Black Mirror: Oso Blanco.

En Oso blanco, el quinto episodio de Black Mirror, la llamada “tecno-paranoia” alcanza su máxima expresión. Dirigido por Carl Tibbetts, en el se nos muestra una sociedad moralmente cuestionable, una sociedad fría y deshumanizada por la tecnología en la que el sufrimiento se ha convertido en un rentable entretenimiento de masas.

Esto no es nuevo. Desde los albores de humanidad, nos ha gustado ver como la gente, especialmente a la que criticamos, odiamos o no entendemos, sufre. Los coliseos romanos estaban llenos a rebosar, la inquisición española no hubiera sido posible sin la ayuda de un pueblo inculto, intolerante y amante de la sangre, el nazismo fue votado en masa. En el s.XXI, seguimos quemando a nuestras brujas, aunque estas ya no tengan escoba.

Una magistral Lenora Crichlow interpreta a una mujer, Victoria, que se despierta sin recordar quien es rodeada de pastillas y fotografías de un hombre y una niña, los cuales intuye que son su marido y su hija. Tiene dolores de cabeza tan fuertes como recurrentes, en los cuales su cerebro crea imágenes que parecen querer hacerla recordar su vida, mas no puede. En la televisión, que está encendida desde antes que despierte, aparece un símbolo misterioso.

Tras haber investigado la casa en vano, Victoria sale a la calle, que la recibe absolutamente desierta. Pide socorro, pero nadie la auxilia. Desde las ventanas, gente la graba y hace fotos con sus smartphones disfrutando lo que ve. De repente, un hombre, en cuyo pasamontañas aparece el símbolo de la televisión, la persigue con una escopeta a matar. El populacho sale de sus casas. No para ayudarla, no, sino para grabar más cerca.

Victoria se salva gracias a la ayuda de lo que podríamos llamar la resistencia. Y es que el símbolo es una señal que, misteriosamente, ha convertido a la población en borregos que viven para grabar lo que ven, sea lo que sea. Este hecho ha provocado la aparición de los llamados “cazadores”, individuos que se aprovechan de esta situación para sacar a la superficie sus filias más salvajes. La resistencia es la gente que, no siendo de ninguno de estos dos grupos, lucha por destruir esta señal y que el mundo vuelva a la normalidad.

Victoria viajará, paranoica perdida, en busca de esta señal para destruirla, camino plagado de traiciones y encuentros con cazadores y mirones, así como de imágenes de su pasado que la confunden. Finalmente, al llegar al transistor desde dónde se propaga la señal, tiene un enfrentamiento con dos cazadores que allí la esperaban. Pero, al disparar un escopetazo a uno, en vez de plomo del cañón sale confeti. Y es que todo era falso, un montaje.

Las paredes se abren y dejan ver a una sala repleta de gente aplaudiendo. Menos Victoria, el resto de personas con las que ha interactuado son actores; salvo los mirones, que son, como explicaremos más detalladamente luego, “turistas”. En una pantalla, le muestran a Victoria el por qué de las imágenes de su cabeza, y quienes eran el hombre y la niña de las fotos. Victoria, junto a su marido, secuestró a una niña por dinero, a la que luego él mató mientras ella grababa en vídeo. Tras mostrarle la verdad, vuelven a llevar a Victoria a la casa desde donde empezó el episodio. Mediante un aparato electrónico combinado con drogas (al más puro estilo Huxley), consiguen dormirla y que olvide su pasado. Como castigo, la obligan a repetir ese día un día tras otro.

Pero, ¿quién es el malvado ser que hace esto? Pues ni más ni menos que el aparato que castiga los actos que la sociedad entiende como ilícitos: la Justicia. Y es que esta ha evolucionado, por no decir degenerado, a un rentable circo en el que los “turistas” van allí a ver cómo sufren los malos, a los que graban en móvil para luego enseñárselo a sus conocidos. La justicia, como en la Edad Media, vuelve a convertirse en un espectáculo, en un reallity que se nutre de nuestro afán de sangre y dolor.

Oso Blanco pretende hacernos reflexionar sobre cómo nos entretenemos. Cuando miramos través de una pantalla, lo que vemos no nos afecta, o al menos no tanto, lo que a la larga nos convierte en témpanos de hielo. El mundo se está deshumanizando a base de ver vídeos gore y muertos en las noticias. No son pocos los que, como la Justicia  en este brillante episodio, se lucran de esta tendencia desdeñable.

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