San Manuel Bueno, mártir (1930), de Miguel de Unamuno.

Miguel de Unamuno nació en Bilbao en el año 1864. Estudió filosofía y letras, versando su tesis sobre los orígenes del pueblo vasco. Perteneciente a la generación del 98, entre sus obras cabe destacar a la novela Paz en la guerra (1897), al ensayo Del sentimiento trágico de la vida (1912) y a su nívola Niebla (1914), dónde da realidad objetiva a su protagonista, Augusto Pérez, y obliga al lector a adoptar un papel activo en la lectura. Y es que para Unamuno la novela es un vehículo capaz de establecer un dialogo verdadero entre lo escrito y quién lo lee, siendo el lector quien posibilita que los personajes vayan cambiando (al entenderles mejor poco a poco) y quién luego reinterpreta y da sentido a la obra, la cual completa y supera mediante su imaginación y experiencia.

Más allá de su obra filosófica y literaria, a Unamuno se le recuerda como un gran agitador de la consciencia española. Y es que, por su independencia política, fue cesado tres veces de su cargo de rector de la Universidad de Salamanca. En 1920, tras meterse con su majestad, Alfonso XIII, por el desastre de Annual, tuvo que irse a Canarias. Años más tarde, cuando subió Primo de Rivera al poder, fue en París donde se refugió, por miedo a represalias. Y es que “no podía callarme ni dejar de acusarles”.

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Años más tarde, la Segunda República le nombra ciudadano honorífico de la nación (también fue diputado por Salamanca). Parecía que Unamuno podría ya dar clases con cierta estabilidad pero, como se metía también con la nueva clase política, que poco a poco le iba desencantado, tuvo otra vez problemas. Inicialmente apoyó el alzamiento franquista aunque, como seguía diciendo lo que quería, dando palos a diestro y siniestro, y a muchos de sus amigos los fusilaron, Unamuno cambió de opinión. Tras decir en un acto oficial de la Universidad que “venceréis, pero no convenceréis “, el pensador bilbaíno murió finalmente en 1936 bajo arresto domiciliario, mientras el país cogía las armas y se mataba en una guerra fratricida.

Hoy vamos a hablar de su novela San Manuel Bueno, mártir, escrita en 1930. La acción transcurre en un pequeña aldea llamada Valverde de Lucerna, donde la vida transcurre mansamente junto a un lago y una montaña. En el lecho del lago, se halla sumergida una villa, tal y como narra la leyenda zamorana de la que Unamuno sacó la historia. Según esta leyenda, en la que se entremezcla paganismo y religión católica, un día un mendigo (que resultó ser el propio Jesucristo) pidió limosna por el pueblo. Ante la falta de caridad de sus habitantes, el mendigo tocó con su cayado el suelo y abnegó el pueblo como castigo. La cultura popular dice que todavía pueden oírse sus campanas sumergidas en la noche de San Juan.

Narrado por Ángela Carballino, el libro está escrito a modo de confesión, pretendiendo transvasar a estas memorias su consciencia, con el objetivo de quedarse sin ella. Es, así mismo, un relato de la “santidad ajena”, es decir, de la vida y obra del párroco de su pueblo, San Manuel Bueno, al que considera su padre espiritual. Constituye, por lo tanto, una especie de evangelio de Bueno-Jesucristo, pues, además de constantes citas del Nuevo Testamento, se ve a Bueno imitar o repetir lo que dijo Jesús o sus actos. Así mismo, Ángela tiene miedo de la Iglesia, pues en el libro, en su confesión, lo que confiesa es que Bueno tenía un secreto, un secreto que tan solo ella y su hermano Lázaro conocían que, por su carácter perturbador, puede hacer que la Iglesia deje de considerar a Bueno un santo.

Desde el principio Bueno se nos aparece como un cura de lo más heterodoxo. Por ejemplo, una vez un juez le pidió que le ayudase para hacer que un reo confesase, pero él se negó diciendo que “yo no saco a nadie una verdad que le lleve acaso a la muerte. Allá entre él y Dios”. Incluso le recuerda eso de “no juzgar para no ser juzgados”, aunque por su profesión al juez le sea difícil. Por otra parte, en sus sermones no declamaba contra “impíos, masones, liberales o herejes”, pues sabía que las persecuciones se deben más a la “manía persecutoria” que a la naturaleza de lo perseguido. Así mismo opina que los que van a él creyéndose poseídos o endemoniados “no son sino histéricos y a las veces epilépticos”.

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Para él lo primero es la felicidad del pueblo, rechazando de plano la idea católica de que la vida es un valle de lágrimas al que hemos venido a sufrir. Y es que, aunque se nos dice que Bueno podía haber ascendido en la jerarquía de la Iglesia, se quedó en el pueblo “con los suyos”. El pueblo, por su parte, se lo paga llenando la Iglesia los días de misa, aunque solo sea para escuchar “su voz divina, que hacía llorar”. Cristianos o no, todos atienden a “la dulce autoridad de sus palabras” y “los más no querían morirse sino cogidos de su mano como de un ancla”. Su mayor seguidor es Basilio, el tonto del pueblo, que repite todo lo que dice con tono dramático, especialmente eso de “Dios mio, Dios mio ¿Por qué nos has abandonado?”.

Por otro lado, Ángela nos dice que desde muy pequeña se ha mostrado interesada por los temas más graves, introducida a ellos por la literatura. Tras haber estudiado en una escuela de monjas por orden de su hermano Lázaro (que lo entiende como un mal menor, pues no existen “colegios laicos y progresivos, mucho menos para señoritas”), a los dieciséis años vuelve al pueblo, donde todavía vive su madre. Una vez allí, confiesa a Bueno sus dudas existenciales, pero obtiene una respuesta inesperadamente cortante, diciéndole que esas dudas vienen a partes iguales de los libros y del demonio, despidiéndose diciéndole que va a curar a “enfermos de verdad”. Así mismo, al preguntarle que si existe el infierno, Bueno responde misteriosamente que “hay que creer en el cielo, en el cielo que vemos”.

Extrañada por el trato recibido, la joven se empieza a interesar más y más por el párroco, al que todos consideran un santo. Así, siguiéndole durante su jornada, observa que siempre está ocupado: dando la misa, socorriendo a los enfermos, ayudando a los labriegos en las tareas del campo… Y es que Bueno rechaza la vida del asceta pues, como el mismo dice, “no podría soportar las tentaciones del desierto”. Para él el mayor pecado es la pereza, especialmente el “pensamiento ocioso” que o bien no pretende llegar a conclusión alguna o incide demasiado en el pasado sin voluntad de cambiarlo, pues “no hay peor que remordimiento sin enmienda”.

Tras pensarlo detenidamente, Ángela llega a la conclusión de que lo que ocurre es que Bueno no soporta la soledad, que huye de ella, que “la alegría imperturbable de Don Manuel era la forma temporal y terrena de una infinita y eterna tristeza que con heroica santidad recataba a los ojos y a los oídos de los demás”.

Lázaro, el hermano de Ángela, vuelve a casa del Nuevo Mundo lleno de ideas progresistas, con el firme propósito de alejar a su familia de los “zafios patanes” del pueblo. A él, ateo, Bueno le parece otro “ejemplo de la oscura teocracia en que él suponía hundida a España”. Sin embargo, al conocerle, cree que “es demasiado inteligente para creer lo que enseña”.

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Todo cambia cuando muere la madre de ambos pues, ya moribunda, hace prometer a Lázaro que rezaría por ella. Así, el hermano de Ángela pasa a ser un amigo de Bueno, con el que se pasa largas veladas paseando o discutiendo cuestiones teológicas. Por su parte, Bueno dice que la madre no se va con Dios, sino que verá al Altísimo desde el propio pueblo, pues piensa que se queda en su tierra en cuerpo y alma.

Todo el pueblo, especialmente Ángela, se lleva una alegría enorme cuando Lázaro se convierte al cristianismo y lleva a cabo el rito de la eucaristía. Sin embargo, la alegría dura poco. Y es que, al llegar a casa, Lázaro le confiesa que todo ha sido una farsa, que él sigue siendo tan ateo como siempre. Pero esto no queda aquí, hay algo más, algo mucho más perturbador: el propio Bueno no cree en Dios, solo finge para dar alegría al pueblo. Este es el secreto de Bueno, ahora revelado.

Sin embargo, para Bueno su posición no es ni mucho menos hipócrita, pues considera que “todas las religiones son verdaderas en cuanto hacen vivir espiritualmente a los pueblos que las profesan, en cuanto le consuela de haber tenido que nacer para morir […] aunque el consuelo que les doy no sea el mio”. Por su parte, su consuelo es hacer lo propio con los demás, es decir, que considera que su labor no es repetir los dogmas de la iglesia, ni ganar almas para el cielo o recaudar el diezmo, sino “hacerles que se sueñen inmortales y no para matarlos”. Por lo tanto, no creyendo en la inmortalidad del alma, Bueno fortalece esta creencia en los demás.

Por otra parte, utilizando la metáfora de Marx (la celebérrima “la religión es el opio del pueblo”) Bueno llega a una conclusión completamente opuesta, pues piensa que hay que dárselo “y que duerma y sueñe”, es decir, que hay que mantenerle “en la ilusión de que todo esto tiene una finalidad”. Vivir, con tranquilidad y sencillez, en el pueblo, donde se forma parte de la naturaleza pero no de la historia. Y es que, “la verdad, Lázaro, es acaso algo terrible, algo intolerable, algo mortal; la gente sencilla no podría vivir con ella”. Por lo tanto, al pueblo “lo que hace falta es no despertarle”. Al parecer el propio párroco, más allá de la metáfora, usaba esta sustancia para dormir.

Y es que, citando La vida es sueño, de Calderón de la Barca, Unamuno pone en los labios de Bueno la siguiente frase: “el delito mayor del hombre es haber nacido”. La cura, la redención, no puede ser otra de la muerte. Quizás por esta idea Bueno reconozca que su mayor tentación es el suicidio, tentación que le viene de su padre y que el achaca al tedio que siente. Así mismo, define su vida como “una especie de suicidio continuo, un combate contra el suicidio, que es igual”, teniendo que luchar día a día contra la influencia que ejerce en él la “quietud del lago”, aunque no se suicide por que no quiere abandonar al pueblo, que tanto le quiere.

Ángela se encuentra ahora completamente perdida. No es para menos, pues su padre espiritual no cree en Dios. Ángela pasa a pedir no solo por la conversión (autentica, claro) de su hermano Lázaro, sino también por la del propio Bueno, con el cual comienza no solo a confesarse, sino a recibir también sus confesiones. Él le dice que crea, que entierre las dudas que tenga, que se case y tenga hijos, pues “hay que vivir”. Al absolverle de sus pecados, ella siente como se le “estremecían las entrañas maternales”, pues “empezaba yo a sentir una especie de afecto maternal hacia mi padre espiritual: quería aliviarle del peso de su cruz de nacimiento”. Bueno le llega a pedir que rece por “nuestro señor Jesucristo”.

A punto de morir, lo único que Bueno desea es “dormir por toda una eternidad y sin soñar, olvidando el sueño”. Se despide del pueblo diciéndoles: “sed buenos, que con eso basta”. Finalmente muere en el púlpito con Basilio de la mano, que deja el mundo a la par que el sacerdote, mientras el pueblo entona el credo.

“El pueblo todo se fue enseguida a la casa del santo a recoger las reliquias”. Lázaro y Ángela se quedan muy apenados, aunque el primero está feliz por que dice que Bueno le ha resucitado, pues ganó “con la verdad de la muerte a la razón de la vida”, dándole fe en el “contento de la vida”. No pasará mucho tiempo hasta que Lázaro muera, dejando a Ángela sumida en la soledad (“quedé más que desolada, pero en mi pueblo y con mi pueblo”) y en la incertidumbre, pues “no sé que es verdad y que es mentira”.

Al final de la novela, después de que Ángela nos haya contado todo, aparece el propio Unamuno, quien nos dice que el libro es una oda al pueblo llano que “en los lagos y en las montañas, fuera de la historia, en divina novela, se cobijaron”. En este sentido, el libro versa sobre la intrahistoria, es decir, sobre la vida de la gente sencilla, vida que jamás aparecerá en los periódicos pero en la que, según Unamuno, reside la felicidad y el buen vivir.

Así mismo, Unamuno vuelve a expresar aquí lo que llamó el sentimiento trágico de la vida. El ser está en permanente conflicto con el no-ser, al que teme y rechaza, es decir, que el ser humano sabe que se está muriendo, y busca hallar la salida o la solución al misterio, pues anhela la inmortalidad. Este conflicto es el que da a la existencia un tono trágico. Pertenece, por lo tanto, a la llamada filosofía agónica, muy vinculada al existencialismo.

Sin embargo, Unamuno parece que encontró una salida de esta tristeza: la compasión universal, el vivir para y con los suyos, allá, perdido entre el lago y la montaña. Pero desgraciadamente, como dice Ángela esto se mantendrá así “hasta que un día hasta los muertos nos moriremos del todo”. Por lo tanto, es el olvido la muerte definitiva, constituyendo la palabra un vehículo capaz de mantener vivos a los muertos, que además no sufren “las limitaciones del vivir”. Por lo tanto, Ángela, una especie de virgen-madre, es la que finalmente salva a Bueno de la muerte definitiva al escribir su historia. Así mismo, junto con otros de sus personajes, ha ganado para Unamuno la inmortalidad, es decir, un hueco en la memoria colectiva.

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2 comentarios en “San Manuel Bueno, mártir (1930), de Miguel de Unamuno.

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