Los elegidos por los Dioses

Romualdo tenía la certeza de que su vida era una solemne mierda. Tumbado en un sofá más él que el propio Romualdo, dejaba pasar las horas alternando su no-mirar por los canales de la caja boba. Sin circunstancias a las que echar la culpa del asco que sentía hacia sí mismo, buscó la salida en el cuchillo sacándolo del cajón. Justo cuando iba a rasurarse las venas, negligentemente en horizontal, vio que en AXN echaban Anaconda 7: El secuestro del talibán fantasma. Ante este giro de los acontecimientos, decidió emplear el cuchillo para prepararse un reconstituyente piscolabis. Ahora, la tarde pintaba bien.

Elena subió la persiana para desbloquear el espejo y hacer desaparecer su rostro del pulido. Ante el recuerdo plasmado de Mérida y su novio, buscó un icono que obligase a zarpar a ese tren que empezaba a tediarla bajo sus pies. Viajar para ir a trabajar no es viajar, pensaba. No es un momento para vivir, se decía. Absorta en lo que tenía entre las manos, su sonrisa se materializó cuando un pajarito se mostró portando baja su ala el deseado redondel. Tenía una notificación.

Marta y Marina tenían por costumbre verse cuando quedaban por las avenidas de Sevilla. Ambas se conocieron en el colegio en los albores del universo 2000, dónde, en gran medida por las ideas del gruñón Tesilio, quedaron prendadas por la filosofía estoica que tanto gustó en vida a Marco Aurelio. Como defender la entelequia de una ante los ataques de ese perro-flauta que es el epicureísmo es harto complicado, se sostenían mutuamente en sus momentos bajos, luchando con tesón contra las acometidas del placer. Así, al ver que socorriéndose en la flaqueza eran capaces de vencerlo, cuando salían a tomar el fresco al calor tórrido de la capital andaluza, podían permitirse una debilidad como compensación: sonreír al hacerse selfies.

Juanfran tenía un problema con la vida, uno tan grande y complejo que sentía que lo sobrepasaba: no sabía lo que el mundo esperaba de él. Tratando de hallar respuestas intentó descifrar los recovecos de las pirámides de Egipto, pero no supo si creer en los illuminati o en los aliens, por lo que acabó rechazando a ambos. Por los aledaños del nuevo siglo creyó encontrar su camino en la colección de mecheros del 1991 que había heredado de su padre, pero al final la dejó sin completar por falta de dinero y ganas. Su último intento fue alistarse en el progresismo socialista, pero Pedro Sánchez no le parecía un ala-pívot fiable en caso de prórroga. Al final, bajo el mantra ideológico de Fernandito69 de Foro Coches, encontró su sino en la predicación y en el voluntariado y es por ello por lo que, a día de hoy, alaba allá por donde va las ventajas de cambiarse a llantas de magnesio.

Quizás el último personaje debería ser uno de esos que, quejándose, se hace el longui cuando toca hablar de él. Pero ese personaje sería yo y ya es la hora de cerrar, que van a ser las ocho y el estanco es inflexible en cuanto burocrático. Por eso mismo, no hablaré aquí de mi consumo kilométrico de porno danés ni de mis domingos de culebrones colombianos ni, mucho menos, de mis resacas llorando con Teresa Campos. Con la botella en la mano que la vacía, todo lo que siento en mí es nostalgia, nostalgia de que vuelvan Ana y los Siete. Por ello, en vez de vivir para contarlo, lapido mi fortuna en SMS a Sálvame implorando la más que deseada vuelta. Y sí, mi sueño es dirigir el proyecto y sí, esta entrada es sólo para pedir fondos.

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