La fiesta de las salchichas: Dios ha muerto

La animación ha evolucionado de un producto exlusivo para niños, como pasatiempo bobalicón, a un género en el que se pueden tratar los temas más espinosos sin filtro. Aprovechar el encantador aspecto de los protagonistas para. Narrar la angustia vital que sufre el ser humano contemporáneo dolerá menos si te lo cuenta una salchicha.

Que sean los mismos niños que consumieron dibujos animados durante su infancia los que ahora crean este nuevo contenido es el paso lógico. Tras una infancia viendo a Mickey Mouse -ejemplo de la superación del pequeño y débil ante el malvado y fuerte- llevándose a la chica parecía lógico que la madurez concedería las mismas victorias. Pero como resultó ser mentira, los productos que se han creado por esos niños son una explosión de resentimiento ante la hiel de la existencia.

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Fotograma de la película. YouTube

Desde South Park (Trey Parker y Matt Stone) y más recientemente Bojack Horseman (Raphael Bob-Waksberg) la animación ha transitado de lo naif a lo macabro. Capaz de tratar los temas más peliagudos sin causar tanta indignación como una obra de actores de carne y hueso o un tuit. La animación deja expresar la desolación de las generaciones que son conscientes de que Dios ha muerto.

Porque La fiesta de las salchichas (Conrad Vernon y Greg Tiernan) trata sobre la comprensión de que no hay nada más allá. Fiodor Dostoievski hacía decir a Ivan en Los Hermanos Karamazov “Si Dios no existe, todo está permitido”, anticipando el asesinato de Dios realizado por Friedrich Nietzsche. Si no nos espera nada, si no tenemos la obligación de acatar ningún valor moral, qué nos queda. Pues el hedonismo, según este conjunto de alimentos en tres dimensiones. No leas a partir de aquí si quieres ver la película.

Esta película, idea de Seth Rogen y Jonah Hill, arranca en un supermercado en el que todos los productos ocupan felices sus estantes, entonando todas las mañanas una canción a la espera de ser recogidos por los ‘dioses’, que no son otros que los compradores. Esa inocencia se tambalea cuando un bote de mostaza regresa a su estante después de haber sido devuelto por un humano.

Tratará de explicar lo que ha visto, pero ese mundo tan horrible que está tras la puerta no es del agrado del resto de productos. Una suerte de mito de la caverna de Platón, en el que la mostaza es Sócrates, paralelismo que a priori no tiene mucha relación. El único que pone atención a esas palabras es Frank, una salchicha que no sólo espera ir a la tierra prometida, sino que también quiere entrar dentro de un -o una, mejor dicho- panecillo, con todas las connotaciones sexuales que eso conlleva.

La búsqueda de la verdad lleva a la salchicha a preguntar a los alimentos imperecederos, los únicos que parecen saber algo de lo que ocurre una vez se traspasan las puertas automáticas. Y lo que descubre es que se habían inventado todo, pero con una intención benévola, ya que no querían que el resto sufriesen la amarga realidad. Si esa ambición paternalista la cambias por ansias de perpetuarse en el poder se explican ciertas religiones.

Y es que La fiesta de las salchichas también es una crítica a la religión. No sólo manifestado en el discurso de la inexistencia de un más allá glorioso, también en las batallas terrenales, ejemplificadas por un pan de pita palestino y un bagel israelí con espacio suficiente para ambos en los estantes, pero que se odian de forma inherente a su composición.

Su lenguaje soez y la sexualidad son una referencia continua -no por eso deja de perder calidad el mensaje, que es transmitido de una forma abrupta, pero eficaz-. En especial, tras la escena final, el comienzo de una Rebelión en la granja, aunque sea en un supermercado, acaba en una explícita orgía alimenticia desenfrenada, como constatación culinaria de que el placer hay que buscarlo en la tierra. Finalmente adquieren consciencia de que no son más que dibujos animados. Por lo que no hay moraleja final sobre si los mismos que se rebelan explotarían a sus camaradas, sino que solamente dan un paso para salir de la cueva.

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