Referencia: Gris mate no. 573

Del olvido al techo, me desperezo con calma, incapaz de salir de una cama que se me antoja como la última estación antes del frío, signifique lo que signifique esta gilipollez. Quién si no ella, todavía con su almohada rondándome por la cabeza, culpable de que el tiempo se estire bajo la ducha, más bien en el otro lado pese a lo abierto de mis ojos, todavía participando de lo etéreo sin ningún yo consciente o incordio.

Yendo al bus hago, como el hombre racional que detesto ser, previsiones sobre el trayecto que me espera: los trenes y tiempos que perderé en trasbordos, en comprar el abono… previsiones que, al ir en mi contra, hacen que me gire a coger el coche, más seguro que el transporte público en cuanto a certezas, aunque no tanto por la hora y el riesgo sistemático de atasco de la periferia al centro. La soledad en ambos suele ser la misma.

A la universidad llego puntual pese a al cigarro que ahora se toma su revancha amenazando con cagarme, y eso que no le tengo miedo. Espero media hora sin esperanza de que aparezca Godot, alternando lo que me queda de Henry Miller con vistazos a las universitarias y su pasar de mi. Pese a la evidencia, sigo en la cama, al menos de corazón.

Finalmente mi tutor sale de su clase, sin duda magistral, y me dice que si he leído sus correos, cosa que, al no haber hecho, le explica a él mi presencia y a mi la media hora anterior, pues no debería estar aquí si los hubiese mirado. Aún así, me permite acompañarle en su caminar a otro sitio mientras me quita un par de ideas de la cabeza y me da otro título que buscar en internet.

Tras despedirme entro en la biblioteca, donde cometo el mismo crimen que siempre: coger libros que no pienso leer pese a que me interesan. Además de que no encontré el que buscaba, me olvidé un cigarro al lado del catálogo. Estuve a punto de volver a por él, pero me contuve y me fumé otro, igual a efectos jurídicos. Quién sabe si seguirá ahí.

Ya de vuelta un camión me la lía, lo que hace que siga en la M-40 ad infinitum, agujero de negro asfalto y coches con tantas prisas como utilidad del que consigo salir vía peaje. El error se tradujo monetariamente en dos euros menos en mi cartera. Será de las pocas cagadas de mi vida que sé cuanto me han costado, además un porcentaje pertenece al camionero. Así da gusto.

En casa le doy a mi hamburguesa vegetal el mismo destino que los carnívoros a su correlativo de porcino, vacuno o mixto. Dejo a mis ojos ver un poco de Hulk mientras hablo con mi padre. Una buena peli ya que tiene muchas explosiones, y eso siempre es síntoma de buen gusto, como la salsa argentina por encima y el pepinillo.

Como casi todas las tardes en las que estoy mentalmente arruinado y no tengo ánimo para hacer cosa alguna que no sea no hacer nada, me bajo al local a hacerlas. No piensen mal de mi, tardé más de media hora en liar el primero y último. No es que quiera colocarme, ni que mi conciencia me coma como Neptuno a sus hijos. Es simplemente que un sujeto, al que muchos confunden conmigo, se entretiene viendo en el humo su vida gris haciendo florituras para capiteles imaginarios.

La puerta se abre y deja paso a Daniels,  el Argentino y Polaina. Se lo paso al segundo, que es mi dos, mientras me uno a ellos a ese Fifa por la inercia del canto rodado y la presión de que me necesiten para ser cuatro. Sé que no debería estar aquí, lo sé de una manera tan inmediata como la que me dice que estoy aquí plantado en un sitio tan apático como yo. Aquí no hay nada más que decadencia en el único sentido de la palabra que no me gusta, es decir, morir con un gapo en la boca y no ensuciar el suelo por pereza, caer sin ser capaz siquiera de un primer y último gesto heroico.

Aún así, es imposible estar decaído con esta gente, de risas más contagiosas que la sífilis escuchando música que no lo es mientras desvariamos o intercambiamos conocimientos o anécdotas. Luego vienen el bueno de JT y Ce-11, mientras en mi móvil muere una pachanga por falta de gente. Vuelvo a perder otro Fifa, vuelvo a perder como siempre que juego, pierda o no.

Y es que, que es este local sino el mundo, esa gran ballena blanca que me contiene y que repulso por mi incomprensión y por mi fingirme incomprendido, cuando todo está tan claro como hueco. Debo a Anaïs Nin el símil, a Henry Miller su extracción y análisis. Es curioso como me ha afectado el libro. Lo compré por tres eurillos a una manta extendida por Recoletos. Quien sabe si es por que lo considero un espejo, al verme en él reflejado, o más bien si todo esto viene de que me gusta lo que leo y que, como me aburro y carezco de personalidad, al no ser dogmático, copio e interiorizo. También es posible que lo que me haya dejado tocado haya sido el canuto y a la mierda el libro.

Finalmente, mientras la chavalada se va a cenar por el centro, yo me quedo solito, como el perro cuando se fue a morir al sótano, y eso que tengo perra y sigue vivita y coleando. Escribo primero esto, luego lo otro y esto de aquí y de allá, que ahora se ve más bien al revés y tan inútil como todo. Más bien, que no mejor.

Me pregunto cuánto tiempo me pondré los cuernos a mi mismo, soñando ser otra misma persona más acorde a mis filias, quizás un poco más adusto y menos temeroso de la eternidad y de mis fobias. También me pregunto si eso que intuyo no será verdad, que si no será que simplemente me he desnudado para cumplir el ritual de purificación, que ahora viene el ingreso a no cualquier elenco, pues a mi alma tan solo le vale el Olimpo. Sueña sonreír con Baco acariciando a Afrodita sin pensar en el hilo, ni mucho menos en la vieja, el taburete y las tijeras.

El bueno de Henry dijo que, para empezar a ser artista, tuvo que dejar de trabajar. Yo ni siquiera trabajo. Mi futuro no es que sea negro, pues soy un hombre blanco heterosexual y todo me será dado por el progresismo, pero nada impide que sea uno un embrollo y a proyectarse, allá el tedioso pensar del hoy consigo mismo, como ese ayer que es siempre y no lo sabe hasta que ya es fatal. Pobrecitos tiempos, no debería haber leído El elogio a la locura tan joven, me digo, pues hace que os deforme y os haga daño.

Hoy ya sé que me falta el Bob pero no la esponja, que si encontrase un libro en el que se dice que el ser humano es en realidad una gallina no me quedaría otra que cacarear.Y es que, como dicen las actrices porno, me lo trago todo. Como todo moderno, además de rechazar con mi alma serlo, carezco de pensamiento crítico. Ya no sé ni dudar, solo me entretengo a su simulacro en las noches de devaneo lisboetas. Si sigo copiando ideas me van a dar el premio a mejor amanuense del año, pero tendría que recogerlo y prefiero no hacerlo.

Cierro el antro y voy con el señor Q. hacia el centro haciéndonos acompañar por una cerveza que no podría haber visitado mejores bocas, pues el chino que nos la vendió se llevó una reverencia digna de elogio por mi parte. Hablamos de ir el domingo a un sitio que sólo el domingo sabe que no visitaremos. Él se va al Provenzal, yo al Maimonides. Me deja quedarme con lo que queda de yonqui, lo que es bastante poco, pues nuestra sed de caballo la ha dejado mermada.

Ando por la calle con la autoridad moral del que va bebiendo solo. Un Bort salvaje, aparecido por obra de la providencia de hallarse el local vacío, me introduce en el buen camino, pues no tenía ni idea de dónde quedaba el bar y ya me temía que más que andar iba a tener que empezar a vagar. Ya en su puerta, me alcanza la certeza de que el máquina que le puso el nombre al bar también pensó en Averroes.

Al dejar atrás su estrecha barra, el lugar me asusta desembocando en una sala tan ancha como rectangular, atiborrada de gente atiborrándose en una redundancia que solo se baja con cerveza. Distinguimos al fondo las cabezas que buscábamos. Les damos un poco el palique viendo como van y vienen a su cazuela y tercio. Yo y Bort no pedimos nada, no sé si por ser la cerveza cara o si más bien fue culpa nuestra.

Nos movemos al Shotters, otro típico sitio de esta provincia de cuyo nombre no quiero acordarme, ni mucho menos decir que es Madrid, que jamás he pisado. No al menos desde mis quince, absenta incluida en ese pedo tan juvenil como gratuito. Luego al dueño le enchironaron por secuestrar a una niña, creo. Ahora hay billares, consolas retro, una camarera de rasgos nobles, dardos y un dueño presuntamente inocente, como todos. Además, ocho jarras de cerveza por catorce euros no es que sea moco de pavo, pero también se puede beber.

El objetivo es simple: comprobar si el vidrio es más bonito estando vacío. La Mierda Wilson y Suavi Suab le dan a Cadillacs y Dinosaurios con bastante maestría. Vuelan dagas, explotan bidones, cohetes contra dinosaurios y malo final. En el aire flota como un volver a cuando Franco estaba enfermo y nosotros eramos unos chavales, lo único que no habíamos nacido ni conseguimos tener moto ni mucho menos andábamos por ahí cheira en mano mientras mirábamos a las de gafas grandes y vaqueros ombligo. Flota también la prohibición de fumar, lo cual se agradecería, por nostalgia.

Tras la ley Seca, me siento en la barra a esperar a que la camarera deje de pasar de mi. Se suceden los eones mientras veo pasar ante mis ojos todas las épocas y dinastías. No hay jarras, la oigo decir desde los años setenta estonios, incapaz de reincorporarme a la realidad mediante su voz. El absurdo de que les hayan robado la máquina de tabaco logra que yo salga del mio, donde dejé familia e hijos. Ce-11, con un plan tan necesario como sostenible, consigue que nos rellene nuestras antiguas jarras, zanjando el asunto.

El resto de la velada la pasamos hablando de badminton y windsurf, supongo, pues solo tengo oídos para mí cuando escribo y no es plan decir ahora que estuvimos discutiendo sobre Hegel con el fervor de no haberle leído ninguno. Aunque fuimos al local a por la última, pronto nos humeamos de allí a nuestras respectivas. En casa traté de dormir, pero como ni intenté el intento acabé viendo ¿Quién mató a Roger Rabbit? Soñoliento, pese a que me dí cuenta de que no le mataban en ningún momento, no caí en que había leído mal el nombre. Eso ya sería otro día, y quién sabe su color.

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