Platero y yo (1914), de Juan Ramón Jiménez.

Este libro, pese al error generalizado que yo mismo compartía hasta leerlo, no es para niños. O al menos esa no fue la intención de Juan Ramón Jiménez al escribirlo. Sin embargo, pese a que estos tal vez no entiendan la mitad de sus motivos, que de la alegría pasan rápidamente a la muerte, ni sepan tampoco distinguir y nombrar la multitud de figuras literarias que en él aparecen, lo disfrutan igualmente. Y es que la niñez es para el autor “una isla espiritual caída del cielo […] en medio de la vida, mar de duelo”.

Juan Ramón Jiménez es un poeta onubense nacido en 1881. Soñador desde pequeño, pensó inicialmente en dedicarse a la pintura, mas vio que no poseía aquí el talento que sí mostraba en la poesía. Aquejado durante toda su vida de duras depresiones, su mujer, Zenobia Camprubí Aymar, fue el sostén de su vida. Ella ejercía las veces de secretaria y musa, de compañera en la vida y en la profesión, pues juntos también tradujeron, entre otros, a Tagore.

juanra

En 1916 se casan en EE.UU, viaje que inspira una de sus obras más famosas: Diario de un poeta recién casado. Viajaron durante toda su vida a multitud de lugares, sobre todo a partir de 1936, cuando se exiliaron por el clima anti-intelectual de la guerra. Zenobia muere un par de días antes de que al autor onubense le diesen el premio Nobel de Literatura. Sin ella, no encontró razón alguna para volver a escribir, inscribiéndose este periodo de la vida del poeta en la llamada Literatura del No, silencio en el cual se mantendría hasta su muerte en Puerto Rico en 1958.

Platero y yo es una colección de pequeñas escenas, donde Juan Ramón Jiménez pinta paisajes, retratos y costumbres, todas pasadas por el tamiz de su sensibilidad. Escrito en 1914, aunque severamente retocado un par de años más tarde, muchas de estas breves impresiones o anécdotas son recuerdos de la niñez, aunque casi todas son fruto de sus paseos con Platero, su burro y, sin la menor duda, su mejor amigo. Aunque, “claro está, Platero, que tú no eres un burro en el sentido vulgar de la palabra, ni con arreglo a la definición del Diccionario de la Academia Española”.

Y es que la relación que une a Platero con el “yo” del título, el propio escritor, sobrexcede a la simple domesticación o cariño. Constituye una relación fraternal auténtica, tanto que a veces olvida Juan Ramón la forma de burro de Platero: “Nos entendemos bien. Yo lo dejo ir a su antojo, y él me lleva siempre a donde quiero. Yo trato a Platero cual si fuera un niño […] Lo beso, lo engaño, le hago rabiar…Él comprende bien que lo quiero, y no me guarda rencor. Es tan igual a mí, tan diferente a los demás, que he llegado a creer que sueña mis propios sueños”.

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La obra está ambientado en Moguer, el mismo pueblo donde nació el poeta, cuyas casas son blancas y azules, como en casi toda Andalucía, y dónde “a mediodía, cuando el sol quema más, el pueblo entero empieza a humear y a oler a pino y a pan calentito. A todo el pueblo se le abre la boca. Es como una gran boca que come un gran pan”.

En tiempos de los romanos el pueblo se llamaba “Mons Urium”, que significa “monte de oro”, pues así parecía en aquel entonces desde el mar. “Asoma ruinas por doquier, y en sus viñas, los cavadores sacan huesos, monedas y tinajas”. Así mismo, el pueblo está pegado al Riotinto, famoso por su color cobrizo, casi sanguinolento, y por que aquí, en una mina explotada por Inglaterra, nació el fútbol en España.

tinto

Platero ha tenido suerte con el dueño que le ha tocado. A los otros burros se les pega y se les carga hasta que no aguantan más el peso. Las tareas del campo son arduas, pero las condiciones laborales de los animales suelen ser peores. “El arado va, como una tosca arma de guerra, a la labor alegre de la paz”, atado a sus cuellos. A algunos, cuando ya son viejos o inútiles, los abandonan en el moridero, o incluso mueren apedreados por los niños.

Por otra parte, Juan Ramón frecuenta más a los animales y a los niños que a sus vecinos adultos. “Entre niños, Platero es de juguete” pues “¡Con qué paciencia sufre sus locuras! […] ¡Cómo los asusta, iniciando, de pronto, un trote falso!”. Además, quién mejor que Platero para hacer de camello el Día de Reyes. Sin embargo, la mayoría del tiempo suelen dejarlo pasar solos, Platero a su aire, bebiendo “dos cubos de agua con estrellas”, y Juan Ramón escribiendo en sus diarios, o buscando la inspiración en el paisaje que le rodea.

Gran conocedor, y quizá por ello amante, de la naturaleza, parece capaz de reconocer y diferenciar a todo árbol o ave que se cruce en su camino. El canto de estas es una constante durante el libro, como aquel de los gorriones que “contentos, sin fatales obligaciones, sin esos olimpos ni esos avernos que extasían o que amedrantan a los pobres hombres esclavos, sin más moral que la suya ni más Dios que lo azul, son mis hermanos, mis dulces hermanos”.

Sin embargo, no todo es idilio, o lo es pero con matices, con luchas. Y es que en “este breve libro, en donde la alegría y la pena son gemelas”, asistimos como invitados de lujo a un festival de colores que, símbolos de la vida y belleza, luchan contra la negrura de la muerte. Ambas tienen su peso en la obra. Sin embargo, no existe en él, al contrario que en las fábulas, moraleja alguna. No es, tampoco, ninguna oda a la tierra o a la amistad, sino una elegía, es decir, el “sentimiento de la vida verdadera”.

Y es que la muerte, ese “mal viento negro”, y la alegría no son necesariamente incompatibles. Tal parece decirle Juan Ramón a Platero cuando le dice que “puedes vivir y morir contento”. Finalmente, al morir Platero, Juan Ramón le sitúa en el cielo de Moguer, cielo tan parecido al de San Manuel Bueno, mártir, pues: “Va a tu alma, que ya yace en el Paraíso, por el alma de nuestros paisajes moguereños, que también habrán subido al cielo con la tuya”. Allí espera encontrarle Juan Ramón leyendo este libro suyo, ya que ahora “puedes entenderlo”.

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2 comentarios en “Platero y yo (1914), de Juan Ramón Jiménez.

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