Si volviera el verano (1970), por Arthur Adamov.

Arthur Adamov nació en Rusia en 1917, aunque vivió la mayor parte de su vida en Francia. Cogió del pueblo galo su idioma, del que se serviría para la producción literaria, estando su obra compuesta principalmente por piezas teatrales (donde cabe destacar a La parodia y El profesor Taranne) y apuntes autobiográficos. En París frecuentó a la élite intelectual y artística del momento. Entre sus conocidos se encontraban, entre otros, Sartre, Picasso, Beckett y Artaud. Ya fuese accidentalmente o con el propósito de suicidarse, una sobredosis de barbitúricos acabó con su vida en 1970, mismo año en el que se publicaría el libro del que hoy nos ocupamos: Si volviera el verano.

Esta pieza, al igual que el grueso de la obra teatral de Adamov, mezcla elementos oníricos con preocupaciones de corte político y social, pues pensaba que “si una obra no tiene en cuenta la realidad ambiente, no es en resumidas cuentas, más que una obra mutilada”. Sin embargo, debido a lo complejo y enrevesado de su estilo, es bastante difícil saber cual es la opinión del autor respecto al socialismo, pese a que parece creer en su causa. Por otra parte, como él mismo dice, “no hay que temer, por último, a lo cómico”, que también tiene su hueco en el libreto.

adam

Su obra se inscribe dentro del llamado teatro del absurdo, cuyo máximo exponente es Esperando a Godot, de Samuel Beckett. Pese a las diferencias, ambos textos y autores tienen elementos en común: tramas cuyo significado parece “oculto”, diálogos repetitivos en los que se mezcla el absurdo con elementos macabros o tétricos, matices existencialistas, escenarios minimalistas… Así mismo, Adamov reconoce como una de sus influencias principales al sueco Strindberg, al que se considera el principal precursor de este movimiento. Sin embargo, a Adamov no le gustaba demasiado el nombre del movimiento, pues “la vida no era absurda, sino difícil, muy difícil solamente”.

Esta obra, tan original como desconocida, constituye “una continuación de sueños efectuados por cuatro durmientes distintos”. El lector, o bien su eventual espectador, se encuentra por lo tanto ante un cuarteto de situaciones relativamente iguales, mas narradas desde distintas perspectivas. Y es que “cada uno ve a su manera al mundo y a los demás, y él mismo constituye un mundo para si mismo y para los demás”. No existe, por lo tanto, una versión objetiva pues, “¿Acaso es posible en la vida individual? No se da nunca, salvo en el plano social”

Si volviera el verano “no es más que una larga continuación de idas y venidas de los sentimientos de los soñadores”. Lars, un joven estudiante de Estocolmo, ama a las otras tres protagonistas: a Brit, su mujer; a Thea, su hermana; y a Alma, su amiga. Esta última le presentó, al más puro estilo de la Celestina, a la que ahora es su mujer. Y es que la hermosa y altiva Alma, que acabará matándose, se refugia en la caridad, mas no le sirve para nada.

Thea, la hermana triste, se suicida al “estar harta de vivir”, ya que por una parte se siente culpable de la muerte de su madre, a la que no acompañó en una visita por quedarse con Lars, y por otra está profundamente enamorada de su propio hermano, siendo este un amor incestuoso imposible. Y es que para ella “no es posible seguir viviendo con estos recuerdos”. Muertas, tanto ella como Alma sueñan y aparecen en los sueños de los demás. Por su parte, Brit es servicial y dulce. Dice ser feliz junto a su marido, ya que su amor ha sacado al primero de “su natural pendiente” al desastre y a la ella misma del abismo al que se creía destinada.

En cada uno de los cuatro actos, el protagonista, es decir, al que le toca soñar, aparece en escena, se acuesta, se levanta y “entra en su sueño”, que no es otro que el representado en el escenario. Es curioso que Adamov diga que los personajes entran “vagando como si buscasen sus puestos”. Así mismo, hablando de los personajes secundarios, dice que «si varios papeles son dobles no es solamente para hacer “economías”, sino porque los personajes tienden a confundirse en los sueños de los durmientes».

También es importante destacar que la propia colocación de los actores durante la representación es sumamente importante. Y es que el extremo izquierdo de la escena es el contenido latente del sueño, es decir, su significado, mientras que el resto de la escena sería el contenido manifiesto, es decir, el símbolo o lo que el soñador percibe directamente al soñar. Como se puede apreciar, esta obra no es ni mucho menos sencilla de entender, pese a lo ameno e interesante de leerla.

Adamov nos dice que gracias a esta obra, la última que escribió, llegó a la conclusión de que «actuaba a la ligera en la época en la que quería “desterrar” a la psicología del teatro». Una vez escrito este maravilloso libro, aprendió que lo que le causaba rechazo eran los personajes tipo y las psicologías simplonas, y no la propia ciencia que las estudiaba. Ahora le parece que “todo, o casi todo, es psicología”. Y es que, al fin y al cabo, “la única cosa que debes saber es cómo usar tu neurosis”.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s