Del deber de la desobediencia civil (1848), por Henry David Thoreau

Henry David Thoreau, nacido en Concord, Massachusetts, en 1817, vivió sus cuarenta y cinco años siguiendo férreamente los derroteros a los que le llevaba una linea pensamiento: la suya. Pese a que muchos autores le incluyen en el llamado anarquismo individualista, no consta que él mismo se declarase parte de tal corriente, ni que sea siquiera adecuado enmarcarle en tal, ya que, si bien es contrario a toda autoridad que le obligue a hacer cualquier cosa que no consienta, no piensa que sea necesario acabar con esta, ni que sea intrínsecamente lesiva.

Hoy vamos a tratar su ensayo, que fue inicialmente una conferencia, Del deber de la desobediencia civil, publicado en 1848. Este satírico tratado, escrito en un tono a medio camino entre lo moralizante y lo burlesco, es el precursor de los movimientos de desobediencia civil no violentos llevados a cabo posteriormente por Mahatma Gandhi y Martin Luther King, que le leyeron y admiraron. Por ejemplo, el pensador hindú dijo sobre Thoreau que, si bien no fue el desencadenante que le llevó a la movilización, si que fue muy importante y respetado por él y los suyos, ya que “fue un hombre que practicó lo que predicaba”.

El contexto en el que sale a luz esta obra es un periodo de gran inestabilidad política y social, estando marcado principalmente por dos grandes hechos: la intervención estadounidense en México (1846-1848) y el aumento de las críticas en contra de la esclavitud, germen y motivo de la posterior Guerra de Secesión. La guerra contra México, decidida de antemano por la gran desigualdad militar, fue motivada por el afán expansionista de la Unión, que fagocitaba, entre otros, los ahora estados de Nuevo México y Texas. Para eliminar algunos clichés, cabe recordar que lo que se expandió no fue la libertad y la civilización, ya que al integrarse Texas en la Unión adoptó la esclavitud, que llevada abolida en México desde su Constitución de 1824. Por su parte, Thoreau se declaró objetor de conciencia de esta guerra, negándose a pagar el impuesto que la financiaba, por lo que acabó en la cárcel. Este es uno de los motivos principales por los que, finalmente, acabaría escribiendo esto.

Para Thoreau el mejor gobierno es el que menos gobierna, siendo el ideal aquel que no lo hace en absoluto. No por ello aboga por su completa desaparición, sino por una vuelta al individualismo, es decir, a un punto en el que cada hombre defina que gobierno tiene su respeto, siendo esto en sí mismo una mejora sustancial al ser la “percepción y práctica de lo que es justo” un acto esencialmente revolucionario. Por lo tanto, nunca habrá un Estado “libre e iluminado” hasta que se reconozca al individuo como poder superior e independiente. También cree que se debería dejar vivir al margen de la sociedad y el Estado a aquel que así lo juzgue conveniente, como él mismo hizo en algún periodo de su vida.

El pensador americano afirma que no se sabe de ningún hombre al que las leyes hayan hecho “un ápice más justo”. Es más, cuando estas son malignas, hacen que aquellas personas que las velan o simplemente las respetan se conviertan en portadores de la injusticia. Siendo como es el término justicia muy polémico y subjetivo, Thoreau no puede explicar mejor su “radical” concepción de la misma que a través de un ejemplo: “Si yo le he arrebatado injustamente el leño salvador a un hombre que se ahoga, debo devolvérselo aunque perezca yo”. Thoreau establece aquí un paralelismo entre este ejemplo y el estado de la Unión, ya que según él es imperativo acabar tanto con la esclavitud como con la guerra, aunque esto conlleve a que la misma perezca como nación en el intento. Quizás esto sea demasiado radical para algunos, especialmente para los defensores de lo políticamente correcto, los pudientes acumuladores de leños o la gente con altas miras de Estado para los que prima la nación y sus símbolos al ser humano que la compone y habita.

Y nosotros, plantados ante una ley manifiestamente injusta, ¿qué hemos de hacer? ¿Acaso obedecerla a pies juntillas, tragarnos la consciencia y ser “buenos” ciudadanos? ¿O mejor será obedecerla hasta que nos sea posible cambiarla democráticamente? ¿O, en último término, estaremos lo suficientemente locos y, siendo coherentes con nosotros mismos, la transgrediremos sin dilación? Casi todos abogan por la segunda opción, intentando para su cambio persuadir a la mayoría de su necesidad, ya que parece que los gobiernos no escuchan a las minorías prudentes. Aquí es importante remarcar que el gobierno de la mayoría no es siempre el más justo, pero si suele ser el físicamente más fuerte.

En consonancia con esto, Thoreau critica duramente la doble moral de muchos autores de su época que, como Paley el predicador, hablan del deber de obedecer al gobierno apelando a la estabilidad y a la voluntad de Dios. Al gobierno americano en concreto, Thoreau lo ve como una tradición que trata de perpetuarse pese a estar completamente degenerada, como un instrumento al servicio de unos pocos que lo utilizan en consecuencia para lograr sus propios fines, siendo todos los logros positivos de la nación no debidos al mismo, sino al carácter inherente al pueblo americano.

Y es que la maquinaria sigue su demoniaco avance no por lo que los políticos predican desde sus estrados y periódicos afines, sino por los ciudadanos que hacen de estas consignas las propias, sin cuyo apoyo sus palabras serían inocuas. Igualmente, Thoreau critica a aquellos que, estando en contra de la esclavitud, no hacen nada por acabar con ella, así como aquellos comerciantes y terratenientes que anteponen el derecho al lucro o a la propiedad a la vida y dignidad humana más básica, como puede ser intercambiar trabajo propio por comida, techo y ropa.

También compara a aquellos que sirven al Estado con su cuerpo, con las máquinas, con el ganado, hasta con una simple piedra o un trozo de madera. A su vez, aquellos que le sirven con la cabeza, corren el riesgo de ayudar tanto a la propagación del bien como a la del mal, aunque esto último normalmente se haga sin intención. Por último, los que sirven al Estado con la conciencia, la mayoría de las veces se le oponen, razón por la que este les trata de enemigos. Y es que para Thoreau existe una moral o ley que es superior a las establecida, de manera pomposa y populista, en las constituciones, enmiendas y remiendos de los países. Qué mejor artículo para encabezar este modo de conducirse no escrito que aquel que dicta no servir al mal que uno condena.

Casi todo el mundo reconoce el derecho a la revolución o a la rebeldía cuando la tiranía o incapacidad de los gobernantes son visibles o intolerables, del mismo modo que piensan que este no es el caso actual de la sociedad en la que viven, precepto aplicable tanto en la época de Thoreau como en la nuestra. Este piensa que esto si es así, que es incompatible que en el llamado país de la libertad una sexta parte de su población esté compuesta por esclavos, así como que se ataque y aniquile a México simplemente por razones económicas.

A su vez, qué mejor manera de predicar la desobediencia civil que practicándola uno mismo. Thoreau fue encarcelado por negarse a pagar durante años el impuesto de capitación, tributo en el que todo el mundo paga la misma cantidad independientemente de su renta o capacidad y que servía para financiar la guerra. Así, en un Estado que encarcela injustamente, ¿qué lugar es más apropiado para el justo que la misma cárcel? Además, para él la prisión no sirvió para nada, ya que encarcelaron a su cuerpo cuando no era este el que había cometido la falta, ya que no fue ni su mano, ni mucho menos su páncreas, el que se negó a pagar. Luego el castigo fue superfluo, así como inútil todo ese gasto en hormigón y rejas de acero.

El Estado no lucha de manera intelectual o moral contra los que le atacan o critican, no intenta persuadirle o apelar a su honestidad sino que recurre a la fuerza física, mientas que si un hombre tiene libertad de pensamiento, libertad para soñar y quejarse, ninguna prisión o legislador puede hacerle cambiar fatalmente. Como no acepta su adhesión al Estado, que por otra parte nunca ha solicitado, y como ve con sus propios actos los viles actos que patrocina, Thoreau reniega de él intentando mantenerse tan alejado de este como le sea posible. A su vez, como está “tan deseoso de ser buen vecino como de ser mal súbdito”, si que paga el impuesto que mantiene la educación, así como el viario que cuida y mejora los caminos. El problema, por lo tanto, no era tener que pagar, sino el rechazo a que su dólar financiase armas.

Quizás el núcleo central de su pensamiento sea la idea de que la autoridad necesita, para ser la legítima, contar con la aprobación y consenso de los gobernados en cuanto entes individuales, no pudiendo ejercer más derechos sobre una persona o propiedad que los que aquel le confiere voluntariamente sobre sí. Esto implica una crítica y un librepensar de todos en cuanto ciudadanos para saber que permitimos y que no en nuestras sociedad.

Por lo tanto, la desobediencia civil se convierte en un deber en cuanto mecanismo por el cual las sociedades se hacen más justas. No debemos, por lo tanto, convertirnos en una caja vacía en la que se acumulan opiniones ajenas vomitadas desde los medios y por los políticos de turno. En palabras de Thoreau, “todos deberíamos ser hombres primero y súbditos luego”, por lo que deberíamos incluso pensar si esta frase sirve para nosotros. El problema es que esto ni es fácil ni es promovido desde las autoridades.

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