Black Mirror: La ciencia de matar.

En los albores de su andadura por la Tierra, el mono desnudo descubrió, quizás de casualidad (como plasma Kubrick en su magnífica 2001:Odisea en el Espacio), que los conflictos se ganaban más fácilmente con un objeto contundente en la mano. Las armas permitieron salvar ventajas biológicas con respecto a animales mejor dotados por la naturaleza para matar, permitieron cazar animales tan gigantescos como temibles. Pero, unidos contra “otro grupo”, los humanos también se mataban entre sí, no siempre por cuestiones relacionadas con la supervivencia.

Con el paso de los siglos, la fuerza y la destreza fueron perdiendo importancia ante dos factores: la sofisticación de las armas y la estrategia militar, evolucionada a partir de las técnicas de caza. Hoy en día, el aparato militar incluye a matemáticos, ingenieros, químicos, programadores… Ya ni siquiera hace falta que estés en una guerra para que te maten en una.

Sin embargo, siguen siendo necesarias personas dispuestas a ir a una guerra. Y es que, si eres alguien que quiere ganar o no perder una guerra (algún militar de rango alto que decida el futuro de él y/o sus hombres), el primer problema que tienes que solucionar es que tus subordinados te obedezcan y que, ya sea el miedo o los principios, nada le impida matar al “malo” cuando se encuentre frente a él. Si nadie disparase o apretase un botón, las guerras no existirían o durarían para siempre.

Más allá de la inmemorial costumbre de castigar o ahorcar a los desertores o miedicas, en este sentido el proyecto de la CIA conocido como Mk-40 sería, para este episodio de Black Mirror, el primer intento científico de acabar con este problema. Y es que, teorías conspiranoicas aparte, se sabe que entre los objetivos de la agencia americana estaban ayudar a los soldados, ya fuese a los suyos en el combate o a los prisioneros del otro bando a desembuchar. Por ejemplo, usando drogas como el LSD, bien acompañadas de palizas.

Charlie Brooker, el ideólogo de la serie, lleva a cabo el segundo y definitivo intento: la máscara. Y, como no podría ser de otra manera en esta serie, la solución la da la tecnología. Ya no pasará como en Vietnam, cuando los soldados “volvían con la cabeza hecha un lío” a casa, adictos a la heroína e incapaces de volver a vivir en sociedad. Ahora la máscara les devuelve ilesos, con la cabeza en su sitio.

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En un futuro que no parece muy lejano, el escuadrón del recluta Stripe (Malachi Kirby) tiene que salir de misión. En un pueblo cercano han robado comida. Como no, han sido las “cucarachas”. Mientras el espectador se pregunta a quienes o a que llaman así, un aldeano informa a la comandante (Ariane Labed) de que puede haberlos dado cobijo un pirado religioso que vive en un lugar apartado.

Ante la mansión del sujeto, los soldados utilizan la máscara para ver, al más puro estilo Call of Dutty, los planos del edificio, así como lo que ve el dron de combate. También tienen mejoras en la puntería, como si tuviesen una especie de joystick mental. La verdad es que, bajo la dirección de Jakob Verbruggen, las partes puramente bélicas del capitulo están muy conseguidas.

El aparentemente pirado les deja entrar. Mirando la cruz de la pared, la comandante habla con él tratando de convencerle de que le diga donde están las cucarachas, pues “esa mierda que llevan en la sangre, esa enfermedad que transportan, es indiferente a la santidad de la vida” en la que él cree.

Mientras tanto, los soldados se distribuyen para inspeccionar la zona. Stripe y su compañera Raiman (Madeline Brewer) descubren una falsa pared. Dentro se esconden lo que parecen ser tres infectados (pues no parecen tan muertos como para ser zombies) que se aplastan asustados contra la pared. Stripe no duda la primera vez y dispara a uno en la cabeza. Mientras su compañera persigue sin éxito a la otra cucaracha, Stripe forcejea con la restante, matándola con su cuchillo finalmente. Lleno de adrenalina, sigue acuchillando pese a que ya no hace falta.

Antes de que arresten al humano pro-cucarachas y quemen la casa, Stripe recoge del suelo un objeto que esgrimía uno de ellos. La curiosidad le hace cometer el mayor “error” de su vida: mirar a las tres leds verdes del aparato. Tratando de reponerse del repentino dolor de cabeza que le ha provocado esto, Stripe no está tan contento como creen sus compañeros que debería estarlo, pues matar a dos la primera vez no es si no de “cabrón con suerte”.

Los dolores pasan a ser más frecuentes, y empiezan a provocar fallos en la máscara. Como el médico no ve nada mal, le manda al psicólogo. Él tampoco encuentra nada, pues Stripe le dice que fue “rápido y en defensa propia”, y que es normal que sintiese alivio, pues era una situación de máxima tensión. El psicólogo le recomienda que se sienta orgulloso y, de regalo, le sube la “potencia” de los sueños eróticos con los que Stripe duerme cada a noche. El sueño se convierte en una orgía con cinco o seis mujeres. La paranoia, debida a los problemas de la máscara, es que son la misma. Como un virus, el efecto de los leds merma la utilidad del acondicionamiento.

La segunda misión les lleva a un bloque de edificios abandonados en mitad de la nada. De repente, Raiman y Stripe ven como la comandante cae abatida de un certero disparo a la cabeza. Entran disparando a las ventanas aunque, para exasperación de Raiman, Stripe está bastante patán. Tiene interferencias en la máscara que le hacen escuchar a los pájaros, oler la hierba, lo que antes no pasaba cuando estaban de maniobra o de misión. Arriba Stripe descubre a una civil desarmada. Llega su compañera y la dispara, como hace con cuatro o cinco más que ahí se escondían, Stripe, pensando que se ha vuelto loca, la noquea, consiguiendo salvar a una mujer y a su hijo, aunque se lleva un disparo en la trifulca.

Ella, mientras buscan un sitio seguro, le acaba diciendo lo que el espectador ya sospechaba: que los tres puntos verdes del leds eran un arma, es decir, una especie de transmisor que produce interferencias con el sistema de la máscara y lo desconecta. Raiman no estaba loca, sino que veía cucarachas, ya que lo que hace cucarachas a la gente es un producto de la deformación de la realidad que lleva a cabo la máscara. Controlan lo que ve para que disparen sin dudar, pues es más fácil apretar el gatillo cuando es un monstruo lo que tienes delante.

Todo empezó con los planes de clasificación, las pruebas de ADN y el registro. Luego les llamaron “sucias criaturas” por la televisión. Los altos cargos del mundo, acompañados de sus escuderos, los medios de comunicación, dicen que tienen una enfermedad contagiosa en la sangre.

Raiman les descubre y mata a la mujer y a su hijo, devolviendo a Stripe el golpe. Él, antes de caer desplomado le dice “nada es verdad”, a lo que ella responde con un seco “te jodes”. Cuando vuelve a abrir los ojos, Stripe está en una celda de aislamiento acompañado del psicólogo, ferviente seguidor de la cruzada anti-cucarachas. La justifica enumerando las taras de estos individuos tan despreciables: coeficiente intelectual bajo, enfermedades hereditarias, perversiones sexuales… Le dice que la máscara es su amiga, que con ella “no oyes los fritos, no hueles la sangre y la mierda”.

El psicólogo le muestra una grabación en la que el recluta acepta un contrato bastante sospechoso. Stripe no se acuerda de esto, pero en la grabación se le dice que “no recordará esta conversación”, así como que no le parecerán raras las alteraciones que produce la máscara. A Stripe se le ve sonriente, un tanto tonto, la verdad.

Le dice que a partir de ahora tiene dos opciones: el reimplante de la máscara, premiado con el olvido, o ver durante lo quede de vida en una celda la escena en la hundía una y otra vez el cuchillo en el cuerpo de la cucaracha muerta. El problema para Stripe es que ahora no ve a una cucaracha, sino a un joven asustado. El episodio acaba con Stripe reuniéndose con la mujer de sus sueños, también producto de la máscara.

En este episodio, Brooker vuelve a poner en un determinado avance tecnológico el fin de la libertad humana. Y es que, alejándose de cualquier deje de humor (pese a lo sórdido del tema, todo el mundo recuerda al cerdo con una sonrisa) y de los finales felices de Nosedive o San Junipero, no hay redención posible para Stripe, solo el martirio continuo o vivir en una mentira. Como en Huxley u Orwell, la tecnología ayuda a la élite malvada en su lucha por anular el intelecto y los sentimientos humanos, por dejar tan solo en pie un ser que, sumiso e insensible, haga las fechorías que ellos juzguen necesarias. El caso es que no se cuestione lo que está haciendo y que, sobretodo, apriete el gatillo y liquide al malo.

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