Contra la pureza (2015), por Cristina Castro y Paula Gómez de Caso

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Contra la pureza es una tragicomedia en cuatro actos escrita por Cristina Castro y Paula Gómez de Caso que cuenta con ilustraciones realizadas por Ro Gotelé. Quizá su tema central, más allá de la crítica al esnobismo, la fanfarronería y la impostura del artista excéntrico-porque-si, sea la propia luna, tan bella como femenina. Y aunque “masticar la luna es un placer que sólo los dioses conocen”, esta pieza teatral nos brinda la oportunidad de darle un mordisquito, de ser selenitas por una noche.

Una mujer, heredera de las brujas que se salvaron de la purificación del fuego, realiza una cena-ritual en su casa, en el Alto Bierzo, en la que invita a su mesa a un selecto grupo, formado por sus amigos de la juventud. Y qué fecha podría ser más idónea para celebrar este reencuentro que el solsticio de verano: la noche de San Juan, la noche de las hogueras.

No es menester aquí desengranar excesivamente a los personajes, así que me limitaré a arrojar un boceto sobre los mismos: La anfitriona, una bruja enferma; Inés y Fernardo, una pareja anti-desarrollista amante de lo natural y, por ende, enemigos acérrimos de la modernidad “aséptica”; Patricia, una yogui deslumbrada por la importancia que otorga a sus propias obras; Lourdes Martín, comprometida con la causa obrera y que ve el marxismo hasta en la sopa; Óscar, un escritor venido a ágrafo al más puro estilo bartlebyano; Érika, verdad y sangre; Jonás pluma al viento, extravagante hasta en el nombre; Eusebio, un crítico obsesionado con el trabajo; Nadja, la extroversión y el nihilismo de la artista adolescente; Tomasino, un granjero que ve el correr de los tiempos en manos de la decadencia y que da un toque humorístico, castizo, a la obra.

Sentados, comiendo y bebiendo en la armonía de las pequeñas disputas intelectuales, los temas más diversos van sucediéndose: del movimiento letrista a Heidegger; de la crítica al progreso a la defensa de la ética protestante del trabajo; del amor como imposibilidad a entenderlo como un juguete adolescente… Cuando ya están todos los invitados, la anfitriona, muda hasta entonces, brinda por la magia, esa que los convidados, que no fueron invitados casualmente, conocieron en algún momento de su vida, esa que, a su vez, “no necesita ser descrita”.

En esa noche mágica de “invocación y luna”, lo que la anfitriona pretende es realizar un conjuro que queme el tiempo, que aparte a los invitados del sopor e indiferencia vital en el que se han visto sumidos por la edad. Al final, sus esfuerzos resultarán vanos. Después de la cena propiamente dicha, en un alarde de ego e intelectualidad, muchos de ellos enseñan una obra artística: Lourdes, un poema de corte obrero; Jonás, un vídeo protagonizado por el tiempo; Nadja, aparentemente de manera improvisada, un discurso sobre la sexualidad; Patricia, una performance sobre sus sentimientos resultantes del contacto con la cultura quechua.

Estas actuaciones, que a nadie dejan indiferente y que originan respuestas que van desde su alabanza al desprecio, desembocan en una auténtica guerra que, más allá de lo puramente artístico, encañona los propios sentimientos, las visiones del mundo de los convidados. Unos son acusados de elitismo, otros de fingirse hormiga; hay quienes llaman arte a una cagada de pájaro, otros que niegan cualquier sensibilidad al que no lo reconozca como tal.

Finalmente, la anfitriona, hastiada, les abandona, denostando a los invitados de ser no dignos de la magia, de ser “crudos”. Sola, se va navegando por la noche hacía el bosque a realizar el conjuro. El epílogo, oscuro rozando lo esotérico, trata de comunicar algo entre sombras, pero no soy quién para encender aquí una farola.

En definitiva, esta obra de teatro me ha parecido sumamente entretenida, una crítica a esos personajes totalitarios que defienden en exclusiva su modus vivendi, sus pasiones y sus virtudes y critican a los que las critican. A los diálogos realistas, que parecen sacados de cualquier reunión posmoderna de hipsters que olvidaron quemar el dinero en papeleras y se dedican a agostarse en un sofá de 15.000 dolares, hay que sumar el colorido, en cierta medida macabro, que consigue Ro Gotelé con las ilustraciones mediante la técnica de collage.

Personalmente, más allá de las curiosidades artísticas que relucen dispersadas por la obra, el apropiado tono humorístico y la propia imaginación de la trama y de los diálogos, lo que más me ha gustado son las propias acotaciones. En estas, mediante un uso del lenguaje poético ni mucho menos al uso, se lleva a cabo una glorificación, quien sabe si un sacrificio, a la luna, una diosa inspiradora de fervor que, brillando misteriosa, preside el cielo de la noche estrellada.

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