El conejo y el funeral

Mariana Rosas || @marianagiac

La historia empieza como todas las grandes historias de mi adolescencia. Coyoacán, cigarros de menta y mis amigos.

Esas noches eran las mejores de mi vida, desde comer helado en lugares donde sonaba The Dark Side of the Moon de Pink Floyd hasta perdernos por las calles empedradas y terminar pidiéndole aventones a desconocidos. Teníamos 17 años. Éramos invencibles. El mundo era nuestro, pero nosotros no éramos de nadie.

Mi grupo de amigos se caracterizaba por usar playeras de los Rolling Stones como uniforme y tener en las orejas más perforaciones de las que uno creería posible. No nos gustaba la escuela, pero tampoco nos la tomábamos en serio. Íbamos solo a reír y a tomar siestas en la biblioteca durante la clase de química. Yo quería ser actriz. De teatro, claro. Un collar negro de la comedia y la tragedia abrazaba mi cuello todos los días. Era mi sello personal. María quería ser escritora, Julio pintor y David, cineasta. No era difícil adivinar que éramos el típico grupo de amigos a los que todo el mundo tachaba de hippies y alivianados. La pasábamos muy bien todo el tiempo.

Una noche arruinó todo eso.

Salimos del teatro bastante tarde y corrimos al bar. Siempre nos las arreglábamos para entrar. Tuvimos una discusión sobre la obra. “Exageraban demasiado” repetía Julio y yo le contestaba “son actores, idiota, a eso se dedican, a exagerar“. La obra había sido una maravilla para María y para mí. Para Julio y David, una basura. Las discusiones eran típicas en nosotros. A veces creo que nos sentíamos más cultos de lo que realmente éramos, y creíamos que eso nos daba derecho a desechar las opiniones ajenas. La discusión aumentó junto con el número de bebidas. Finalmente terminamos todos riendo. Yo ya veía todo borroso, el mundo me daba vueltas y las luces del bar parecían estrellas fugaces. “¡Unas carreritas al coche!”, gritó María.

Nos tambaleábamos, corríamos dándonos de tropezones y sintiendo nuestras mejillas arder mientras nuestros pies descoordinados pisoteaban en todas direcciones.

Se escuchaba en la calle nuestra risa, nuestros gritos, nuestra histeria. David y yo íbamos ganando, de eso estoy segura. Los demás ya se habían quedado muy atrás.

Fue entonces que las luces borrosas de un coche se aproximaban y causaron un estruendo tan seco, tan fuerte y que desembocó en nada más que un silencio mortal.

Nadie quería que enterraran a David con su playera de Nirvana, sin embargo a todos les pesaba más la idea de enterrarlo usando un traje que lo disfrazaba de alguien que no era.

Su muerte cambió la vida de todos para siempre. Podría escribir páginas y páginas sobre los meses posteriores al accidente. Esos meses eternos, traumáticos. Sin embargo solo escribiré sobre lo que pasó la noche siguiente al funeral. Tal vez así pueda ordenar los hechos, tratar de entender lo que pasó exactamente cuando David murió.

María, Julio y yo no teníamos ganas de vernos en un buen rato. Los tres nos sentíamos atormentados, asqueados y, de alguna forma, con una culpa que nos devoraba por dentro. Queríamos pasar tiempo a solas, hacer las paces con nosotros mismos.

Pasé mucho tiempo sola en casa. No hablé con nadie ni contesté el teléfono. Cada vez que me acordaba del sabor del vodka, algo se retorcía en mi estómago y me daban ganas de vomitar. Mi refugio era escuchar música lo suficientemente fuerte como para no poder perderme en mi mente y recordar. A pesar de esto las imágenes de esa noche llegaban a mi mente como ráfagas de luz que me cegaban. Me acordaba del mareo, de la calle dando vueltas, de los tenis blancos de David, la risa estridente de María. Y me acordaba de la ambulancia, el sudor en las palmas, el peso en los pulmones.

El día siguiente al funeral me desperté en la madrugada. Sabía que faltaría a la escuela unos días, por lo cuál no me apresuré a volverme a dormir. Hacía mucho frío, un frío extraordinario para mediados de abril. Me levanté de la cama para ponerme mis botas -unas Doctor Martens rojas- y mi abrigo más caliente. Sin siquiera pensarlo, salí de la casa sin antes haber consultado la hora o tomar mi celular y un poco de dinero.

No había ni una luz prendida en la calle, así como ningún coche en movimiento. A penas a unos metros de la entrada de mi casa, algo llamó mi atención. Un conejo blanco movía sus orejas, inquieto, y me veía fijamente desde el piso. Como si me hubiera estado esperando. Algo en él hacía que no pareciera real sino como parte de un sueño o de una película surrealista. Fue cuando me agaché para acariciarlo que este dio un brinco hacia atrás y corrió hacia la esquina de la calle.

Pensé en Alicia en el país de las Maravillas y me lancé tras él. Al fin y al cabo, no tenía nada que perder. Me sentía tan adormecida y tan desorientada que sentía podría pasar la noche entera persiguiendo a un conejo, como si fuera algo que hiciera normalmente.

Corría muy rápido, y yo corriendo tras él me libraba de pensar en David.

A varias cuadras de distancia perdí al animal de vista. Había desaparecido del panorama por completo, y cuando lo busqué con la mirada solo pude darme cuenta de que estaba ya en un lugar completamente desconocido para mí. Las calles únicamente estaban iluminadas por un rayo de luna llena y por una tenue luz roja que venía de la ventana de un edificio.

David tenía en su cuarto una lámpara de lava roja. Recuerdo estar con él, María y Julio escuchando a Massive Attack bajo esa luz rojiza, platicando y haciendo lo posible por evitar hacer la tarea.

En el momento en el que aquél recuerdo llegó a mi mente, el conejo apareció frente a mí. “¡Hola! Te estuve buscando”, le dije como si le estuviera hablando a una persona. Y él, como si me hubiera entendido, se dirigió al interior del edificio dando saltitos.

Esta vez tampoco lo pensé demasiado. La puerta estaba semiabierta y no había ningún portero en la entrada. Tuve una sensación de déjà vu, y de que todas las cosas se habían coordinado para poder enseñarme algo. Empezaba a dudar de todo lo que sucedía. ¿Y si estaba dormida? Siempre había sido sonámbula, sin embargo una sensación de realidad me empapaba. ¿Y si había tomado demasiadas copas en el funeral, para así alivianar el dolor? No, no estaba mareada, ni se me cerraban los ojos como lo hacía cuando tomaba. Algo estaba mal y lo sabía, pero sorprendentemente, aún quedaba en mí esa sensación de invencibilidad, de que nada podría pasarme en ese momento. Entré al edificio como si fuera mi propia casa, y me topé con muros azules de pintura desgastada y unas escaleras sin barandal que parecían ser eternas y a la vez, no llevar a ningún lado.

Nuevamente había perdido de vista al conejo, aunque en ese momento ya no me importaba del todo. Me vino a la mente una imagen de mis amigos y yo, sentados en unas escaleras parecidas a las del edificio. Estábamos en algún parque, estaba nublado y yo lloraba y lloraba. Mis papás acababan de anunciarme su divorcio. Aunque mis amigos a veces no sabían consolarme, siempre estaban ahí. Podían pasar horas sentados junto a mí en silencio, haciéndome sentir mejor con su presencia, demostrándome que a pesar de todo, ahí estarían. Hasta en los momentos más amargos.

Subir las escaleras oscuras del edificio fue lo único en esa noche que pensé dos veces. No sabía con qué me encontraría. Tomé una bocanada de aire y subí, sintiéndome anestesiada de pies a cabeza.

El departamento de la luz roja tenía la puerta abierta. A lo lejos podía ver a un hombre de unos 35 años sentado en el sillón de la sala junto a su esposa. Los dos estaban en pijama, despeinados, y con los ojos visiblemente hinchados, como si hubieran estado llorando. El conejo interrumpió su plática, saltando al sillón en el que estaban. La mujer lo tomó entre sus brazos y lo abrazó con ternura “¿dónde estabas, Micky? Nos asustaste” dijo suavemente mientras le acariciaba las orejas. El hombre no levantó la mirada.

Ella, morena, de ojos enormes y pelo negro puso la mano sobre la rodilla de su esposo, haciéndole un cariñito y viéndolo con una mezcla de dulzura y tristeza. Él rompió en un llanto silencioso, y yo me acerqué, quedándome en el marco de la puerta.

La mujer soltó al conejo, quien se acostó del otro lado del sillón, y abrazó con fuerza a su esposo.

“Fue un accidente, fue un accidente”, le repetía suavemente, mientras él hundía la cabeza en el hombro de su amada. Yo veía la escena con esa sensación de irrealidad creciendo en mí. “Fue un accidente” dije en voz alta, comprobando así que para ellos, yo no estaba ahí. No hubo ningún tipo de respuesta. Entré al departamento con pasos silenciosos. Las paredes y los estantes de la casa mostraban fotos de la pareja en viajes, en fiestas, en la universidad. Se veía que llevaban juntos toda una vida, y que se amaban. Solo pude preguntarme, ¿qué les estaría causando tanto dolor?

Finalmente el hombre habló, con una voz rota. “Eran niños, Martha”, dijo e hizo una larga pausa.

“¿Te imaginas lo que están sintiendo sus padres ahora?” siguió, “en otras circunstancias, en este mismo momento estarían dormidos, tranquilos. Ahora no van a volver a dormir en sus vidas. ¡Y todo por mi culpa! ¿Entiendes, Martha? ¿Entiendes lo que hice?”

Martha cerró los ojos, que también se empezaban a inundar de lágrimas. Él dio un largo suspiro “no me puedo sacar esas imágenes de la cabeza…” y ella lo miró a los ojos, “¿cuáles?” preguntó en voz baja. “Los tenis del muchacho. Traía unos tenis blancos puestos, se veían casi nuevos. ¿No viste? Terminaron completamente pintados de rojo”.

“Alfonso…”

“Y la chica”, continuó, “Era muy bonita. Murió con su collar en las manos, ¿puedes creerlo? Carajo, imagínate lo que este significaba para ella”.

Entonces lo sentí. El estruendo, las risas, el coche, las luces. Los gritos, el collar.

Me acerqué a la pareja. No me veían, sin embargo puse mi mano sobre la de ellos, y la reposé ahí por unos largos segundos.

“Todo está perdonado” les dije con una voz temblorosa y supe que me habían escuchado.

La pareja se miró a los ojos para después fundirse en un fuerte abrazo. Uno de esos que se dan en momentos difíciles, como una seña de que todo va a estar bien.

Pasé la mano por mi cuello. Claro, el collar ya no estaba ahí.

 

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