La cuenta, por favor

Al restaurante Bleu Blennorragie solo asistía la flor y nata de la ciudad. Entre esta renombrada alcurnia se encontraba Francisco Javier Robusto, gerente de Armas y Cachorros Adorablemente Bonitos -más conocida como ACAB S.A.-, empresa afincada en las Islas Caimán. Hombre corpulento, de espalda ancha y oronda panza, con unas notables nalgas que tras ciertas comidas clamaban y declamaban cantos guturales. Tan ancho como largo, siendo su barbilla, cuello y papada la Santísima Trinidad de la obesidad mórbida, ya que eran tres en uno. Cuando entró esa noche por la puerta no sabía si era mejor hacerlo de perfil o de frente, por lo que entró dando vueltas como una peonza. A su llegada salió el maître rápidamente, encantado como siempre de que el Sr. Robusto viniese al Bleu Blennorragie.

-Sr. Robusto, buenas noches -dijo con su meliflua voz mientras sonreía.

-Mesa para uno -contestó el Sr. Robusto taciturno.

Y es que el pobre Francisco Javier solo había hecho siete comidas a lo largo de su agotadora jornada laboral, lo que significaba que esa noche estaba especialmente hambriento. Como Moisés en el Mar Rojo el maître le fue abriendo paso hasta su mesa, pero aun así más de una señora de la nobleza se llevó un culetazo de 6,8 en la Escala Richter. Acomodó el Sr. Robusto su robusto trasero en la mesa para uno, que no era para uno, ni para dos, sino para tres, porque bien sabían en el Bleu Blennorragie que en mesas más pequeñas ni entraba él, ni la comida que iba a ingerir. Pidió dos botellas de vino mientras ojeaba la carta con el ceño fruncido.

-De primero me pones… ¿Esta carta la habéis cambiado? Bueno, tú tráeme entrantes, unos tres o cuatro, o seis mejor, para hacer hambre. Luego ya de comer cordero para dos y un solomillo de los buenos. Si me quedo con hambre vamos viendo. ¡Y trae una cubitera, que está el vino más caliente que una novia!

Con que gusto se lo comía todo, hay que reconocer que era de una belleza plástica admirable ver comer al Sr. Robusto, que precisión de movimientos, no desperdiciaba un kilojulio de más en la ingesta de comida. Y es que, se podría elevar la devoción alimenticia del Sr. Robusto a la altura de otras disciplinas, ¿por qué acaso existe diferencia entre una pincelada de Velázquez y un trinchamiento de pato confitado? ¿O puede negarse la similitud existente entre un solo de trompeta de Miles Davis y los sonidos que emanan de la boca al triturar un lechoncillo? ¿Quién podría afirmar que un poema de Charles Baudelaire y un regüeldo no comparten lazos de sangre? Era como ver a Cronos devorar a sus hijos, aunque con algún bypass de más.

-Ponme otra botellita de vino, niño- dijo elevando el tono el Sr. Robusto, que se iba animando a cada bocado un poco más.

La maratoniana cena continuaba por su cauce, pero algo raro pasaba en las tripas del Sr. Robusto. Cuando empezó a zamparse el decimonoveno plato sintió una sensación inédita, en un primer momento pensó que a lo mejor era amor, pero lo descartó rápidamente. ¿Qué podía ser esa sensación estomacal? ¿Gases, tal vez…? ¡No, no podía ser! ¡Estaba lleno por primera vez en su vida! Esto es algo que no podía aceptar tan fácilmente, siempre había alardeado de tener más estómagos que una vaca. Cinco, aseveraba cada vez que tenía ocasión, mostrando sin querer limitados conocimientos de zoología. No iba a aceptar la derrota ante la comida. Si había conseguido dejar en evidencia a puñados de endocrinos que aseguraban que tendría que estar bajo tierra, no iba a ser humillado por esta cena. Además, acababa de pedir una caldereta de bogavante, y eso era pecado tirarlo.

-Joven, un vaso de agua, que se me ha hecho bola -chilló, ya con el rostro tan descompuesto que parecía salido de un cuadro de Munch.

Estas nuevas sensaciones que estaba experimentando no iban a frenarle, por lo que siguió ventilándose una lubina a la sal. Un bocadito y, de repente, el Sr. Robusto pegó tal bombazo que todo el restaurante se giró estremecido. Un duodeno aterrizó en la ensalada templada de los Madariaga; el hígado del Sr. Robusto se estrelló contra el foie gras de la Sra. Montesdeoca; comenzaron a caer kilómetros de intestino grueso sobre las cabezas de la aristocrática familia Smith & Wesson; un bazo disparado atravesó la sala y le impactó en el cogote al juez Ortiz de Mendibil Monasterio; el estómago del Sr. Robusto se vacío de una manera más artificial y menos escatológica que de costumbre, lo que significó que todo volvió, formando un batiburrillo, a los platos ocupados hace unos minutos. Una vez cesada la lluvia de medallones de ternera, el maître fue corriendo hacia el Sr. Robusto con rostro compungido. Viéndole con las tripas fuera le preguntó inocentemente:

-¿Se encuentra usted bien, Sr. Robusto?

-Tráeme un licorcillo de hierbas, para bajar la cena.

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