El muerto

Mariana Rosas || @marianagiac

Cuando le hablé al doctor de que se me había “subido el muerto” por la noche, me explicó que no tenía nada de qué preocuparme. Era una simple condición llamada parálisis del sueño, no era nada fuera de lo normal. Habló sobre la memoria REM, el estado de vigilia y otras cosas que realmente no entendí. En pocas palabras me dijo “estás despierta pero una parte de tu cerebro sigue sumergido en el sueño”. La explicación me pareció tan convincente que regresé feliz a casa y esa noche dormí ininterrumpidamente, como una niña pequeña.

Pasaron los días y me fui olvidando del asunto. Me distraía pintando, acabando las traducciones que tenía pendientes, viendo series y saliendo a tomar fotos. Vivía sola fuera de la ciudad y estaba en un largo periodo de vacaciones en las que pretendía no ver a nadie, estar sola conmigo misma con el fin de recompensar todos los momentos de estrés y malestar que la universidad me causó.

La noche en la que pasó lo que voy a contar es la noche más fría que puedo recordar. Aunque el termómetro no marcaba menos de 10°C, mis pies se sentían como hielo y los dedos de mis manos temblaban. Un escalofrío me recorría la espalda una vez tras otra. Encima de la pijama llevaba un abrigo, dos cobijas y un gran cobertor. La noche avanzó y fui por más cobijas y más ropa. Hiciera lo que hiciera, el frío no desaparecía.

Pude dormir al rededor de a las 4 de la mañana, sin embargo me desperté poco después. Era esa sensación otra vez. Quise ser racional, quise pensar en lo que me dijo el doctor, en la calma de la sala de espera y en la satisfacción que sentí al saber que no era nada fuera de lo normal. Sin embargo no pude. Mi cuerpo se sentía atrapado por las cobijas, como si estas lo tuvieran preso. Empecé a acalorarme, el sudor recorría mi cuello y mis manos se sentían ardientes. Pero por más que lo intentara, no podía moverme. Recordé lo que había visto en una película; cuando la protagonista despertaba de un coma de cuatro años y no podía moverse bien, veía su dedo meñique y se concentraba en él usando toda su fuerza para que éste se moviera. Lo intenté y nada. Mi alma y mi cuerpo se sentían como dos unidades completamente separadas. Entré nuevamente a un estado de sueño, donde me veía a mí misma en el bosque donde pasó. La parte de mí aún consciente intentó gritar a toda potencia. Podía sentir mi garganta desgarrándose, pero no producía ningún ruido. En la realidad mi cuarto estaba silencioso, al igual que el bosque en mi sueño.

“Despierta, por favor despierta” me decía a mí misma mientras, casi contra mi voluntad, caminaba adentrándome en el follaje. Sabía lo que pasaría. Lo había visto en mis recuerdos cientos de veces. Era una escena que intentaba borrar pero mis sueños y mi conciencia no me lo permitían. Ahí estaba él. Y ahí estaba yo, sintiendo en mi cadera el metal frío de la pistola robada. Fue al momento en el que disparé que desperté. Mi cuerpo seguía sin responderme. Ahora creo que lo que me inmovilizaba era la culpa. Era algo dentro de mí queriéndome recordar lo que había hecho. Obligándome a ver la escena una y otra vez, con el fin de no olvidarla jamás. Haciéndome ver la sangre en mis manos que no se limpiaba por más que lo intentara.

El calor de la habitación me asfixiaba. Trataba de dar patadas para salir de la cama, pero me era imposible, al igual que gritar. Era prisionera de mi propio cuerpo y mente.

Recordé sus ojos pidiéndome perdón y mis manos temblorosas apuntando a su corazón con el revólver. Ese estruendo seguido de un silencio mortal, igual al que rodeaba mi habitación mientras yo luchaba por que algo lo rompiera.

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