Grandes obras que deberías leer: El libro del desasosiego (1982), por Fernando Pessoa.

La vida y obra del lisboeta Fernando Pessoa sigue siendo, cuanto menos, enigmática. Nacido en 1888, su familia se mudó a Sudáfrica tras la muerte de su padre, dónde el portugués, al parecer solitario e introspectivo desde bien pequeño, se acercó a la poesía al leer, entre otros, a Poe, Shakespeare y Milton. Tras volver a su Lisboa natal, donde se interesó por la obra del poeta Cesário Verde, trabajó durante toda su vida como traductor, especialmente de correspondencia comercial, mientras continuaba escribiendo, en su mayor parte sin publicar los resultados, tanto poesía como prosa. Murió a los 47 años por un problema hepático, seguramente derivado de su consumo de alcohol.

Lo que más caracteriza la obra de Pessoa, y lo que rodea su figura de ese aura de misterio, es el uso de heterónimos a la hora de escribir, es decir, la creación de otros nombres que, además de aparecer en la portada de sus libros, son los protagonistas de los mismos. El portugués llevó este recurso literario a su perfección, ya que sus “otros yo” ven la vida y piensan de manera diferente tanto del resto de heterónimos como del propio autor.

Y es aquí donde reside la verdadera dificultad de saber quién era realmente Pessoa ya que, escribiendo con todos en diferentes estilos y llegando a conclusiones distintas o incluso contradictorias sobre lo que es la vida y que papel juega el individuo en ella, no se puede estar seguro de que ideas comparte con ellos él autor, cuando se enmascara, cuando finge o cuando se desdobla.

Sin embargo, en la obra que vamos a comentar, El libro del desasosiego, no cabe hablar de un heterónimo propiamente dicho, pese a que está firmado por un tal Bernardo Soares. Y es que este personaje fue definido por el propio Pessoa como una auténtica mutilación de su personalidad, con la que comparte el estilo literario y el entender las sensaciones como la única realidad, siendo esto a su vez uno de los principales pilares fundamentales del libro. Dejando otra pista para la posteridad, en una carta a un amigo, Pessoa escribió que Bernardo Soares era él mismo “menos el raciocinio y la afectividad”.

Pese a que Pessoa ideó varias opciones, no acabó de decidir cómo estructurar la obra, siendo la versión que realizó posteriormente Richard Zenith la más utilizada (aunque el lector puede utilizar su libre albedrío para leerlo como le venga en gana), quien lo tildó de “anti-libro” al considerarlo repleto de subversión y negación. Por su parte, la traducción al español la realizó Perfecto E. Cuadrado, quien mantuvo las vaguedades, omisiones y neologismos puestos por el autor.

Jugando con el lector, Pessoa firma una introducción al libro en la que afirma haber recibido la obra de manos del propio Soares, a quien nos presenta como una persona portadora de un “aura de tristeza que parece el cúmulo de muchas”. A partir de aquí, el libro pertenece exclusivamente a Soares, quien nos expondrá su vida y su relación con ella. Y es que él mismo se describe como alguien aislado e hipersensible dedicado a vivir en sueños y a analizar constantemente sus emociones, lo que deja plasmado por escrito por entretenimiento y método, como explicaremos más adelante detalladamente.

La mayor parte del mismo, una especie bastante extraña de diario no lineal en el que se cuelan aforismos, sueños y “devaneos”, tiene por título Autobiografía sin acontecimientos. El resto son fragmentos de mayores proporciones o aquellos que no fueron incorporados al “corpus” por Zenith. El mismo Soares dice que su obra constituye un conjunto de “impresiones sin nexo, ni deseo de nexo” mediante las cuales nos muestra “su historia sin vida” y en donde, si bien nos advierte de que nada dice, también nos afirma que nada tiene que decir.

En primer lugar, el haber nacido en el s.XX, el “crepúsculo de las disciplinas en que las creencias mueren y los cultos se cubren de polvo” , le ha hecho perder el respeto al pasado, así como la creencia en el futuro. Y como “pasar de los fantasmas de la fe a los espectros de la razón no es más que ser trasladado de celda”, prefiere pertenecer a lo que denomina Decadencia, a la que define como “la pérdida total de la inconsciencia […] la renuncia por modo y la contemplación por destino”, que es una especie de existencialismo que no debe confundirse con el pesimismo, al que Soares denota de “exageración e incomodidad”,

Convencido de la inutilidad y absurdo de todo cuanto existe, decide por lo tanto analizar sus sensaciones como ciencia con la cual alcanzar la verdad a sabiendas de que esta no es sino una palabra vacía. Como ya hemos dicho, para Soares la emoción, concretamente el paso que hay entre sentir algo y tener conciencia de ello, es la clave de la existencia, la cual ve como un engaño o una locura que, aún siendo inexistente, ha conseguido llenarse con “conciencia y pensamiento” hasta parecer real. Acorde con esto, piensa que el mal de la vida es “la enfermedad de ser consciente” y que, consecuentemente, “ver y oír son las dos únicas cosas nobles que esta vida encierra”. Para defender esto, crea una base metafísica.

Para Soares, no existe otro problema que la realidad, siendo este problema “irresoluble y vivo”, residiendo la sabiduría en catalogar como indiferente cualquier accidente que la vida arroje. Predica, al más puro estilo de Whitman, la vuelta hacia el interior de uno mismo como forma de estudiar la realidad ya que, al restringir el contacto de ella, se puede analizar a fondo dicho contacto. Relacionado con esto, opina que “el mundo es de quien no siente”, ya que esta es la condición esencial para ser un hombre práctico. Incapaz de renunciar a su manera de percibir, ya que “no tengo hacia donde huir, a no ser que huya de mí mismo”, decide que la salida es buscar lo imposible a través de lo inútil y el absurdo, sin olvidar en todo momento que esa salida es inalcanzable.

Y así es como Soares, “puente entre dos misterios sin saber como me construyeron”, ve pasar la vida sin saber si vive o si es ella quien le vive a él, existencia que transcurre en gran medida en la Rua dos Douradores donde tiene su oficio, ayudante de tenedor de libros de un almacén comercial, y su habitación, donde se dedica a escribir, soñar y al “devaneo”. Pero esta calle estrecha se dilata por la imaginación. Y al vivir continuamente en el plano abstracto, Soares ve como las cosas más cercanas, las más reales, pasan a ser fantasmas, una especie de sueño provocado por el cansancio y la nostalgia que siente hacia el pasado, por el tedio que le provoca el presente y por el desasosiego que le produce la obligación de tener un futuro. En resumen, siente un cansancio de vida que, más allá de ambicionar dejar de existir, ambiciona no haber existido nunca, siendo este libro una estética del desaliento.

Y es que, sabiendo de antemano que su diario será imperfecto, no lo abandona por eso mismo, por que cree que los verdaderos sueños, los que son buenos para un alma como la suya, compleja y fragmentada, son aquellos que o bien son inalcanzables o bien son inútiles y “si escribo lo que siento es por que así disminuyo la fiebre de sentir”. Al ser toda obra “imperfecta y fallida” y el arte un “excusarse de actuar”, lo acepta como entretenimiento, así como se sirve de la escritura como método por el cual plasmar detalladamente sus sensaciones para analizarlas objetivamente.

Por su parte, el propio heterónimo nos dibuja los dos pilares que sustentan su estilo literario: decir exactamente lo que siente como lo siente y, por otro lado, entender la gramática como un medio y no como un fin, por lo que se puede faltar a su verdad para mejorar el primer principio. Resultado de esto y de su manera de pensar, Soares, con lenguaje poético del que se desprende en ocasiones un tono trágico, recurre constantemente a los anacolutos, a las metáforas, al absurdo y al sueño para crear paisajes que reflejan su estado de alma, paisajes simbólicos e imposibles llenos de color y cambios de luz.

Cabe destacar que él mismo reconoce la inutilidad de todo este tiempo que gasta en escribir, pero que más da si al final “todo cuanto hago, y todo cuanto siento, y todo cuanto digo, no será más que un transeúnte de menos en la cotidianeidad de las calles de una ciudad cualquiera”.

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