Black Mirror: 15 millones de méritos.

15 millones de méritos es la segunda entrega de la aclamada serie británica Black Mirror. Por su uso de la tecnología, el entretenimiento, el sexo y las drogas como métodos de control de la población, este episodio, dirigido en esta ocasión por Euros Lyn, tiene elementos que recuerdan inmediatamente a la perturbadora distopía de Aldous Huxley Un Mundo Feliz.

El segundo episodio de Black Mirror está ambientado en una “ciudad” futurista completamente digitalizada. En un edificio de proporciones colosales, del que no llegamos a ver el exterior, los seres humanos que lo habitan se despiertan con los gallos virtuales que aparecen en las pantallas interactivas que hacen de pared. Malgastan su vida trabajando para entretenerse sin más, deshumanizados, ajenos los unos a los otros. Lo más natural que uno puede encontrar allí son manzanas, y estas crecen en placas de petri.

En ese mundo el valor del individuo se ha reducido al valor que aporta a la colmena. El grueso de la población se encarga de producir energía eléctrica. La tecnología ha llegado a permitir que lo hagan mediante el pedaleo monótono de sus bicicletas estáticas. Para que se les haga ameno, las pantallas pueden recrear un paisaje, dejar paso a las novedades televisivas (pornográficas o violentas su mayoría), o a los videojuegos. Por otra parte, los parias son los gordos, los no-aptos, los que limpian lo que tiran los ciclistas mientras escuchan sus insultos. La élite es, de momento, desconocida.

Serán unas dos o tres pedaladas en la oficina lo que permite ganar una moneda. Llamada mérito, la moneda carece de existencia física. Es solo una cifra en la pantalla, la de su saldo bajando cuando compran comida o acceden a contenidos p.v.p. El sistema obliga a visionar los contenidos de baja calidad mediante una oferta restringida a los mismos y bastante agresiva en sus modales. Ejemplo de esto último, una voz robótica, acompañada de un pitido in crescendo, les exige “seguir viendo” el contenido si cierran los párpados. La publicidad la pagas tú si quieres saltarla.

Atontando a la población con basura, haciendo que no se aburran para que no piensen, la especie ha degenerado en individuos que, perdiendo la libertad, no se dan cuenta de ello, es decir, en individuos que no saben qué es pensar, qué es sentir, qué es ser. Y lo peor de todo, en individuos que no se plantean siquiera estas preguntas. Muchos se refugian en su avatar virtual, en el que se gastan el jornal personalizándolo, viviendo a través de él.

Como se sospecha desde el primer momento, son esclavos. Los domina una élite: las grandes estrellas de la televisión, los publicistas, los necesarios tecnócratas en la sombra… Pero la flor y nata, si destaca por algo, es por no ser estúpida. Sabe que el ser humano, más que buenas condiciones materiales o de ideales, se nutre de sueños, de esperanza. Es por eso por lo que existe Hot Shot, el programa cazatalentos que, en palabras del crítico Daniel De Partearroyo, es “institucionalizado como único baremo meritocrático para la movilidad social”. Es decir que los ciclistas, con miedo a engordar y bajar de clase social, tratan de ahorrar los 15 millones de méritos necesarios para pagarse un billete a ese evento, un viaje que esperan que acabe en el “¡Tú si que vales!” y en el ingreso en la élite.

No hablaré aquí de cómo Bingham Madsen (Daniel Kaluuya) descubre todo esto mediante el amor que siente hacía Abi (Jessica Brown Findlay), y de cómo, al ser esta drogada y convertida en actriz porno, el odio le mueve y busca venganza contra el sistema, al que critica duramente pero con el que acabará conviviendo tras convencer al Risto Mejide de turno de que él lo vale. Mejor no hablar de ello, mejor dejar a la música, de la todavía inocente Abi, dejarnos imaginar un mundo mejor, uno al que la tecnología no haya podido corromper del todo.

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