Los vástagos de Baco.

Salimos del Taburete con la panza henchida, cabizbajos, tambaleando los pies o el Mundo abajo. Tocados por la serenidad aun en la ebriedad que nos es más propicia, caemos desangelados en los vórtices amargos a los que nos remontamos, erráticos, perdidos, sin ningún punto de referencia que no esté marchito entre el polvo de las eras.  Sobre nosotros, abriendo sus labios, de las farolas emergen pontifiques inexpugnables salvo juguetón achinado. Pasan la mano sobre lo poco que queda de noche, acariciando la cabeza a sus hijos noctámbulos, bendiciéndonos.

Con alaridos, a veces trocados en ráfagas más sintetizadas, el edificio se enfrenta contra el remanso del Río Grande. Tras su puerta, bajo el neón, quedan las riquezas del Nuevo Mundo, la galera 3.0 y el Cacique de ocho caras bebido contemplando esos ojos cactus con rimel por espinas. Aunque muchos son ya los ángeles caídos, enciendo otro para que camine conmigo, saboreando mis recuerdos alejándonos de allí, no sin antes sacar del calcetín más bolsillo un oscuro.

A mi lado, envueltos en otro humo, dos entelequias respetan mi silencio por estar inmiscuidos en el suyo. Me imagino las voces de sus narradores, quizás mejor dotados para este arte sin saberlo. Es imposible negar que los tienen, fruto consciente de la constancia. Nos obligo a la misma realidad silbando, pese a lo mal que lo hago.

-¿Destino? -preguntó tras acabar de destrozar Sunshine, Lollipops and Rainbows.

-El que digáis.

-Yo soy más de creer en el libre albedrío. Si acaso el diablillo…

-¿Qué os parece probar en el Averroes? El guiri nos lo ha recomendado con bastante fervor.

-A mi una copa dentro me mata.

-A mi lo que me mataría es verte muerto, pues estamos anclados, como Didi y Gogo.

-Vagar, pues.

-Como queráis.

-La noche es joven y nosotros verdes, hagamos caso a nuestra indecisión. Comprobemos, eso si, antes el nido.

Llegamos en recodos a un arbusto apático, acostumbrado al orín y al riego impersonal del plástico. La rueda Fortuna se ha quedado encajada en nuestra casilla, la botella en pie entre el fango, tan profusamente herida como la dejamos. No hay hielos, por lo que habrá que coger un poco de frío del que nos rodea. Ayuda la mezcla, dádiva que rescatamos de la escoba de un crupier y su fluorescencia municipal.

Con renovadas olas nos sacude, como si fuese néctar o ambrosía. Sacándonos de nuestro letargo, no deja sin embargo hueco a éxtasis alguno, quizás por la oquedad que nos es propia. Llevamos todo el día alternando, pero queremos seguir y hablar de Wallace y de Bruce. Nada insta a que paremos. Al fondo, un trovador se sirve de métricas del XXI para mover cuellos a su alrededor. Titiritero, recicla a Nujabes pero al estilo feudal, lejos de la época Edo y los cuadros de hilos. El que se hacía llamar Didi, pues su nombre real era tan secreto que ni se lo diría a Isis aunque le envenenara, se muestra interesado, aunque nos pregunta a nosotros:

-¿Es trap o cantar de gesta?

-Ni idea. Quizá ambas. -responde el otro.

Se nos acaban las esquinas que ningún arquitecto es capaz de reponer. Ajenos a donde vamos, debatiéndonos internamente el por qué, desembocamos en la avenida de Hércules, heroicos por el simple hecho de sostenernos. Esta es nuestra tarea, incomparable a cualquier docena. En bucle, como las águilas a las entrañas de Prometeo, lo que hoy bebemos mañana no será sino volver a tener que empezar pero con menos ganas. Nos anclan las piernas, el alma y las alas que acudieron en nuestra ayuda, sin el ingenio suficiente como para devolverle a Atlas el peso, sin posibilidades que no sean irrisorias o vanas. Enfrente, nos saluda la niebla, a la que entramos, a la manera de los sueños, entregándonos.

Al principio es si acaso todo un amago, como si mi cigarrillo hubiese contenido varios o nos rondasen fumando un par de espectros. Nuestros pasos, mudos y bebidos, nos introducen poco a poco en su seno tan fértil que parece retrotraído desde el Tenchikaibyaku. Los rayos, antiguamente poderosos en manos de  Zeus modernos, llueven ahora sin definirse, tímidos. No obstante, anaranjada se muestra la niebla por su efecto. Cada paso la hace más inabarcable, como el universo en la niñez.

Los álamos flanquean el camino viroteándonos con sus ramas, pero pronto la niebla les obliga a guardar sus ballestas. Nada nos extraña, quizás por nuestra condición de turistas, más maravillados que con miedo, hasta que somos incapaces de vernos salvo pegados. Entre mis dedos indistinguible, apenas lo intuyo cuando me acerco el punto rojo a los labios.

Pese a que nos mantuvimos todo el rato lo más cerca que supimos, andando al mismo tumbo y sentido, comienzan a llamarse a gritos entre sí, tratando de encontrarse, incapaces de conseguirlo. Pronto apenas se les oye, ocultos hasta para el sexto, tan perdidos como yo, que he sido tragado sin remedio. Me quedo solo, implorando en mi vorágine el cese de la calígine. Nada ocurre salvo que, desconectadas las antorchas eléctricas, irrumpe un amanecer gris que arrasa con todo.

Contra los adoquines, vacío, pretendo estallar el vaso, mas se sumerge sin hacer ruido. Quizás sea la niebla taponándome los oídos, quizás lo infinitamente lejos del suelo, que apenas logro tocar con los pies. Ando recto pese a las eses, aunque bien podrían ser círculos lo que narro. Herida, se sucede la eternidad sin mucha inclinación, pero decayendo sin dudas. Empecé a temer si acaso el Limbo por mi escasa flexibilidad, al Niflheim por su dragón. Las tinieblas, como si fuesen un juego, me hacen perder el equilibrio. Vomito.

Al punto la niebla se disipa. Casi no me he dado cuenta, la manga tapando la boca y parte de los ojos. Observo ahora que lo que me rodea no es Sevilla, sino nada. Un ser, inefable, dormita sobre una mesa. Aprovecho su cachiporra para dar con la cabeza. “¡B-12!” grita mientras sangra rodeado de mil cuervos. Me pregunta, se amarra a mi chaqueta, salpica el espejo. Finalmente se cae y es socorrido por nada más y nada menos que Didi y Gogo, redentores al alba del quinto día. No entienden lo que digo, mis justificaciones balbucean por sus oídos, compungidos. Me arrancan de su lado, ambos.

Un ascensor con luces y baches me lleva al cielo, túnel blanco mezclado de azul. Allí sus empíreos habitantes maldicen a un monstruo que desconozco, tal vez al que he matado. La nada vuelve en parpadeos, alternando lo sensible. Veo unos ojos sonriendo. Nada. Una mano acariciándome como si fuera un gatito panza arriba. Nada. Al final, cansados de mis interrupciones, me arrastran a un foso, en el cual perezco.

Al salir de tan profundo agujero, que yo suponía un Leteo definitivo, el hospital me echó. Sevilla era de nuevo una ciudad desconocida para mi. Tristón, ningún transeúnte me enseña un cigarro que motive mi gorroneo, aunque me reencuentro con mis amigos. Compran un litro, Excálibur enroscado para mis fuerzas escogidas. Según Didi, y asentido por Gogo, la niebla fue, si acaso, el esmog propio del oscuro, y un ratito que me quedé callado.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s