Cabeza truncada

Microrrelato cortesía de @evanesciencia

A Brecha le han dibujado mal y tiene la cabeza abierta, su contorno sin cerrarse. Mucha gente se aprovecha de dicha peculiaridad y le roban sus ideas; se acercan para ver qué sale de su cabeza, cogen lo que les interesa y se van. Nadie se queda con ella para hablar ni compartir el tiempo libre. Brecha se siente utilizada muchas veces.

Brecha evita que miren sus ideas y pensamientos poniéndose sombreros y gorros pero no hay manera; emergen de forma repentina, expulsando a presión las prendas que bloquean su salida. Brecha se convierte en un volcán. El último remedio que se le ha ocurrido es llevar una diadema con paraguas incrustado, que deja salir algunas ideas y pensamientos pero evita que los más curiosos vean el interior de su cabeza y metan la mano. De momento funciona aunque Brecha se siente ridícula por tener que vestir de esa manera, no le gusta pero es la única solución que ha encontrado.

Tampoco le gusta llamar la atención en todos los sitios donde va. Cuando anda, deja sin querer un surco de pensamientos en el aire que se disuelven a los pocos segundos pero que todo el mundo llega a ver. Los niños la señalan mientras le llaman «excéntrica» y los adultos miran en silencio para criticar a sus espaldas. Los más grises no se cortan y siguen el camino que deja para quejarse directamente a ella por colorear el aire de la ciudad. Brecha les comenta que no puede bloquear la salida de su cabeza ya que se convierte en un volcán pero nunca hacen caso.

Debido a esto y más, Brecha considera que su vida es muy dura y se queja de su peculiaridad entre su entorno más cercano.

— No estabas centrada cuando te dibujaron. Ahora tampoco.

— Estarías ladeada o moviéndote, seguro.

— Hay un sitio donde te pueden ayudar pero debes estar parada, sin inclinarte. Te tienes que centrar.

Brecha no recuerda nada de su dibujado así que solo puede asentir y suponer que tienen razón. Otra característica de la peculiaridad de Brecha es que cualquier opinión o sugerencia ajena se mete en su cabeza con gran facilidad y no puede dejar de darle vueltas en su interior. De este modo, Brecha acude al Centro de Tratamientos Céntricos, la conversación anterior se ha quedado dentro de ella durante bastante tiempo.

— Solo hay que centrarse — contesta el doctor.

Unas horas más tarde, Brecha sale con la cabeza dibujada, su contorno cerrado.

Al día siguiente se siente mejor, nadie le mira raro. Los niños que le reconocen solo mencionan que «es céntrica», los adultos les corrigen diciendo que «está centrada» y todos se olvidan pronto de ella. Por fin es tratada con normalidad pero ahora ve todo más aburrido, más gris.

A la semana siguiente se siente mareada. Tiene tantas cosas en la cabeza que es difícil concentrarse en unas pocas. Se ha vuelto muy olvidadiza y su postura habitual es mantenerse de pie, vacilante, intentando recordar lo que un instante anterior iba a hacer.

Al mes siguiente se siente hinchada, la cabeza es más grande y empieza a doler.

Brecha piensa que no puede continuar estando así y decide acudir de nuevo al Centro de Tratamientos Céntricos para preguntar si puede volver a ser como antes: tener la cabeza abierta, su contorno sin cerrarse.

A pocos pasos de entrar, Brecha deja de notar el suelo bajo sus pies y comienza a elevarse hacia arriba. Despacio pero sin pausa, asciende como un globo aerostático. Mueve los brazos sin saber qué hacer, a veces le pasa al ponerse ropa sin bolsillos o cuando flota en el aire por primera vez. Mueve los brazos otra vez intentando empujar su cabeza hacia abajo pero la subida no se detiene. Mueve las piernas intentando andar y dirigirse hacia el suelo pero ya está demasiado lejos para ser pisado.

Brecha sobrevuela la ciudad. El ruido que generan sus habitantes cada vez se oye menos y llega a ver los alrededores de la masa de edificios, cada vez más diminutos.

Brecha sobrevuela la cúpula de contaminación. El gris ha desaparecido y las montañas y los ríos se transforman en pequeñas manchas y líneas de mil colores. Brecha sobrevuela el cielo. Un extenso manto de terciopelo blanco oculta todo lo que antes podía ver. Las nubes dejan de estar encima, ahora son colinas de enormes formas esféricas que se deshacen al pasar la mano en ellas.

Brecha sobrevuela el planeta. Lo de abajo se ha vuelto tan curvo y pequeño que ahora es una perla gigante, cada vez intentando ser tan diminuta como los numerosos puntos brillantes que adornan la extensión negra que abarca todo lo que llega a ver.

Brecha deja de sobrevolar. Ya no se siente empujada hacia arriba, está flotando de forma libre dejándose llevar en un espacio amplio y vacío, rodeada de una oscuridad llena de luz.

La cabeza cerrada es tan grande que no aguanta más y sufre una pequeña eclosión. Las ideas y pensamientos salen a presión, orbitando alrededor suya al instante de abandonar su interior. Brecha descarta aquellas con las que no se siente a gusto, envolviéndose en las positivas y que le agradan.

A Brecha le han dibujado mal y tiene la cabeza abierta, su contorno sin cerrarse. Ahora se siente mejor.

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