Grandes obras que deberías leer: Nada (1944), de Carmen Laforet.

Nada no es, como ninguna de mis novelas, autobiográfica, aunque el relato de una chica estudiante, como yo fui en Barcelona, e incluso la circunstancia de haberla colocado viviendo en una calle de esta ciudad donde yo misma he vivido, haya planteado esta cuestión más de una vez”. Sin embargo, existen otras semejanzas destacables entre Andrea, la protagonista y narradora, y Carmen Laforet, su autora: las dos son huérfanas de madre, ambas ven en la religión católica algo “enmohecido” (Laforet se convirtió al cristianismo años más tardes de escribir Nada, hecho que marcará su obra posterior), ninguna acabó la carrera que fue a estudiar a Barcelona…

A los veintiseis años, con esta su primera novela, Laforet gana el Premio Nadal de 1944 y el reconocimiento del público. La clave de su éxito, una prosa que, además de retratar fielmente las crudas condiciones vitales de la posguerra española, participa a los lectores de las divagaciones de corte existencial de su narradora, Andrea, que rememora para nosotros un periodo turbio de su juventud en aquellas calles, un periodo lleno de carestías e inestabilidad emocional.

indice

En Nada, pese a que “siempre se mueve uno en el mismo círculo de personas por más vueltas que parezca dar”, Andrea alterna tres mundos completamente distintos: el infernal de la casa de sus parientes, situado en la calle Arribau, a donde Andrea va a parar procedente de un pequeño pueblo; el fraternal de la universidad y sus amigos; y, por último, el de los vagabundeos solitarios por la gran Barcelona, cuyo cielo le hace sentir “pequeña y apretada entre fuerzas cósmicas como el héroe de una tragedia griega”.

La familia vive en un ambiente decadente, reinando ahora la pobreza y el polvo entre los vestigios de un pasado mejor, pues constantemente se venden objetos al trapero para tener algo que comer. En la casa “el aire está siempre lleno de gritos… y eso es culpa de las cosas, que están asfixiadas, doloridas, cargadas de tristeza”. En sus mejores momentos, tienen “semejanza con cualquier tranquila y feliz familia, envuelta en su pobreza sencilla, sin querer nada más”, aunque estos intervalos no sean sino pausas, preludios de una tormenta mayor.

La abuela de Andrea, es el prototipo de la bondad. “Nunca ha salido de casa y, sin embargo, entiende todas las locuras y las perdona”. Un tanto demente, aquejada por el frío y el hambre, va dejando “olvidados” los churruscos de pan que le corresponden, dejándoselos a los más hambrientos. Ella nos cuenta que, cuando un miliciano le dijo durante la guerra que no debía creer en Dios, le respondió: “entonces yo soy más republicana que usted, por que a mi me tiene sin cuidado lo que los demás piensen; creo en la libertad de ideas”.

La tía Angustias, su tutora legal, quiere ver a Andrea “modosa, cristiana e inocente”. No le gusta que vaya “sola, hija mía, como si fueras un golfo. Expuesta a las impertinencias de los hombres”, mucho menos que Andrea guste de esta soledad. Ella, por su parte, odia su falsa moral, por lo que no acepta su autoridad. La ve como el máximo exponente de aquel puritanismo que solo es público, es decir, aquel basado en las apariencias propias y, especialmente, en criticar la de los demás. Cuando finalmente Angustias se va de la casa, ya sea a un convento o con un amante que no reconoce públicamente por estar casado, Andrea se siente liberada.

Los hermanos, sus tíos Juan y Román, tenían buenos cargos con la República. Ahora uno es pintor, de escaso talento y el otro, que vive en el mismo edificio pero aparte, es contrabandista, y guarda el dinero para sí. A Andrea le atrae y le repulsa a partes iguales, mientras que por Juan no siente sino una mezcla de asco y pena.

Román cree manejar a todos los de la casa, incluidos sus pensamientos. Al parecer, él sí que tuvo éxito artístico, ya sea pintando cuadros (como un desnudo que hizo tiempo atrás a la mujer de Juan, fruto de las desavenencias entre hermanos) o como músico. A veces toca en el piano, frente a una embobada Andrea, su himno en honor a Xochipilli, el dios azteca de las flores y los juegos. Román dice que este ídolo un día se cansará de sus ofrendas, y que le pedirá el cerebro de Juan o el corazón de Gloria como sacrificio.

Para esta última, mujer de Juan y madre de su hijo, la casa si que es un verdadero infierno. Salvo el pequeño, la abuela y Andrea, los demás son respecto a ella hostiles. La criada, Angustias y Román la insultan constantemente, tildándola de mala mujer. Su marido la pega constantemente por sus escapadas nocturnas. Del “lío” que tuvo con Román, Andrea tarda mucho más tiempo en darse cuenta que el lector, que lo intuye desde las primeras páginas. Gloria piensa constantemente en huir de allí, pero nunca lo hace.

Un día, estando el niño muy enfermo, Gloria se va de casa en mitad de la noche. Juan la sigue lleno de furia asesina, enajenado, incapaz de darse cuenta siquiera de que Andrea le está siguiendo. Al encontrarla, descubre la verdad: Gloria es la que sustenta a la familia, lo que consigue apostando/timando a las cartas en un tugurio de dudosa reputación del barrio Chino, aquel que Angustias considera repleto de “perdidas, ladrones y el brillo del demonio”. Sus cuadros no los compra nadie, pero su mujer no se atrevía a decírselo.

arribau
Foto de la barcelonesa calle de Arribau

Frente a la “vida oscura de mi casa”, aparecen sus amigos. En la Universidad conoce a la que será para Andrea, la perfección: su amiga Ena. Con ella pasea, estudia, viaja. Es feliz cuando está con ella, triste cuando su amiga lo está. La tiene en mente permanentemente, sobretodo a partir de que Ena comience a quedar con Román, la peor influencia posible, y que acabará siendo el fruto de desavenencias entre las amigas.

Gracias a ella, y a un pretendiente, conoce a la alta sociedad catalana, “un mundo alegre e inconsciente […] que giraba sobre el sólido pedestal del dinero”. Hace sus primeras incursiones en el amor y la sexualidad, aunque con escasos resultados. Y es que “yo era neciamente ingenua en aquel tiempo – a pesar de mi pretendido cinismo – en estas cuestiones”. Llegó a pensar que “tal vez el sentido de la vida para una mujer consiste únicamente en ser descubierta así, mirada de manera que ella misma se sienta radiante de luz”, aunque luego se sintió defraudada.

El tercer elemento de su vida lo constituyen sus paseos por Barcelona. El cambiante cielo sobre los altos edificios, sus calles antiguas, sus oscuras catedrales… En todo va Andrea infiltrándose, es decir, poniendo en el paisaje el estado de ánimo propio, formando una descripción subjetiva del mismo, idea que Laforet llega a poner en boca de otro personaje. Esos vagabundeos, que dedica a pensar o a tratar de dejar de hacerlo mientras descubre la ciudad, son los más poéticos del libro.

Sin embargo, la casa y sus habitantes, aquellas figuras “alargadas, quietas y tristes” que “llevaban cada uno un peso, una obsesión real dentro de sí, a la que pocas veces aludían directamente”, acaban por “constituir el único interés de mi vida”. Andrea, relegada a un segundo plano por ella misma, se justifica diciendo “unos seres nacen para vivir, otros para trabajar, otros para mirar la vida. Yo tenía un pequeño y ruin papel de espectadora. Imposible salirme de él. Imposible liberarme”.

Así mismo, las condiciones vitales de Andrea no son, ni mucho menos, las ideales El hambre la acucia, provocándola dolores de cabeza, insomnio, sensación de perder la cabeza. “Un hambre que a fuerza de ser crónica llegué casi a no sentirla”. Por su parte, el frío se filtra a través de sus ropas gastadas y sus propios sentimientos la confunden, cerca ya del “mundo un poco fantasmal de las personas adultas”, que no llega a aceptar del todo.

Se vuelve poco a poco más débil y sensible, cansada del “aspecto de tragedia que tomaban los aspectos más nimios”. El resultado es que Andrea se sienta triste en la ciudad en la que se había imaginado tan feliz. A veces, para comprar regalos a sus amigos, pasa más hambre aún. Siente que, en algunos momentos, “la vida rompió delante de mis ojos todos sus pudores y apareció desnuda, gritando intimidades tristes, que para mi solo era espantosas”.

laforet

Finalmente, Andrea resurge de su crisis: “Me di cuenta de que podía soportarlo todo: el frío que calaba mis ropas gastadas, la tristeza de mi absoluta miseria, el sordo horror de aquella casa sucia”, aunque durante la novela se suceden constantemente la alegría y la tristeza. Y es que piensa que, más allá del cine o la novela, no existen existen finales, sino que “todo sigue, se hace gris, se arruina viviendo”.

Andrea, muy inestable tras el suicido de su tío Román, acaba viendo “horizontes de salvación” en su amiga Ena, que le ha conseguido un trabajo en Madrid. El libro acaba como empezó, con un viaje. “No tenía ahora las mismas ilusiones, pero aquella partida me emocionaba como una liberación”.

Esta novela, brillante, muestra a una joven en perpetuo conflicto con la realidad. La vida, tan compleja en una ciudad, tiene sus momentos bellos. Otras veces se ve reducida a sobrevivir. Pero,“¿Quién puede entender los mil hilos que unen las almas de los hombres y el alcance de sus palabras? No una muchacha como era yo entonces”.

Anuncios

1 Comment

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s