El hijo de Saúl (2015), de László Nemes

La Segunda Guerra Mundial es uno de los temas más recurrentes en la historia del cine, y es difícil encontrar algo nuevo que contar sobre ella. Los campos de concentración, Pearl Harbor, Stalingrado, Hiroshima, cosas de nazis, buscar a Matt Damon, tócala otra vez, Sam. Una larga ristra de temas que han servido para inspirar a los guionistas más ágrafos de infecunda imaginación.

El hijo de Saúl no descubre nada nuevo, cuenta la historia de un judío en Auschwitz. Este judío, miembro de los ‘Sonderkommando’ -encargados de trabajar limpiando las cámaras de gas-, a lo largo de la película intenta enterrar dignamente a su hijo. Su supuesto hijo, ya que la relación paterno-filial no queda demostrada. Su último viaducto de salvación espiritual parece ser esta acción, enterrar a un niño que no sabe si es su hijo o no, fruto de la relación con una mujer que no es su esposa.

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Fuente: Filmaffinity.com

Pero si argumentalmente no aporta nada innovador, formalmente sí resulta interesante. László Nemes utiliza todos los recursos posibles para recrear un campo de concentración sin mostrar un campo de concentración, aunque parezca imposible. La proporción en 4:3 que utiliza estrecha la pantalla y limita nuestro campo de visión. Sumando esto a la escasa -o más bien nula- profundidad de campo, no podemos ver a más de medio palmo del objetivo.

Sin duda el mayor logro de El hijo de Saúl es el apartado técnico. Nemes, a través de la acotación de nuestro punto de vista, nos hace perseguir al protagonista por el campo de concentración. No nos permite ver más allá de lo que ve él, obcecado en cumplir con los designios de Yavhé.

La cámara se desplaza en un travelling constante, mostrando a Géza Röhrig (Saúl) en un semi-primer plano continuo. Una fotografía agobiante, oscura, que logra transmitir lo que no hace la trama. Aunque la historia sea sencilla es ambigua y, al igual que su fotografía, confusa. En ocasiones se aturulla, y el protagonista va de un lado a otro de manera febril.

Todo acaba quedando fuera de plano: los cadáveres, la sangre, los disparos. Algo parecido pasa en el apartado del sonido. Los ruidos, en muchas ocasiones, se quedan fuera de plano, lo demuestra que no hace falta introducir música subrepticiamente. El sonido real cumple con ese objetivo y los ruidos que ocurren fuera de campo muestran tanto como si estuviesen dentro. A veces con sonido diegético se puede contar más que con una banda sonora.

Es cierto que El Hijo de Saúl ha ganado el Oscar y el Globo de Oro a la Mejor película de habla no inglesa, en Cannes El Gran Premio del jurado y unos cuantos galardones más. Habla de un tema fácil de premiar, es un “no hemos olvidado a los judíos” por parte de los críticos. Sí que es original técnicamente, pero el exceso de ambigüedad en perjuicio del sentimento es excesivo.

Se pasa de críptica, es cierto que es un tema que no merece ser tratado con ñoñerías ni componendas ni buenos días princesa. Una película con valor documental e interesante técnicamente, poco más.

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