Pasado fuet friends.

El otro día, paseando por una calle que podría describirse como cualquiera, me entretuve remoloneando por mis recuerdos ante la manifiesta carencia de interés de la realidad que nos es dada. Si bien la vida seguía su curso, conseguí darle esquinazo vía flash-back, aunque he de decir que dolió un poquillo y que este recurso no queda tan bien si no se usa por venganza o para ensalzar a algún héroe nacional.

Ya en mis memorias, escritas de tanto en tanto aunque no haya tenido la enfermedad del muerto, me incorporé a una rotonda y dejé que fuese el azar quién dictase en que experiencia pasada salir. Me sentía cómodo, seguramente el sol tan amable de estos lares, sus rayos saudadosos y sus calles a lo escenario montado aprisa típico de cualquier embelesamiento. Y en esas estaba cuando, tras ver en una pantalla aquella colleja que le di en Huesca a un pato despistado, me topé con un momento de mi vida en el que todo iba bien. Y al instante supe que ese momento no era otro que aquel en el que tuve un trozo de fuet por mascota.

Nos dimos la mano rememorando lo vivido juntos que, aunque breve, dos veces bueno. Yo al fuet lo encontré tirado en el asfalto, quizás más duro aún que el primero. Nunca supo de la suerte que tuvo, pues un gran porcentaje de su cuerpo rojiblanco lo encontré colgando sobre ese abismo que es una alcantarilla para los minúsculos. Tan cerca estuvo de conocer a los hombres-zarigüella de las cloacas en vez de a la burguesía de una casa católica que me dan escalofríos de pensarlo.

– Al cogerlo en mi mano por primera vez -le dije al momento tras soltarle la suya, de tacto curioso- conservaba todavía la mirada asustadiza que portaba en el suelo. El pobre estaba todo roído. Alguien se había cebado con él. Y eso que se supone que este país es tolerante.

El momento asentía a todo lo que decía un tanto ajeno, pues si bien yo estaba de paso por el pasado, por eso del flash-back, él era un recuerdo que no había trastocado ninguna ley fundamental, por lo que para él el encuentro era monotonía y un borracho enfrente. Viendo que no tenía un buen oyente para seguir con lo del fuet, me dirigí esta vez al borracho:

-Nunca me contó quien le había hecho eso. En verdad, nunca me contó nada, pues era mudo como una tapia. – el borracho hipó para que continuara. – Él se acogió a mi inicial “tranquilo, no voy a hacerte daño” con cierto abatimiento moral, pues no me creyó. Nunca lo hizo.

-Un momento caballero – me interrumpió el borracho, llamado no se qué “El Borracho”, pues era el único del pueblo- ¿Era el fuet materia?

-En efecto -respondí un tanto sorprendido.

-Bien… Veamos… Mmm….- parecía dudar, aunque se acabó el vaso antes de seguir. -¿Su consustancialidad era la del comestible?

-Sos hun herfermo si pensás hen comerte ha los fuets, ché. -Salté enfurecido. Es curioso que me siga pasando eso de que cuando me enfado despotrique en argentino. Será el fatalismo latino.

-Hel hargentino no se hescribe con hache, heso solo hes hen hun trozo de Rayuela hen su novela Cortázar. – me respondió con un acento no del todo malo.

-Has dicho fuet.

-Qué pesado eres. Vuélvete a tu monólogo mental, que ya me busco yo alguien por aquí al que le apetezca hablar de Maimonides.

Aunque a mi no me disgustaba la idea del todo, el borracho ya estaba en La otra punta, la taberna-parroquia del lugar, cuando iba a replicarle, por lo que le hice caso y seguí a lo mio.

Pasé un rato callado, como aquella primera vez con el fuet cogido en las manos. Le llevé a casa para que mi mujer me dijese que por qué había traído “eso” a casa. Yo le dije que no gritara delante del fuet, que era un amigo en un mal bache. Aceptó que se quedase un par de días en condición de visita. El trato era que el fuet no fuera malhablado delante suya.

Esa misma noche, tras alquilar un cuarto a buen precio en La otra punta a su dueño, me acosté pensando en la primera noche con el fuet en casa. Como Cletilda dormía como el lirón que quiso ser y no pudo, cogí el coche y aparqué en Mediatamente, ciudad famosa por su cielo azul y sus carreteras. Ya puesto el freno de mano, me giré hacía el buen copiloto que era mi fuet y le dije sin preliminares que quería que fuese mi mascota a toda costa, que me daba igual el imperio de la ley y la saga Star Wars. Él se quedó más callado que nunca. Comprendí que era un alma libre. Consintió en dormir en casa esa noche.

-Al día siguiente me sorprendió que siguiese ahí -dijo el tabernero de La otra punta a un policía local que acababa de entrar en La otra punta-. Ese tipo vino con una historia de un fuet, de cómo quiso que fuese su mascota y este le rechazó con su silencio dos veces, la segunda en el sofá de su propia casa. Y yo pensaba que lo nuestro era imposible, que él me había usado como a un mesonero cualquiera y que al despertar se iría.

-¡Pero eso no fue así! – grité zafándome de los grilletes que empezaban a clausurar mis muñecas. – En su segundo y definitivo silencio, el fuet aceptó ser mi mascota. Mi mujer no dijo nada al respecto, con irse y dejarme de pagar el alquiler dejó clara su posición. El fuet y yo nos dimos a la buena vida. Yo tuve que volver a mi trabajo de espantador de perros para hacer frente al del banco de enfrente, que venía con sus facturas para cobrar, y vaya si recibía.

El policía asentía, como un momento antes, a todo lo que decía con expresión ausente, por lo que me giré hacía el mesonero, que no podía ser otro que el borracho de antes.

-Las veintitrés horas que trabajaba al día miraban con envidia a la que pasaba con él. En vez de dormir o ir al médico, como me había recetado mi comida, salía con él a pasear. Armoniosamente, cogido de su cuerdecita con mi manita, era tan cuqui todo bajo ese sol brillando arriba de ausencia, que todo esto poco podía durar.

El borracho empezó a llorar, pues sabía que ahora le tocaría escuchar un final de los tristes.

-La luna era esa noche tan burlonamente trágica que parecía decirme: “Disfruta de la minucia de tu trozo de fuet, yo tengo a mis asteroides. Soy más elevada que tu especie, ¡oh, mortal!” Mientras respondí que los asteroides no eran más que unos salvajes, recordé que la luna no podía escucharme sin su audífono, al menos si todo lo que me han enseñado de lunática es cierto.

-Es una teoría en desuso, pero tiene su pase. -admitió el borracho empinando el codo para hacer ver que seguía bebiendo y que volvía a estar de tranqui.- Tú sigue hablando solo, que voy a ver si vuelvo.

-Traduciéndole lo sucedido al fuet, pues tan seguro estoy de que comprendía el castellano como que no sabía ni pizca de selenita, empezamos a andar cuesta abajo hasta llegar a un banco. Como tenía hambruna, busqué algún chino abierto en Canal en el cual se pudiera pillar algo de papeo. Pero los chinos habían migrado, así como el resto de la superficie. Solo quedaba un desierto, el fuet y yo. Pasamos una semana deshidratados al sol y playa sin mar. Me comí mis zapatos, mi orgullo, mi sedentarismo. Finalmente, cogí una cuerdecita que me encontré tirada en la arena. En su extremo, algo se debatía pegando chillidos. Lo mastiqué en seco, mis dientes apuñalaron lo correoso. Con un sabor porcino en la boca, recobré la consciencia. Por más que miré, no encontré al fuet por ninguna parte. Supuse que alguien, en un Jeep en el que solo quedaba una plaza libre, había venido a socorrernos y había decidido llevarse al fuet primero por humanitarismo. Nunca más le volví a ver, y eso que el desierto no era más que un descampado y desorientación.

Cuando acabé mi historia, ví con sorpresa que un grupo de niños se había dispuesto en corro para escuchar mi historia. Fue el que tenía la estatura más mediana quien habló, más para su grupo que para mi:

-¿Pues vaya puta mierda no? A mi me gusta más Loquendo.

Sus amigos asintieron mientras se iban, algunos escupiendo al suelo y diciendo de pegar al que les había vendido las entradas. Yo me deshice del flash-back y volví a mi vida de adicto al scatergoris. No volví al pasado, principalmente para no encontrarme conmigo mismo

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