Donald Trump o las consecuencias económicas de la crisis

Donald Trump es el nuevo presidente de los Estados Unidos y, como mi compañero, yo también creía que el republicano acabaría en la Casa Blanca. Este tipo de fenómenos cogen a todos los opinólogos a pie cambiado, lo que obliga a análisis rápidos y sesgados. Como si fuese posible encontrar las causas de la victoria de Trump en la campaña electoral o, simplemente, culpando al pueblo americano de votar mal.

En 1919 el economista británico John Maynard Keynes escribió su obra más conocida: Las consecuencias económicas de la paz. En ella criticaba la crueldad del Tratado de Versalles para con los perdedores de la Primera Guerra Mundial. Keynes alertó de que las indemnizaciones impuestas a Alemania asfixiarían su economía. Las secuelas del acuerdo son conocidas por toda la humanidad. El nazismo encontraría en la sociedad alemana el resentimiento necesario para hacerse con el poder.

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Donald Trump, nuevo presidente de los EE UU

Unas cuantas décadas más tarde llegó la última crisis económica. Tras su estallido en 2008, consecuencia de la quiebra de Lehman Brothers y el rescate de unas cuantas entidades, una pandemia económica se extendió por todo el globo. Las medidas impuestas por todos los gobiernos -a recomendación forzosa de organizaciones supranacionales e instituciones internacionales como la Unión Europea (UE) o el Fondo Monetario Internacional (FMI)- es una suerte de paralelismo con el Tratado de Versalles. Sus consecuencias no son sólo que Donald Trump sea presidente de la primera potencia mundial, también la salida de Reino Unido de la UE o el nacimiento -y consecuente auge- de partidos xenófobos por Europa.

Las políticas económicas restrictivas, cuya idea era sanear los balances de las entidades causantes de la crisis, han cumplido a medias. Cierto que muchas de las economías que habían basado su crecimiento en la entelequia especulativa ya no están al borde del rescate. El ejemplo perfecto a nivel europeo es España, que, a pesar de tener la tasa de paro más elevado de la UE -sólo por detrás de Grecia- espera un crecimiento del Producto Interior Bruto superior al de cualquier economía desarrollada -3,1% para 2016; 2,2% para 2017-. Al menos durante el próximo binomio.

Pero las medidas económicas ortodoxas que han decretado los coparticipes del batacazo vivido en 2008 ocultan una cara negativa. Desde hace casi una década las desigualdades sociales se han acrecentado. Hace escasos días Oxfam Intermón publicaba un informe en el que aseveraba que en 2006 el 10% más rico disfrutaba de una renta 10 veces superior a la del 10% más pobre. En 2015 la diferencia era 15 veces superior.

Trump no es la excepción, es el síntoma

Volviendo a Estados Unidos, cuando Barack Obama llegó a la Casa Blanca logró encauzar su economía. El desempleo se coloca por debajo del 5%, lejos del 10% que marcó en 2010 y en niveles similares a los anteriores a la crisis. Pero la mejora económica, en la Unión Europea o en Estados Unidos, no refleja más que datos macroeconómicos. La población siente una extrema desafección hacia las instituciones políticas o económicas. La frialdad del ‘big data’ no explica lo ocurrido.

La victoria de Trump es la victoria de la indignación. Cuando se opta por este tipo de partidos que critican el sistema, que enfrentan a ‘la gente’ contra el sistema, se elige un cambio. Mucha gente mintió y dijo que no votaría al republicano. Mucha gente mintió y dijo que votaría seguir en Europa. La ciudadanía está cansada de un sistema que no atiende sus necesidades, consideran que les ha dado la espalda. Tienen miedo a una globalización a la que no están adaptados, muchos de ellos eligen el aislacionismo, conscientes de su desconocimiento de las nuevas tecnologías. Recordar que el votante tipo de Trump es el hombre blanco sin estudios universitarios.

La Unión Europea, en la misma línea

Europa, otrora cuna de la democracia, se ha visto infectada por movimientos antieuropeístas, xenófobos, proteccionistas, cuyo discurso es tan endeble como proporcionalmente fructífero. El Brexit fue el primer ladrillo de este muro que construyen los partidos que combaten contra la tolerancia. El principal argumento que blandían desde el UKIP, uno de los partidos impulsores del referéndum, era que Reino Unido daba a Europa 350 millones de libras semanales -el Tesoro brtitánico calculó que eran 136 millones-, en palabras de Nigel Farage, en aquel momento líder del partido. El mismo día que ganó el Leave reconoció que no garantizaba que dicha cantidad fuese a ir a la Seguridad Social. Normalmente estos movimientos suelen basar sus propuestas en éste tipo de mentiras sesgadas, que son reproducidos de forma ulterior en los titulares de prensa. Pero para que florezcan esas falsedades es necesario que el campo esté abonado.

En 2017, Alemania, Francia y Holanda deciden quién gobernará el núcleo duro de Europa. Y cada uno tiene un movimiento de extrema derecha llamando a la puerta, sea Alternativa por Alemania, el Frente Nacional de Le Pen o Geert Wilders. Más todos los movimintos similares diseminados por centro Europa o en el este. Ejemplos no faltan: en Austria podría ser presidente un miembro de la derecha xenófoba y en Hungría el primer ministro, Viktor Orbán, propuso un referéndum para limitar las cuotas refugiados.

En España es Podemos el partido que representa este hartazgo. Iñigo Errejón ha dicho desde su cuenta de Twitter que “el 15M fue un cortafuegos para que la indignación popular no se articulara en clave reaccionaria”. Señalando que su partido busca generar un nuevo paradigma, pero inverso al del resto de formaciones de Europa o Trump. Subrayado también que tildar de estúpidos a los americanos que votaron a Trump no sirve para entender lo ocurrido.

Sobra decir que lo que puede suponer el multimillonario es todavía desconocido, aunque pienso que relajará su discurso y que la balanza de poderes que ejercen las instituciones norteamericanas será suficiente para minimizar los daños. Sin duda, es el momento de pararse a pensar hacia dónde caminan los, hasta ahora, faros de la civilización. La era posindustrial ha supuesto dejar a mucha gente en el camino, la necesidad de un nuevo modelo económico -colaborativo y ecológico- y político -más participativo- es innegable. Y Donald Trump no es el indicado para guiar al mundo.

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6 Comments

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