Black Mirror: El himno nacional.

El himno nacional es, junto con El momento Waldo, el episodio de la aclamada serie Black Mirror que se encuentra más cercano en el tiempo con nuestra realidad. Aquí no se trata de cómo un invento desconocido puede cambiar el devenir de un individuo o de la humanidad entera, sino que versa más bien de cómo el mal uso de las innovaciones tecnológicas ya disponibles pueden llevarnos a situaciones extremas y degradantes. Además, es curioso comprobar como estos dos episodios se mueven también entre los mismos mundos: el de la política y el de los medios de comunicación.

Estrenado en Reino Unido a finales de 2011, tuvo una gran acogida por parte del público británico, que veía por fin aparecer en sus pantallas algo intrínsecamente del siglo XXI. Repleto de actualidad, humor y fatalismo, la serie introducía más preguntas que respuestas en las mentes de los espectadores. El encargado de dirigir el proyecto fue Otto Bathurst, quién ha dirigido, entre otras, series como Peaky Blinders o Hysteria.

En un año como 2011, Reino Unido se despierta con una estremecedora noticia: la princesa Susana, muy querida por el pueblo, ha sido secuestrada. Es imposible esconder el hecho a la opinión pública, pues el secuestrador ha colgado el vídeo del secuestro directamente en Youtube, dónde es resubido constantemente por la comunidad pese a los intentos de las autoridades por eliminarlo. Aunque por ahora los grandes medios callan por petición del ejecutivo, el vídeo tiene un elemento que, por su carácter disparatado y morboso, lo comienza a convertir en un fenómeno viral.

El Primer Ministro Michael Callow, interpretado por Rory Kinnear, se encuentra ante la que va ser la mayor crisis de su mandato. Y es que la única demanda que exige el terrorista para liberar a la princesa le concierne directamente, pues es ni más ni menos que él mismo salga en directo por todos los canales de la televisión manteniendo “relaciones sexuales completas” con un cerdo. Además, el tiempo escasea y las cadenas internacionales ya se hacen eco de la noticia, lo que no tardarán en imitar las nacionales al temer perder su cuota de pantalla y la confianza de sus telespectadores.

Pese a que el terrorista ha especificado una serie de reglas que imposibilitan cualquier montaje, el primer intento desde el número 10 de Downing Street para evitar el indeseable desenlace consiste en tratar de rodar una farsa, pero otra vez el público ayuda sin querer a los propósitos del terrorista. Y es que, cuando un londinense anónimo sube una foto a la red de su actor porno favorito acompañado por el servicio secreto, la propia red retroalimenta su plan y avisa al secuestrador de que algo está pasando. Este responde utilizando a una cadena de televisión, a la que envía un dedo con un anillo muy aristocrático diciendo al gobierno que no le traten de hacer el lío de nuevo.

El otro intento consiste en una operación policial, pues las autoridades han conseguido rastrear la ubicación desde donde se subió el archivo. Pero, claro está, es una trampa más, y una periodista resulta herida en la confusión y como por especie de castigo moral en el se parece censurar las malas artes del periodismo sensacionalista. El terrorista, otra vez, está jugando con ellos. Y sigue ganando.

Agotadas las opciones y el tiempo, la principal ayudante del Primer Ministro (Lindsay Duncan) cambia de tono y le dice a Callow que debe hacerlo. La corona, el partido, los votantes, todos quieren que lo haga, todos quieren que acuda a la llamada nacional. Si no, no sólo su carrera política estará acabada, sino que la sociedad le tildará de indeseable, insinuándole que no contaría con protección ni para él ni para su familia. Llegó la hora y el pueblo necesita un héroe al que las circunstancias y los grandes poderes obligan a actuar.

Callow llega al plató con el rostro lleno de fatalidad mientras ingiere una pastilla, cuyo color azul nos indica que es viagra, y su equipo trata de motivarle diciéndole que tendrá ayudas visuales por si las necesita, al más puro estilo banco de esperma. El cerdo, ajeno, se está dando a la pitanza. Las televisiones emiten la señal y el Primer Ministro aparece en la pantalla bajándose los pantalones y diciendo que quiere a su mujer. Luego, durante al menos una hora, da al terrorista y al público lo que quieren.

Mientras tanto, la princesa Susana, drogada por el secuestrador, está vagando por las calles de Londres. Pero nadie se ha dado cuenta. ¿Cómo iban a hacerlo si el país entero está paralizado viendo el espectáculo? Susana, con sus veinte dedos intactos, ha sido liberada media hora antes de que comience todo. Luego vemos como un hombre, con una falange de menos, se ahorca. Ha ganado.

El episodio acaba mostrándonos como están los protagonistas un año después del perturbador suceso. El Primer Ministro ha salido políticamente reforzado, teniendo ahora un nivel de aceptación en las encuestas más elevado. Sin embargo, su mujer solo le habla en los actos públicos, por lo que está solo, aislado en el poder. Por su parte, la princesa Susana está embarazada. Mientas tanto, los círculos artísticos debaten el significado de toda esta parafernalia. Y es que con una audiencia que ronda los 1.300 millones de espectadores, el éxito del experimento que el conocido artista vanguardista llamado Carlton Bloom realizó un año antes ha sido global. Pero, ¿cuál es este experimento?

En mi opinión, tanto el episodio como el propio Bloom pretenden mostrar los riesgos inherentes a las redes sociales, en este caso Youtube. A rasgos generales, se puede hablar de la pérdida de la noción de la realidad, de la radicalización, de la deshumanización ante el aluvión de imágenes violentas…  En este caso en particular, el terrorista-artista sube un vídeo exigiendo, con violencia, una demanda tan irracional como humillante a una persona cuya condición le obliga a actuar. Por su parte, la comunidad de esta plataforma responde difundiendo el vídeo, haciendo bromas sobre él y alabando al terrorista. Por lo tanto, Bloom solo activa el primer mecanismo, el resto lo hace el público que desea ver el espectáculo. Bloom utiliza la plataforma para iniciar el proceso, pero es la plataforma quien lo difunde, sus usuarios quienes lo hacen imparable y quienes posteriormente exigirán a Callow que cumpla con su deber.

Es muy interesante ver como varía a lo largo del episodio la opinión que el público tiene sobre el asunto. Tras el estupor y el escepticismo iniciales, pasan a la negación y condena del hecho mientras el fenómeno se expande y una parte de la comunidad, la más activa de Internet, inunda las redes con comentarios mofándose del Primer Ministro, de su mujer y mostrando compasión por el cerdo. Tras el envío del supuesto dedo de la princesa, la opinión se decanta por valores más medievales y dicta sentencia: por la princesa, la corona y el país, Callow está moralmente obligado a hacerlo. Finalmente, mientras Callow fornica con el marrano, en los pubs las caras tornan su sonrisa por la del horror y el asco. El terrorista, con sus métodos al más puro estilo Dogma 95, ha conseguido que empaticen.

En definitiva, El himno nacional mezcla a la perfección elementos que sabemos perfectamente que pueden ir de la mano (terrorismo y redes sociales) con la extravagancia de un artista experimental para mostrarnos a la audiencia como un poder temible.

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