Walden: Una vida en los bosques de H.D Thoreau

“Las oportunidades de vivir disminuyen en proporción directa con el aumento de los llamados medios”. Aunque esta idea no fue expresada por Thoreau en el libro que vamos a analizar y recomendar hoy, si que puede entenderse como su núcleo, ya que esta creencia fue uno de los factores primordiales que llevaron al escritor norteamericano a abandonar la comodidad de su villa natal Concord, Massachusetts, e irse a vivir a los bosques. En aquella América todavía en construcción, tan sólo tuvo que andar un par de millas para encontrar uno que fuese de su agrado, en concreto, uno cuyos árboles delimitan y esconden una laguna amada, de la que cogería prestado el nombre para utilizarlo de título en el libro en el que narra su estancia por esos lares: Walden.

Otra de las razones que le llevaron a tomar está decisión radical se derivó de la observación de la realidad cotidiana, ya que observaba como la mayoría de sus vecinos, en “queda desesperación”, se debatían (o se resignaban, mejor dicho) bajo el peso de mil penurias, asfixiados por infinitud de tareas de obligatorio cumplimiento a fin de mantenerse a sí mismos y a los suyos con vida. Pero esto no vale solo para los pobres, ya que los que tienen propiedades sufren y sudan por igual a fin de conservarlas, e incluso algunos muy ricos se hallan igual de atrapados, aunque en su caso las rejas sean unas riquezas que no saben utilizar y sus grilletes se los hayan revestido de oro.

Por necesidad, o al menos por lo que comúnmente se conoce como tal, ve como se afanan en acumular tesoros que “la polilla y la herrumbre echarán a perder y los ladrones saquearán”. Entiende que el trabajo, como un niño mimado, requiere constantemente la atención del pueblo, lo que impide a este cultivar su propia persona y las relaciones humanas, ya que “su trabajo se depreciaría en el mercado”, reconociendo que el progreso y la civilización han mejorado las condiciones de vida, pero negando que hayan hecho lo propio con el humano que las soporta.

A esta gente es a la que Thoreau pretende demostrar que una vida más sencilla y feliz es posible, y que esta solo requiere una escasa inversión asequible para todo el mundo, dinero que, por otra parte, se amortizará plenamente año tras año, ya que uno podrá mantenerse haciendo ni la mitad que lo que hacía antes, por lo que le quedará más tiempo para sí mismo y su familia. Es a estas personas a las que exhorta a conformarse con menos y dejar de sufrir por adquirir más y más.

A fin de predicar con el ejemplo, Thoreau emula a aquellos sabios que, a lo largo de la historia, han practicado la “pobreza” voluntaria. A finales de marzo de 1845, a escasas “perchas” de Walden, decide construirse un hogar, preocupado solo de conseguirse los cuatro elementos que considera, si no necesarios, básicos para la vida: una temperatura soportable, ropa, refugio y alimento. La temperatura, incontrolable, no es algo que le preocupe, ya que si bien el paso de las estaciones en Nueva Inglaterra hacen del tiempo algo muy variable, ni el calor es sahariano ni la nieve cae como en Alaska. Respecto a la ropa, no hay motivo para que no le valga la que usaba anteriormente, ya que él no es como aquellos que prefieren una ropa chic a una conciencia cabal, por lo que, si bien la acepta como útil para mantener el calor y tapar la desnudez, rechaza los juegos de apariencias.

En vez de contratar albañiles y carpinteros y comprar los muebles en el Ikea de la época, Thoreau decide ponerse las manos a la obra y hacer la casa él mismo, con chimenea y todo. Primero, con el objetivo de formar un claro, tala varios árboles, que reciclará puliéndoles a fin de reconvertirlos en paredes, suelo y techo. Mientras la casa va tomando forma, se ve en la obligación de comprar algunos objetos y materiales, aunque casi todos son de segunda mano o recolectados de sitios abandonados. Aún así, no llena ni mucho menos el carrito de la compra, ya que se limita a coger lo indispensable, como puede ser un cuchillo, un par de vidrios, una carretilla, un saco de clavos, una lámpara, un par de libros, una azada…

Así, no trata de obtener un aparador bonito, ni de que los troncos que le sirven de columnas sean de orden jónico, sino algo cómodo y sencillo. ¿Por qué comprar un felpudo cuando puedes dejar que se forme por las hojas secas de los árboles? Él lo que quiere es una “caja” que le proteja del frío del invierno, de las lluvias de las estaciones intermedias y que actué de parasol en verano.

Como entiende que el coste de las cosas es la cantidad de vida que hay que gastar en adquirirlas, rechaza tener una casa que obligue a malvivir a fin de pagar su alquiler, y que convierta a sus compradores en el proceso en “herramientas de nuestras herramientas”. Los costes de la obra ascienden a 28,12 $, que establece como similar a lo que se pagaba por el alquiler anual de una casa de iguales o peores características. En total, sumándole a esta cantidad los gastos en agricultura, combustibles y comida, la suma asciende a unos 80 $, aunque luego vende el excedente de sus cosechas por 36,78 $.

En este ambiente nemoroso vivirá el escritor durante algo más de dos años, en los que el trabajo es mínimo (casi todo se va en sembrar, cuidar y escardar judías y arrancar tocones para la chimenea), lo que le permite pasar los días en comunión con la naturaleza, estudiando o pescando tranquilamente en el lago. Y como no trabaja mucho, no necesita gastar dinero en café, ni comer abundantemente carne. El cultivo lo asimila a las épicas batallas homéricas: sus ayudantes, el rocío y las lluvias, mientras que los troyanos se disfrazan de gusanos, malas hierbas y marmotas, su archienemigas.

Su jardín, “eslabón perdido entre las tierras vírgenes y las cultivadas”, es la propia naturaleza, sin vallas pero alguna que otra baya. Tiene a las aves como despertador y radio, a las ardillas como compañeras y entretenimiento visual. Allí no se siente ni solo ni oprimido, es más, se siente bendecido por los Dioses, en ese bosque, bajo ese sol y esa luna que parecen exclusivamente suyos. Y como no vive lejos de la sociedad, sus amistades van a verle cuando quieren, aunque son los ratones que se roen sus reservas sus invitados más estables. Su bebida y ducha, el agua de la laguna, esa en la que se divierte jugando a perseguir a los somormujos; esa que, cuando se congela, se hace espejo y objeto de disertaciones y experimentos. Finalmente, abandona Walden a finales de 1847. El motivo, ninguno en concreto, salvo el deseo de vivir más vidas.

Escrito con un lenguaje poético en donde abunda la ironía y los juegos de palabras, son innumerables las referencias tanto a los clásicos, a los que considera insuperables y actuales, como a las Sagradas Escrituras, ya sea la Biblia o los Vedas, a Confucio o a Lao Tse. La contemplación de la naturaleza, de sus ruidos y disputas, se mezcla perfectamente con la ensoñación metafísica y la crítica normativa, todo rebozado con un humor personalísimo. El lector, aunque quizás no se sienta predispuesto emularle, si que se hace partícipe de este modo de vivir, activo y sosegado, espiritual y terreno, obligándole por contrapartida a comparar este con la vida contemporánea, a los gorjeos de las alondras con los claxon de los coches, al hacinamiento de los bloques de pisos a la carencia de limites de un jardín eterno y vivo.

Thoreau, manteniéndose alejado del “mundanal ruido”, se establece como uno de los precursores fundamentales del ecologismo, profetizando que los hombres volverán a la naturaleza, que dejarán de comer carne de la misma manera que los humanos dejaron de comerse los unos a los otros. Asimismo, para que la humanidad mejore, es necesario que la educación no se dé por concluida en la infancia, sino que desde las autoridades se preocupen de “abrir nuevas vías, no para el conocimiento, sino para las ideas” que prosigan sus caminos en la etapa adulta.

Desde estas páginas se nos insta a que nos giremos no solo hacia la naturaleza sino que tambien hacia nosotros mismos, es decir, se nos urge a que busquemos nuestro modo de vida ideal, que, por supuesto, no tiene porque ser el suyo. De aquí su influencia sobre la literatura y el pensamiento occidental, aunque idiotas como Unabomber (terrorista neoludita) hayan malinterpretado su pensamiento, ya que no dice que este modo de vivir asceta sea el mejor u obligatorio, sino que simplemente es. Por último, cabe destacar que Henry Miller dijo sobre él que “Thoreau vivió, mientras nosotros, se puede decir que solo existimos”.

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