Retrato del artista cachorro (1940), por Dylan Thomas.

Si Dylan Thomas no hubiese nacido, Bob Dylan seguiría siendo Robert Zimmerman. Pelirrojo, regordete y vivaz, su poesía y voz embelesaron al mundo, que veía incompatible la calidad de sus composiciones con las enormes melopeas que se pegaba allá dónde iba invitado. Sin embargo, ¿de dónde sino de las tabernas galesas sacaba Thomas ideas para sus poemas? Y es que Thomas veía en el alcohol una fuente de inspiración, lo que da a su obra ese tono trágicamente alegre.

Dylan Thomas nació en Swansea en 1914. De su padre se dice que heredó dos cosas: el amor por la poesía y por la bebida. A los doce años ve publicado su primer libro de poemas. Pocos años más tarde, a los dieciséis, abandona la escuela y empieza a trabajar de periodista en el South Wales Evening Post. También fue guionista y locutor de la BBC.

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Estatua de Dylan Thomas, en su ciudad natal

Y es que, pese a que fue rápidamente reconocido internacionalmente (fue invitado varias veces a las más prestigiosas universidades de EE.UU a recitar), el dinero no le da para mantener a sus tres hijos y su consumo de alcohol. Su esposa, Caitlin Macnamara, era al parecer una mujer con un carácter bastante fuerte. Ella dijo que lo suyo “no fue solo una historia de amor, fue también una historia de alcohol”.

Durante sus treinta y nueve años de vida escribió bastantes poemas, entre los que destacan Bajo el bosque lácteo, Y la muerte no tendrá dominio y No entres dócilmente en esa buena noche. Pensaba que la poesía debía ser “tan orgiástica y orgánica como la cópula” y entre sus maestros, más allá de las inmemoriales canciones populares, destaca a Shakespeare y Blake. Murió en 1953 en Nueva York de “neumonía”. Pongo estas comillas por que presuntamente sus últimas palabras fueron: “He bebido dieciocho vasos de whisky, creo que es todo un récord”.

Sin embargo, hoy no vamos a hablar de su poesía, sino de una colección de diez relatos cortos, autobiográficos al menos en parte, titulada Retrato del artista cachorro. Thomas, que creía guardar “una bestia, un ángel y un loco” dentro de sí, vierte aquí pequeñas anécdotas de su vida, como puede ser esa pelea que después acabó en un buen amigo, o esa vez que “allí, jugando a los indios, tuve consciencia de mi mismo en el centro exacto de una historia viva, y mi cuerpo era mi aventura y mi nombre”.

El fondo es el paisaje de Gales: sus bosques que permiten perderse en la naturaleza, el mar inabarcable, las ciudades industriales y sus pubs, donde no tiene tanto poder el frío. La infancia trascurre descubriendo el mundo mediante el juego, alegre pese a la pobreza que lo rodea, “asustando a las ovejas, que corrían como cabras”, sin entender por que dos muchachas se enfadaban con un tal Arnorld Matthews, si el quería a las dos.

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Además de su propia personalidad, tan humorística y propensa al escándalo, Thomas plasma en el libro las costumbres del lugar y de sus amigos, como aquel que, además de ser músico, llevaba escritas siete novelas históricas antes de cumplir los doce años o ese al que llamaban Tosecita, al que siempre estaban machacando los matones. Todo en su tierra, allí “donde la modesta y casi desconocida, pero inolvidable gente de pueblo, había vivido y amado, y muerto, y perdido siempre”.

El tiempo pasa y él, sin embargo, no se siente mayor. Será por que los demás “nacieron demasiado cansados”. Por otra parte, comienza a frecuentar las tabernas. Entre cervezas, humo y borrachos, escuchaba aquellas canciones populares por las cuales se sentía tan afecto, aquellas que hicieron que se “enamorase de las palabras” de niño. Por su parte, la naturaleza pasa a ser una vía de escape.

Las borracheras forman ya parte del núcleo de su vida, para bien o para mal. Sirva de ejemplo el relato titulado Un sábado caluroso, donde, pese a que inicialmente la timidez le vence, el alcohol le acaba ayudando a hablar con una chica de la que se ha quedado prendado. Se va con ella y sus amigos a un piso, a seguir bebiendo, ellos completamente enamorados. Thomas sale un segundo fuera a tomar el aire y hacer sus necesidades, que acaba haciendo en un pasillo. La noche no tiene un final feliz, pues es incapaz de recordar que puerta era, volviendo a casa tan solo como partió.

Y es que, más allá de los verdes paisajes de Gales o de lo cómico de alguna de sus historietas, es la enorme sensibilidad del joven Thomas, y su escritura tan clara como amena, lo que hace de este libro un clásico del s.XX. Los altibajos del alcohol le permiten escribir algo que, aún siendo sin duda alegre y musical, es a la vez muy similar al realismo sucio. Es como ver a un borracho, que al caerse al suelo sigue bebiendo de su copa intacta entre vómito y serrín.

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