Grandes obras que deberías leer: El Banquete, de Platón.

Se suele decir que el pensamiento griego, junto al derecho romano y el cristianismo, son los pilares de la cultura occidental. Antes de decaer, los campos helenos vieron florecer una cultura capaz de alcanzar en innumerables materias (arte, filosofía, política, comercio…) un grado de sofisticación que aún hoy es difícilmente superable.

Uno de estos célebres griegos fue Platón, cuya influencia en desarrollo del pensamiento medieval es colosal. Ejemplo de ello, en su mito de la caverna expone su dualismo entre realidad y apariencia, que fue retocado posteriormente por los musulmanes y los cristianos para explicar su religión, así como ha suministrado el argumento a películas como Matrix o El show de Truman. A su vez, entre los discípulos de su Academia se encontraba el no menos conocido Aristóteles, que en muchas ramas de su pensamiento surgió como oposición a su maestro.

En concreto, hoy vamos a hablar de El Banquete, que versa sobre el amor. Esta obra está escrita en forma de diálogo, ya que este era el modo por el cual Platón transmitía sus ideas. Nos es relatado por Apolodoro, quien se lo va a contar a un amigo tal y como se la contó otro, quien lo supo por uno de los comensales que estuvo presente. Y es que, sirva este ejemplo previo, el relato mantiene en todo momento un tono jovial ya que, en vez de poner al lector directamente en el banquete, Platón le hace dar un par de vueltas primero.

Los banquetes griegos estaban divididos en dos partes. Tras la pitanza propiamente dicha y las correspondientes oraciones a Apolo y a Dionisio, la segunda parte tenía el beber como finalidad y medio de comunicación, tradición que se ha trasmitido entre generaciones hasta llegar al botellón actual. En Grecia, cuando se celebraban estas fiestas aristocráticas, el anfitrión señalaba tanto la cantidad de vino que se debía ingerir como el tema de conversación alrededor del cual se disertaría durante la velada. De fondo, los esclavos renovaban la bebida y la flautista alegraba la noche. Tras horas, no era raro que esto acabase degenerando en una orgía.

Los comensales pertenecen a la élite helena del momento: El anfitrión de la fiesta, Agatón, un poeta recién laureado; Aristodemo, de quien nos viene indirectamente el relato; Erixímaco, un médico de elevado prestigio; Fedro, protagonista de otro diálogo homónimo de Platón; Pausanias, ferviente defensor de la pederastia; Aristófanes, comediógrafo y reconocido anti-socrático; y, por último, el propio Sócrates, maestro de Platón y protagonista de este diálogo. A este respecto es importante destacar que existe una interrogación imposible de lapidar del todo: saber si son las ideas del primero lo que aquí aparece recogido por su discípulo o más bien lo que Pláton quiso poner en sus labios, pues Sócrates transmitía sus enseñanzas oralmente.

Como los comensales están resacosos del día anterior, Agatón decide que cada uno beberá lo que quiera, que no habrá coacción a estos efectos. Luego pactan recitar por turnos un discurso en honor del amor, ya que consideran que este es dejado al margen sistemáticamente por el pensamiento de la época. Durante la conversación que mantuvieron aquella noche los convidados, todos ellos muestran, salvo quizás Sócrates, una preferencia sistemática por los hombres, especialmente por los “mancebos”.

Fedro abre la veda diciendo que el amor es superior a todo por ser el más antiguo de los dioses, así como dar a sus “víctimas” la posibilidad de alcanzar la mayor virtud y felicidad posibles. Como ejemplos, nombra a Alcestis, quién fue sacada del Hades por que murió por su marido, y a Aquiles, quién mató a Héctor para vengar a su amante, Patroclo, aun a sabiendas de que moriría después.

Por su parte, Pausanias considera que existen dos tipos de amor: el “vulgar” y el “celeste”. Para él, no todo amor es digno de elogio, sino solo aquel que a su vez impulsa “a amar bellamente”, lo que solo ocurre en el segundo tipo. El vulgar a su vez está centrado en el cuerpo, rechazando o dejando de lado al alma y al intelecto. Este amor se da “entre hombres y mujeres”, mientras que el superior solo se da entre hombres.

Erixímaco toma la distinción que acaba de realizar su predecesor pero cambia el estilo de ese amor “celeste”, que ya no será solo con o entre “mancebos” (palabra que se repetía continuamente en el vocabulario de Pausanias), sino que lo expande a todas las cosas. Centrándose más en sus orígenes que en sus características y efectos, considera que el amor es fruto de la armonía resultante del equilibrio de dos fuerzas opuestas, pensamiento sacado del presocrático Heráclito. Al discurrir sobre este tema, deja claro constantemente que es médico, hablando de tendencias naturales buenas para el cuerpo, instando a participar del amor con moderación, cogiendo “el fruto del placer sin que derive en enfermad”.

El discurso de Aristófanes o bien es un gag continuo o al menos se encuentra revestido de uno. El comediógrafo piensa que, en el albor de los siglos, los humanos eramos de cuerpo redondo, teniendo dos caras, cuatro brazos, cuatro ojos, etc… Vamos, una especie de R2-D2 cárnico. A su vez, existían hombres, mujeres y los llamados andróginos o hermafroditas. Los dioses,  asustados por su “vigor” e inteligencia, separaron en ese momento a cada uno en dos mitades. Desde entonces, cada uno busca a su media naranja para realizarse, para fundirse en el uno que ya fueron. Así, las inicialmente mujeres buscarían estar con una mujer y los hombres con un hombre, siendo los andróginos los únicos heterosexuales. Por lo tanto, el amor no es más que el “deseo y persecución” de algo perdido.

Para el poeta Agatón, el amor es la divinidad más bella y quién debería regir la conducta de todo el mundo. Al contrario que Fedro, opina que es el más joven de los dioses, lo que argumenta diciendo que huye de la vejez, es decir, que el amor encuentra su apogeo en la juventud. Este dios, refinado, habita en la parte más blanda del hombre y no, no es su pene, sino su alma. Para él, el amor no comete injusticias contra nadie, sino que vive entre las flores, siendo pura templanza al ser capaz de controlar al deseo y al placer a su antojo. También es un dios valiente, ya que ni Ares es capaz de siquiera competir contra él.

Sócrates

Sócrates, el extravagante sujeto que escandalizó a Atenas, no quiere hablar por que dice no ser capaz de decir algo a la altura de lo ya dicho por sus amigos. Y eso que es él mismo quien sostiene “no entender de otra cosa que de cuestiones amorosas”. Finalmente, desarrolla el tema mediante preguntas, esta vez refiriéndose a una conversación que tuvo con una mujer, Diotima, de quien dice haber aprendido todo lo que conoce del tema, y quien no se sabe si fue un personaje histórico o inventado por Platón.

Diotima dice a Sócrates de que el amor es amor de lo que falta, es decir, que se quiere lo que no se tiene,  siendo la función del amor transmitir e interpretar el lenguaje de los dioses a los humanos, es decir, el canal que lleva a la divinidad y a la virtud que no es apariencia, sino realidad pura. Sin embargo, los hombres aman el bien por la inmortalidad, impulso que suele hallar una fuga de escape en  “la generación y parto”, por la cual “el ser que ha envejecido se va y deja otro nuevo, similar a como era él”. Esta pretensión también es visible en los que buscan la fama, otra forma de inmortalidad.

Para convencer a los contertulios, empieza diciendo que el amor es un proceso que insta a pasar de amar un cuerpo bello a amar a todos los cuerpos bellos. Mas esto es solo la primera escala o fase, pues luego se debe pasar a querer a las almas, para acabar en lo que se podría llamar ciencia, con la que se puede alcanzar esa Belleza-Bien-Justicia ideal del pensamiento platónico. Es decir, que mientras los cuerpos son apariencia, el alma es realidad, siendo el amor el mando para cambiar de canal.

Tras este discurso, muy celebrado, llega Alcibíades, quien va bastante pedo, la verdad sea dicha. Tras saber que en la reunión se ha hablado del amor, este decide dedicar un elogio a Sócrates. Tras comparar sus palabras con la música, y a su persona a la de un sátiro “poseedor de lo divino”, Alcibíades se queja de haberse enamorado locamente de él, previniendo a Agatón de que, fingiéndose amante, es el propio Sócrates quien acaba siendo amado.

Sin embargo, Sócrates pilla al pillo de Albícedes, cuya intención no era otra que la de que quedarse con Agatón, el joven bello poeta, para él solo. Dicho esto, entra una turba de fiesteros que acaba con el diálogo. Algunos se van, otros se duermen. Sócrates se queda de empalme hasta la tarde siguiente, tras haber llevado un día “normal” vagabundeando por las calles.

Durante el transcurso de la velada, los convidados han ido exponiendo su percepción del amor. Pese a las diferencias entre los distintos discursos, se puede ver una gradación del tema, que se va haciendo más sofisticado y menos dependiente del mito conforme se van sucediendo los oradores. El objetivo: desembocar en el pensamiento del maestro, que es el que quiere resaltar Platón, ya que o bien lo comparte o bien es el suyo camuflado. Y es que Sócrates ha ido depurando las opiniones de los comensales, desarrollando por una parte y destruyendo por otra, así hasta llegar al dualismo realidad-apariencia y al amor como mensajero entre ambas.

Y es que, mientras se elogia al amor y Platón va dejando pinceladas de sus ideas por aquí y por allá, el lector se ve transportado a la Edad Dorada de Atenas. Allí, entre citas de Homero, ve como los participantes de un banquete aristocrático beben mientras hablan del amor, de la belleza, de los mancebos… mientras suena la música, un regalo de los dioses.

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