Tractatus logico-philosophicus (1919), por Ludwig Wittgenstein.

“Posiblemente solo entienda este libro quien haya pensado alguna vez por sí mismo los pensamientos que en él se expresan o pensamientos parecidos”. Esta frase, sacada del prólogo, nos advierte de que lo que sigue no se va a dejar leer fácilmente. Estructurado en aforismos, su estilo es extremadamente conciso y oscuro, lleno de fórmulas lógicas y conceptos complejos. Según el propio autor, Ludwig Wittgenstein, esto se debe a la naturaleza de la materia tratada, y “no puedo hacer nada para evitarlo”.

“El libro trata los problemas filosóficos y muestra – según creo- que el planteamiento de estos problemas descansa en la incomprensión de la lógica de nuestro lenguaje”. Para él, esta verdad se le antoja como “intocable y definitiva”, aunque también es cierto que a él mismo, trascurridos bastantes años, le pareció que se había equivocado. Por eso se habla de un primer y de un segundo Wittgenstein.

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Nacido en 1889 en Viena, aunque posteriormente adquirió la nacionalidad británica, como curiosidad cabe decir que cursó sus primeros estudios en el mismo colegio que Hitler. Pese a que su padre era uno de los hombres más ricos del mundo, el joven Ludwig renunció a su herencia y se alistó en la Primera Guerra Mundial como voluntario. Fue en 1919, en el frente de batalla, donde escribió el Tractatus, que no se publicó hasta que su autor abandonó su empeño y se lo cedió a su amigo y antiguo profesor Bertrand Russell quién, al firmar una introducción, consiguió con su renombre que publicasen el manuscrito que antes tildaban de incomprensible.

Wittgenstein parte de que la realidad es la totalidad de los hechos que la componen y determinan. Nosotros, con nuestro pensamiento, nos hacemos figuras de estos hechos, es decir, modelos de realidad que, mediante el lenguaje y sus símbolos (ya sean escritos, verbales, visuales…), expresamos. Es decir, nos formamos ideas sobre la realidad “tal y como nos la pensamos”.

Con palabras, podemos elaborar tautologías, proposiciones y contradicciones. Mientras que las primeras siempre son verdaderas (al estilo “bajar a abajo”) y la últimas imposibles (como lo sería “bajar a arriba”), una proposición es algo probable (como puede ser que “los ejemplos anteriores sean bastante malos”), que puede ser algo verdadero o falso según se amolde a lo que creemos que es la realidad.

Y es que los humanos hemos inventado la probabilidad al carecer de certezas. Wittgenstein lleva esto al extremo al decir que “la creencia en el nexo casual es la superstición”, pues lo único que estamos haciendo es generalizar, ya que “no hay una necesidad por la que algo tenga que ocurrir por que otra cosa haya ocurrido. Solo una necesidad lógica”.

Además de esto, el problema es que el lenguaje tiene límites, pues “una proposición solo puede decir como es una cosa, no lo que es” y, así mismo, “la proposición no puede representar su forma lógica; esta se refleja en ella”. Sirviéndose de las investigaciones de Frege y Russell (normalmente les nombra para criticarles sin ningún pudor alguno, pero a veces les da la razón), lo que Wittgenstein pretende demostrar es que la lógica y sus reglas limitan nuestro lenguaje, pues “nada ilógico puede ser pensado” y en realidad no “podemos predecir nada más que lo que construimos”.

Y es que, ¿acaso eres capaz de decir algo que no sepas pensar, o viceversa? ¿Puedes saber cosas de algo, incluso solamente saber si existe, sin conocer su nombre? Wittgenstein vuelve al solipsismo para establecer que “los límites de mi lenguaje significan los límites de mi mundo”, y que estas constricciones, como ya hemos dicho, no son otras que las de la lógica. “El mundo y la vida son una y la misma cosa”, y el propio sujeto es su límite. Y si es un límite, quiere decir que hay algo más allá de realidad, aunque de eso hablaremos un poco más adelante.

El problema, según Ludwig, es que los filósofos se han dedicado a escribir gruesos volúmenes sobre cuestiones que son absurdas, que no pueden demostrarse ni negarse. Además, al afectar al sujeto en tal alto grado, si se generalizan pierden su posible verdad y, si no, nos son incomprensibles. Y es que “ no es de extrañar que los más profundos problemas no sean problema alguno” más que de lenguaje, pues “respecto a una respuesta que no cabe expresarse, tampoco cabe expresar la pregunta”, pues nada sabemos. Está más allá de lo que podemos pensar o decir.

Sin embargo, tras atacarla duramente, Wittgenstein cree que la filosofía, si deja de ser una doctrina y pasa a ser una práctica intelectual, tiene una función primordial: “delimitar lo pensable, y con ello lo impensable”, siendo el método filosófico correcto “no decir nada más que lo que se puede decir”. Y si eres de los que opinan que la filosofía nació por la duda o por la angustia de vivir sin saber por qué, Wittgenstein llega a una sencilla conclusión: “la solución del problema de la vida se nota en la desaparición de este problema”.

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Pero, aunque no podamos ni decirlo ni pensarlo, “lo inexpresable, ciertamente, existe” y “se muestra, es lo místico”. Es transcendental, es algo sobre lo que el intelecto y el lenguaje no tienen poder alguno. “La solución del enigma de la vida en el espacio y en el tiempo reside fuera del espacio y del tiempo”, pero esa solución es algo que nosotros, pobres humanos, no podemos decir, pues “lo indecible no tiene soporte lógico” y nosotros no podemos decir o pensar nada ilógico.

Entonces, ¿qué es lo que hacer? El libro acaba con una simple recomendación: “de lo que no se puede hablar hay que callar”. Supongo que a Wittgenstein no se le escaparía lo contradictorio que es escribir algo para criticar a los que escriben sobre cosas sobre las que es inútil escribir, pues lo mejor, según él, es dejar la pluma en su tintero o incluso tirarla por la ventana.

Acorde a sus ideas, tras el Tractatus dejó de escribir y se hizo maestro rural para vivir, como diría Unamuno, en la intrahistoria. Tras años de silencio, aparecen publicaciones suyas en las cuales empieza a criticar lo que había expuesto en su primer libro, el cual acabará rechazando en su libro Investigaciones filosóficas. Para el segundo Wittgenstein, el objetivo de la filosofía pasa a ser “luchar contra el embrujo de nuestro entendimiento por medio del lenguaje”, así como pasa a ser otro juego del lenguaje lo que antes era lo místico. Sus últimas palabras, al morir en 1951, fueron: “Diles que mi vida fue maravillosa”.

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3 Comments

  1. Es una Reseña excelente Javier Alvarez, es un texto dificil cpmprender, sin embargo, “Tractus Lofico” provee libre interpretacion donde la verdad y la logica no precisamente son la realidad. “las verdades son ilusiones de las que se ha olvidado que son ilusiones” Nietzsche.

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