A esta zona del país, históricamente pobre, las innovaciones tardan en llegar, tanto que, como retrató Buñuel en Las Huestes, a algunos de sus parajes más recónditos ni siquiera llegaba el pan en 1930. Tampoco aparece en el libro la fecha en la que suceden los acontecimientos, aunque se supone ambientada en los años sesenta.

En el cortijo conviven dos mundos completamente distintos: el de los señores, ocioso y acomodado, y el de sus criados, mísero y agotador. La historia se centra en estos últimos: en sus pésimas condiciones vitales, en su analfabetización, en sus nulas posibilidades de mejorar su condición, en su explotación por parte de sus amos, que, a lo sumo, se compadecen de ellos…. Delibes retrata, para criticarlo, un sistema rural que, a mediados del siglo XX, tiene todas las características típicas del régimen feudal del medievo.

La historia se centra en la familia de Paco, el Bajo, y la Régula. Ellos y sus hijos son sirvientes: realizan las tareas del hogar y del campo que sus amos les ordenan. “Así un día y otro día, un mes y otro mes, un año y otro año”. Sin embargo, pese a la pobreza y dureza de sus condiciones, “de ordinario, la vida discurría plácidamente”.

El matrimonio tiene tres hijos. El Quirce, un joven un tanto pasota y reservado, quien sabe si por vago o por iconoclasta; Rogelio, que anda de aquí para allá con el tractor soltando chascarrillos; Nieves, que sirve la mesa de los señores; y Charito, a la que llaman, pese a ser la mayor, la Niña Chica. Y es que, pese a que no se nos dice que enfermedad sufre, si sabemos que ni siquiera es capaz de andar, comer o hacer sus necesidades por sola.

El otro miembro de la familia es Azarías, hermano de la Régula. Azarias sufre cierto retraso mental, aunque si que parece valerse por sí mismo. Y es que en la casa, a la que acaba de llegar despedido de otro cortijo por ser ya viejo, tiene sus funciones: abonar las plantas, desplumar aves, cuidar de su “milana bonita” (un grajo que tiene completamente amaestrado) y correr el cárabo, es decir, espantar a un pájaro para que no entre en el cortijo, quién sabe por qué. Así mismo, siempre va con los pantalones bajados, hace de vientre donde le apetece y constantemente se orina las manos para que no se le agrieten.

Él y Charito son, para Delibes, los santos inocentes. Ellos no tienen la culpa de su mísera condición. Son incapaces de cualquier maldad, pues desconocen aquello que separa el bien y el mal. Frente a ellos, los señores son explotadores despiadados que se sirven de su trabajo para vivir sin hacer nada más que lo que les apetece. Y esto, para el hombre de la casa, el señorito Iván, no es otra cosa que cazar junto a sus ilustres amigos: el Embajador, el Ministro, el Obispo, las “mejores escopetas de Madrid”…

El señorito Iván es un personaje detestable que piensa que sus criados “se obstinan en que se les trate como personas y eso no puede ser”. No se preocupa lo más mínimo por ellos, simplemente les utiliza para su antojo. Incluso se acuesta con las mujeres de sus siervos cuando así le place. Su mayor orgullo es la habilidad que tiene con la escopeta, pero no es nadie sin Paco, su secretario de caza. Y es que Paco, el Bajo, es el mejor en lo suyo: es capaz de seguir el rastro de las presas, se sube a los árboles más altos para poner el señuelo, recupera las piezas caídas con una celeridad y perfección asombrosas..

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Un día Paco se cae del árbol al que se había subido para poner el señuelo. Se ha destrozado el peroné. Lo primero que se le ocurre a su amo decir es: “¡serás maricón, a poco me aplastas!”. Le lleva al médico. No por compasión, sino por que dentro de poco será temporada de caza, y le necesita para quedar bien delante de sus amigos. Una semana más tarde, todavía con la escayola, se lo lleva otra vez de cacería, y otra vez se vuelve este a reventar la pierna.

Finalmente Iván se lleva a Azarías para que le ayude. Y es que, pese a su deficiencia mental, parece desenvolverse bastante bien. Sin embargo, tras una mañana sin cobrar ninguna pieza, Iván acaba disparando a su “milana bonita”. Azarías está destrozado, pues el ave era su vida. A ella reservaba todo su cariño. Siendo como es un santo inocente, el libro acaba con él ahorcando al señorito Iván de un árbol.

Es cuanto menos curioso que al final la inocencia, con un método violento, sea quien acaba con la crueldad. Y es que, tal y como dijo el propio Delibes, “dudo mucho que en mis libros haya un solo héroe; todos son antihéroes”. Incluso un alma cándida como Azarías acaba matando. Por otra parte, es importante destacar que el titulo de la obra viene de la festividad cristiana que, más allá de las bromas que a día de hoy se realizan, conmemoraba el genocidio realizado por Herodes, quién mató a todos los niños menores de dos años de la región con el objetivo de acabar así con el recién nacido Jesucristo.

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El libro sumerge al lector en su mundo de una manera asombrosa y, pese a que se sirve del estilo directo, no aparece en él guión alguno, así como los puntos se limitan tan solo a acabar los capítulos. Y es que a esta obra se le puede considerar como una especie de monólogo interno por el uso de largas oraciones en las que, mediante la repetición de ideas, se consigue un estilo fluido a la par que monótono (pues también se repiten constantemente comas e “y” para enlazar ideas), que puede poner en dificultades a lectores poco experimentados.

Por otra parte, tres años más tarde Mario Camus llevó esta historia al cine. Si bien introdujo cambios radicales (Rogelio no existe; introduce un tiempo futuro que no aparece en la novela…), el propio Delibes dio el visto bueno a la adaptación. La película, que contaba con actores tan ilustres como Francisco Arrabal,  Terele Pávez o Alfredo Landa, fue en su momento la película más taquillera del cine español, así como ganó la mención especial del jurado del Festival de Cannes. Ambos, el libro y su adaptación cinematográfica, son altamente recomendables.

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Francisco Arrabal

 

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