Hacia Madrid

Juan Gabriel Rodríguez Laguna || @laguna_jg

 1

—Buenos días mi amor— — ¡Hola, buenos días! ¿Ya son las siete?— — ¡sí, tenemos que movernos!— — ¡cinco minutos más!—— ¡está bien, pero sólo cinco minutos más!

Era un sábado del mes de noviembre. Teníamos que salir temprano de casa en dirección a Madrid. El asunto era complejo pero se solucionaría con una firma y algo de diálogo entre la familia. Los pequeños se habían quedado en casa de los padres de ella el día anterior. El abuelo se encargó de recogerlos a la salida del colegio.

Era temprano, la casa estaba tomada por un silencio rotundo, no se escuchaba nada esa mañana. Había una tranquilidad inusual al resto de los sábados. Salí de la cama en dirección al cuarto de baño. Antes de vestirme hice café. Regresé a la habitación para vestirme y aún continuaba en la cama, no se había movido. De forma cariñosa le susurré al oído: — ¡cariño, ya han pasado más de cinco minutos, tenemos que ponernos en marcha!— murmuraba adormecida que le dejara estar más tiempo en la cama, y volví a insistir: — ¡amor, se nos hace tarde, vamos, ya he preparado café!— de un sobresalto me empujó de su lado, levantándose rápidamente con malos modos al mismo tiempo que me decía — ¡eres un gilipollas!—y se metió en el cuarto de baño.

Impresionado comencé a vestirme en silencio, no quise decir nada más. Me fui para la cocina. Bajó pasado un tiempo y aún sin vestir — ¿te preparo el café?— — ¡no, no hace falta, ahora me lo preparo yo!— — ¡no te enfades amor!— no hubo más contestación. Preparé una pequeña bolsa con algo de equipaje, no mucho, ya que sería un viaje con retorno en el mismo día y salí a la calle. El tiempo no acompañaba, hacía bastante frío y con seguridad nos llovería durante el trayecto. Encendí el motor del coche para que fuese calentando. Inspire un poco de aire de la mañana a la vez que me desperezaba. Mire a los alrededores. Volví a entrar en casa.

Aún permanecía en la habitación de arriba. Para hacer tiempo y esperarla, me senté en el salón a ojear una revista. Pasado unos minutos encendí la televisión. A esas horas sólo había series repetidas de años anteriores. Nada interesante. Apagué la televisión y me fui a la calle. Aburrido de esperar, verifiqué que todo estaba correcto en el coche antes de salir a carretera; neumáticos bien, presión de aire, aceite, líquido refrigerante y todo lo que a simple vista se podía mirar.

¡Buenos días!—¡buenos días, vecino, ¿Dónde vas tan temprano hoy?— a comprar el periódico, que salimos todo el equipo. Antes de ayer le ganamos a los Taberneros de Basilio y nos han hecho una entrevista para la sección de deporte local— —eso está muy bien, ¿en qué puesto estamos?— —los octavos, pero no prometemos mucho a estas alturas. No estaban muy finos ese día— — ¿de cuántos goles estamos hablando?— —trece— —una goleada en toda regla, no me extraña la entrevista, campeones— —bueno, después nos vemos y te enseño— nos quedamos mirándonos fijamente sin gesticular —hoy llegaré tarde, voy a Madrid, pero mañana la comentamos con tranquilidad, lástima que no pudiera asistir al partido—. —Ya te has perdido cuatro, los más importantes, el quinto lo verás desde la grada si no apareces por allí de vez en cuando para entrenar— —no faltaré, mañana hablamos— —de acuerdo, mañana sobre las seis andaré por allí—.

Eran las ocho y media de la mañana. Ya había pasado bastante tiempo desde que encendí el motor, y lo apagué. Entré de nuevo en casa. No la veía por ningún lado y le en voz alta le pregunté: — ¿estás lista, mi amor, nos vamos ya?— — ¡espérate un poco que estoy terminándome el café!— Definitivamente el día no había comenzado como había pensado.

Esa mañana estaba con mala cara debido a su misterioso enfado, pero aun así estaba preciosa. Vestía la falda que le regalé una tarde paseando por el centro. Estaba malhumorada y eso me gustaba, la hacía más sensual. En el salón, frente a ella, la observaba. — ¡no sé qué haría sin ti!— le dije—. Me miraba con gestos desafiantes, a la vez que se le escapaba una sutil sonrisa. Sabía que la miraba, y todo lo hacía más lento. Eso me gustaba. Se tomó el café, apagó el cigarrillo, llevo el vaso a la cocina y volvió a subir a la habitación. — ¡Te espero afuera, mi amor!— no hubo ninguna contestación.

Le dejé la llave puesta en la cerradura de la puerta para que la cerrara al salir. El motor ya estaba más que caliente y me metí en el interior a escuchar la radio. Pasado unos minutos apareció con una maleta descomunal. —Cariño, es un viaje sólo de ida y vuelta, no creo que te hagan falta tantas cosas— — ¡llevo lo que quiero!— me volví a bajar del coche, abrí el maletero y la coloqué. Se metió en el interior del coche pegando un portazo. Al ir a subirme, vi que la puerta continuaba abierta. La cerré y nos pusimos dirección a Madrid.

2

Mientras conducía pensaba:

La conocí gracias a un amigo. Nunca me fijé en su gracia. Cuando coincidíamos, me gustaba hablar con ella de temas comunes en el grupo, me resultaba una chica muy inteligente. Nunca me fijé en su físico, sino en su mirada. Al principio cuando coincidíamos, debido a algún evento entre amigos comunes, no le prestaba mucha atención, pero a medida que la iba conociendo y la trataba, la miraba fijamente a los ojos evadiéndome en sus palabras. En realidad, dejaba de escucharla y me imaginaba como sería estar con ella. Transcurrido un tiempo, no sin trabajo, la relación se afianzó.

Desde pequeño siempre me habían hablado del futuro. ¿Qué era el futuro? Entendí que el futuro era hacerse mayor, es decir, encontrar una forma de buscarte la vida, y una vez que te podías permitir ciertos placeres, hacer lo común al resto de los mortales, ver la vida pasar con los trámites necesarios para ello. Estos trámites no son otros que poseer una esposa, un vehículo, una casa e hijos. Esta supuesta conformidad en la definición de futuro, no era la que buscaba, pero sin darme cuenta salió sin querer, como si de algo inconsciente se tratara. Hubo una época donde la idea de futuro me asustaba y me bloqueaba sin más. Por aquellos años tenía la sensación de que estaba estático en el tiempo, la vida pasaba sin más, sin poder hacer nada para salir de esta situación.

— ¿Me puedes subir la calefacción un poco más?— — ¡por supuesto, mi amor!— mientras miraba al frente sin pestañear. Entretanto conducía y pensaba:

Partamos de la base de que nunca me gustó estar sólo, pero tampoco busqué malas compañías, — ¡que las tuve!—, sino más bien me interesaba el afecto, y que, por tanto, nunca me aproximé a nadie por un interés en particular. Aunque siempre estuve rodeado del bullicio de la gente en la ciudad, siempre fui un joven amante de la revolución no pasajera. Tenía fe en la inquietud que constantemente por mi cabeza andaba. Apostaba por las diferencias entre las personas desde la riqueza que en el intercambio social se prestaba y daba lugar a soñar sin más, en busca de las compañías más cálidas.

De vez en cuando la observaba y en mi mente le decía:

Cómo bien te conté en repetidas ocasiones, una vez me alejé de las compañías que sin riqueza me dejaban y de espantos me llenaban el alma. Pero era diferente, nada me importaba, sabía que te encontraría y que el destino me llevaría a fijarme en tu locura que tanto amaba. Antes era un loco ya que me enloquecías, ahora soy un loco asfixiado en su propia locura. Añoro el antes cuando era un loco dependiente de tus locuras, cuando te observaba sin más respiro que asegurarme que no era un sueño, de que tu presencia a mi lado era real y por mi ser irradiabas toda tu hermosura. Cuantas palabras me ofrecías y te ofrecía. Conversaciones repletas de guiños sin desprecio, con caricias y complicidad desmedida. ¿Cuantas vueltas puede dar la vida? La verdad es que no puedo contarlas, ya que entiendo que sólo hubo una en mi feliz y ahora atormentada vida.

De repente, con Subterranean Homesick Blues de Bob Dylan en la radio, exclamó: — ¡quiero el divorcio!—

Al mismo tiempo, en un silencio devastador, escuché el viento intentando entrar por todas las rendijas del coche.

Aún suspiro y se me vuelven a saltar las lágrimas. No lo puedo remediar, ya que no es cosa mía, sino más bien del corazón que no responde a la razón de que ya no es mía. ¿Por qué los corazones que se atraen y quieren latir, son bloqueados por los egos usurpados por la negatividad y las fórmulas ajenas? No conozco la respuesta exacta y no me atrevo a afirmar la respuesta aproximada, digamos que es sentir sin esperar nada a cambio, sería algo así como la espontaneidad en los actos, inocua a los sentimientos y en contra de las acciones premeditadas.

Nunca busqué nada en la vida, todo lo que tuve me lo fui encontrando por el camino. Mi visión de ayudar en todo lo posible dio como resultado aquello que soy. Nunca consideré a las personas nocivas, pero de tanto que quise ayudar me convertí en uno de ellos. ¿No es mejor ayudar? Pienso que es necesario hacerlo. El problema estaba cuando me alejaba de ella, e intentaba pensar en cómo ayudar desde las palabras a los problemas que me planteaban y en la desesperación de no encontrar respuestas de ayuda, caía en una espiral conformista que tan poco bien me hacía, siendo ella, el único lazo al cual, me podía agarrar para salir de ese pensamiento circular que bloqueaba mis movimientos y, últimamente tan diferente de tratar me hacía.

Pasado un tiempo en Madrid, algo más sereno, pensaba:

Ahora, apartado en estas cuatro paredes, lo que me conecta al mundo desde el último día que la vi es una pequeña ventana, por la cual observo cómo la gente desempeña su función en el día a día. ¡Como transcurre el tiempo, sin más novedad que el cambio de estación y sus correspondientes cambios de horas! Siempre ocurre lo mismo. Yo antes pensaba que no siempre ocurre lo mismo, ya que estabas y el tiempo no pasaba. Ahora paso el tiempo contando sus horas, minutos y segundos mirando por esta pequeña e ilustrativa ventana, recordando los buenos tiempos que una vez tuve, añorando su calma.

3

Agazapado en una soledad que no me da margen de movimiento. Mi única distracción es recordarla, ya que las novedades son escasas. Mi único anhelo es volver a verla, hablar con ella y que me cuente lo que me contaba. Cuando no la recuerdo pienso en la vida. En lo que hago en ella. Pensar en ella y en la vida me relaja pero a la vez me desespera. Podría decir que me encuentro en un estado depresivo, donde la ansiedad me consume por no haber visto las oportunidades que me brindó y que no supe aprovechar como tenía que haberlo hecho junto a ella.

No soy una persona diestra en cuestiones de aprendizaje, pero sí voluntaria a la hora de apreciar las virtudes de los que me enseñan. No quiero decir que sea un incomprendido, sino algo extraño en las relaciones sociales, pero que ni mucho menos me hace un ser antisocial empedernido.

Las palabras que digo y las acciones que llevo a cabo no hacen sobresalir a mi persona en la regularidad de las personalidades que me acechan, más bien dejar a la espera un encuentro, preferiblemente a solas, donde el yo y el tú no tendrán más remedio que mirarse a los ojos y esperar a la respuesta más sincera y apropiada. Mis destrezas en la formulación perfecta acerca de la empatía en las conversaciones multitudinarias no van encaminadas a ser yo mismo, sino más bien a complacer en la reciprocidad de toda emisión de información de cualquier tema que se me proponga. En este sentido, podría decir que tengo una personalidad poco forjada, camaleónica por complacer al gusto de hablar por hablar. En resumidas cuentas, era complacer a quien consideraba mi familia.

Todo comenzó por complacer la soledad que por entonces procesabas. El tema que me propuso fue muy difícil, pero más difícil fue engañar a mi ideario por ella, y pararme a observar lo que le hacían, situaciones que nunca me gustarían que me hicieran. La crueldad no es buena, y antes de llegar a ella, se tiene que buscar un campo de batalla, donde el lenguaje, desde mi punto de vista, es el arma más apropiada. Después entrarían otros detalles no menos importantes para salvar los acantilados que separan las diferencias y unen el malestar mientras las miras ya están puestas en otras personas. Si te diriges a las personas mirándolas a los ojos desde el principio, y en la mirada no notas el menor pestañeo cuando abordas cuestiones de corazón, no hay que abandonar sin una negociación compensatoria en carencia de respuestas que respondan a las dudas, sino luchar para que el corazón en ese fatal intercambio siga latiendo y no pare de latir sin más.

La imaginaba y le decía:

Estamos matando a las personas que nos hacen valorar y decidir por las acciones que probablemente nos marque la vida. ¿Recuerdas? Yo siempre te miraba a los ojos cuando te hablaba. Nunca obvié nada de lo que decías. Nunca te mentí, aunque no lo vieras. La sinceridad contigo fue mi bandera, nunca malgasté mi tiempo contigo en una mentira rastrera,ni en decir una mentira de esas pequeñas que a veces hacen a las personas felices, aunque sea por un periodo de tiempo breve, pero intenso. ¿Recuerdas? Pero por desgracia todo cambia y la crueldad nos ciega.

Pienso a cada instante: ¿qué estará haciendo en estos momentos ella?

 

Relato dedicado a mi sobrina Martina.

 

Autor del texto y fotografías: Juan Gabriel Rodríguez Laguna.

 

 

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